¿Qué es lo que lleva a un lector a elegir un texto y leerlo hasta terminar? ¿Será una cuestión de estética, de salud mental o de utilidad? Cualquiera de nosotros puede escoger una y sería perfectamente válida, ¿verdad? Esto es posible porque, incluso si no estamos seguros de qué nos inclina hacia una opción u otra, hay una necesidad implícita en la actividad.
Cuando Oprah Winfrey cuestionó a James Frey en su programa respecto a la falsificación de algunas de sus anécdotas en su libro de memorias, el escritor confesó que sí había mentido, pero más adelante se justificó señalando que Oprah le mentía a su audiencia constantemente. Además, dijo que el engaño es una de las cuestiones del arte y puso por ejemplo a Rembrandt y a Pablo Picasso, cuyos autorretratos no eran, según él, la realidad. Pero la pregunta que nos nace a todos, creo yo, es si él de verdad perdió sus contratos editoriales por culpa de Oprah o fue porque al público no le fascina la idea de descubrir que un artista es, en realidad, un fraude.
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De ahí que no sea poco común la indignación del lector cuando en los últimos tiempos sale a relucir que el libro cuyo lanzamiento llevaba esperando meses resultó estar escrito con la ayuda de una inteligencia artificial. Pongo como ejemplo el caso de Frey porque el rechazo que provocó es similar a lo que causan estas noticias en la actualidad; desde que una editorial le paga a influencers sin preparación para traducir libros, hasta la errónea condena hacia una autora porque la cubierta parecía estar diseñada con inteligencia artificial.
La gente que había adquirido la autobiografía de Frey se sintió estafada, por lo que Oprah Winfrey, que había llevado el título a su club de lectura, lo confrontó en vivo y en directo. Años más tarde, el autor diría que, pese a que lo intentó, Winfrey no pudo arruinar su carrera.

Origen: The Bookseller
Algo similar ocurrió la semana pasada con la autora Mia Ballard. The New York Times lanzó un artículo de investigaciónen el que se habló, entre otras cosas, de las acusaciones que recientemente se le estaban haciendo a la autora. En Reddit, una usuaria de identificador herendethelesson compartió la sospecha de que Shy Girl, cuya autora es Ballard, estaba mayormente escrita con inteligencia artificial:
Antes de avanzar con esta noticia, me gustaría hacer una revisión de lo que sabemos acerca de los usos de la inteligencia artificial generativa (o LLM por su sigla en inglés: Large Language Model). Frente al avance tecnológico actual, el mismo Sam Altman dijo, en la Cumbre de BlackRock sobre Infraestructura, que OpenAI espera alcanzar sus objetivos en unos dos años. Su meta principal es poder crear una inteligencia artificial que se gestione a sí misma y, a su vez, supere muchas capacidades de pensamiento humanas (inteligencia artificial general), a diferencia de las IAs a las que se tiene acceso hoy (ChatGPT, Gemini o Claude), que son IAD, o sea, inteligencias artificiales débiles. Altman también responde a la pregunta de si están enfrentando dificultades en sus investigaciones y, entre otras cosas, mencionó que los detractores más fuertes, pese a liderar el mercado, están en Estados Unidos. Esto debido a los debates y las acusaciones de que los costos energéticos que requieren las enormes bases de datos hacen que se incrementen por un lado los costos de vida y se reduzca la calidad de la misma por el otro.
Su tono de rechazo a esta postura no pasa desapercibido, así como tampoco el señalamiento del entrevistador cuando dice que el discurso de democratizar la inteligencia suena más bien a capitalismo y productividad. Sam, luego de titubear, no negó la refutación, pero argumentó que la intención de OpenAI es, en suma, mejorar la vida del ser humano al darle acceso, “como al agua y la electricidad”, a más inteligencia. No es cosa menor que, en sus mismas palabras, apunte como fin que todos los líderes un día necesiten la inteligencia artificial para gobernar.

Novela de romantasy acusada erróneamente de escritura y diseño con inteligencia artificial. Fuente: Más Cultura Mx
Por ratos, el discurso de Sam Altman se siente más especulativo que otra cosa, el sueño de un muchacho que quiere crear algo que impacte a la humanidad. Esto no es nuevo ni un programa que haya sido ignorado por las desarrolladoras de tecnología, como creen algunos ingenuos, pero lo cierto es que desde que se acuñó el término en la década de los 50s, se han hecho aportes que engrandecen lo proyectado o lo sumergen en la oscuridad a ojos del público.
Si Altman habla de detractores, no es porque se estén enfrentando solo a algunos conservadores tecnológicos que temen que los postulados de Leyes de la robótica de Asimov hayan sido una premonición, no. El rechazo viene de varios sectores que, a razón de casos particulares, han presentado una importante resistencia en contraste a los agigantados avances de empresas como Nvidia y Anthropic.
Es en esta última, sin embargo, en la que vamos a centrar la atención un momento. En 2024, un grupo de escritores presentó una demanda colectiva en contra de Anthropic por una infracción a los derechos de autor. Según esto, la empresa usó millones de libros con los que alimentaron a su inteligencia artificial, Claude, sin permiso de los autores o los sellos editoriales. El juicio como tal nunca se consumó, pues Anthropic aceptó indemnizar a los autores afectados a finales de 2025. Hay una lista en la que puedes buscar por título, folio de copyright o ISBN tu obra en caso de que haya sido registrada en territorio estadounidense, donde además, llenando el formulario en caso de que aparezcas, podrás solicitar una remuneración de tres mil dólares.
Como esta asociación, hay otras sin fines de lucro que vigilan la ética en los avances tecnológicos. Pero su labor es extensa y merece un artículo aparte. Aun así, es importante que reproduzcamos su frase insignia:
La IA está a punto de transformar el mundo.
Ayúdanos a garantizar que nos beneficie a todos.
Catrin Misselhorn señala en su ensayo La inteligencia artificial y el fin del arte:
“Se definen tres criterios que pueden considerarse los ingredientes básicos de una definición del arte.
- Una obra de arte debe plasmar un significado.
- Este significado consiste en un contenido de orden superior, en el que se expresa un cierto modo de ver el mundo.
- Para comprender el significado de orden superior hace falta una interpretación, que también deberá abarcar el contexto del mundo artístico.
[…] La obra de arte hay que sentirla. Eso también se debe a que una obra de arte no sólo representa una cosa, sino que expresa una manera de ver el mundo.”1
Lo que hizo Anthropic no es un mito ni una noticia falsa; se le conoce como Proyecto Panamá, y consistió en la compra, escaneo y total destrucción de miles de libros físicos. Asimismo, se acusó al cofundador de Anthropic, Ben Mann, de descargar estos millones de títulos electrónicos desde Library Genesis. La compañía lo negó, pero, como dije antes, aceptó un acuerdo de millones de dólares.
Yo sé, esta no es la IA actuando contra los derechos de seres humanos, como hemos visto tantas veces y como se vio muy recientemente con Grok; ni siquiera se trata de Lee Se-dol perdiendo una partida de Go contra una máquina. Son los seres humanos usando la IA sin añadir ética como aderezo. Usuarios de X, antes Twitter, usaron la inteligencia artificial Grok para generar imágenes “subidas de tono” de actrices, mujeres de la red, e incluso infantes. Ahora ese tipo de generación está limitada, pero lo importante es que ocurrió.
Hay muchas señales de que la inteligencia artificial no es solo una herramienta cute o práctica; el futuro es incierto, y las únicas opciones son la vigilancia constante y, sí, la resistencia. Además, ningún avance tecnológico viene sin arrastrar los respectivos ajustes; nada se instala en la sociedad sin causar movimientos aquí y allá, y como todo, debe regularse.
Ahora, volviendo al tema de Mia Ballard, si se trata de obras que requieren intervención humana, no me queda más que decir que estoy de acuerdo con Sam Altman cuando en el minuto 8:24 de su entrevista dijo que OpenAI hace cosas muy raras2. Y no estoy hablando de invertir demasiado dinero en publicidad. Sin embargo, ¿saben quién me parece que actuó más raro todavía? The New York Times, que habla de autoras que usan inteligencia artificial mientras permite que sus periodistas la usen todavía con más descaro.
Como yo lo veo, la congruencia editorial es muy importante en estos casos, porque una de las maneras en las que supieron que la novela de Mia estaba “asistida” por una IA, fue… ¿adivinan? Usando más inteligencias artificiales para detectar el uso de la otra inteligencia artificial. The New York Times dice que ellos “la pasaron” por diferentes herramientas, sin especificar cuáles ni hablar de las lecturas realizadas (algo sumamente importante en casos de esta índole). Se limitaron a hacer eco de un posteo donde otro usuario compartía los resultados de su búsqueda. Se usó en principio una, Pangram, que, a pesar de tener verificaciones, no basta para salir a “cancelar” a una autora.

Portada del libro para la edición de Reino Unido
El uso de detectores de herramientas de humanización debe ser cruzado, no unilateral. Una revisión basada en lo que dice un solo detector no es confiable, y no debería valer como fuente única para referenciar la búsqueda, sobre todo en situaciones tan delicadas. Más tarde, debido a la queja de los internautas, se realizó una búsqueda más profunda con el manuscrito completo, usando GPTZero, y Originallity.ai. En todos los casos, el porcentaje de intervención variaba entre 50 y 70 por ciento.
De todos modos, lo que me resulta más escandaloso del caso no es tanto que Mia diga que no fue ella, sino su editora la que pasó Shy Girl por ChatGPT; Hachette, la editorial, le bajó el libro y finiquitó el contrato porque, según ellos, revisaron las quejas de los lectores y se dieron cuenta de que tenían razón. Luego decidieron que el libro estaba, si no es que asistido por una inteligencia artificial, en gran parte escrito por una.

Reporte de Humanización. Fuente: Pangram
No digo todo esto porque esté de acuerdo con que Mia haya engañado a su público. Es porque yo a los grandes grupos editoriales no les creo ni media palabra cuando dicen que no sabían. Ustedes y yo sabemos que ellos siempre saben. Pero ahora toda la responsabilidad recayó en la autora, a la que no defiendo, pero cuyo linchamiento virtual no condono ni condonaré.
Las razones que haya tenido Ballard pueden servir de poco o mucho para entender el clima de la publicación en la industria editorial. Es una chica que lo hizo antes, cuando autopublicó la novela: tomó una ilustración que pertenecía a la artista Whyn Lewis, la cargó en la IA, dos o tres modificaciones y ¡listo! A vender. En lo personal, digo que no sale tan caro comprar una imagen de stock, pero cada quien, ¿verdad?
Cualquiera que haya sido el demonio que la impulsó a encender la mecha de la dinamita que destruyó su carrera, el caso de Mia me deja un sabor de boca amargo. En primer lugar, me parece que la desesperación por publicar les está llevando a tomar caminos escabrosos. Otros le llaman a esto “atajos cognitivos”. En segundo lugar, comparto la creencia de que sería preferible desarrollar habilidades, sobre todo las artísticas, que la IA no pueda hacer por nosotros. Y no me refiero a la parte técnica con la que muchos están felices y se muestran entusiastas (algunos con más cinismo, pero de eso hablaremos después).
No estoy peleada con la idea de integrar inteligencia artificial en aquellos roles donde es necesario. Aunque se sabe que gran parte de las proyecciones son un ideal, y que entre ChatGPT y Terminator hay una distancia todavía (espero).
Si a mí, por ejemplo, me instalan un software que ya tiene una IA incorporada, como pasó con la paquetería Microsoft Office, y mi jefe me manda todo pagado a un seminario, no lo voy a rechazar. Uno, porque es un buen jefe, y dos, porque no me agrada la idea de cerrar los ojos frente a la realidad: la IA llegó para quedarse. Y si bien yo no soy una genio que teme que llegue Deep Blue a vencerle en su propio campo de estudio, lo cierto es que no me gusta pecar de ingenua y mentirme a mí misma diciendo que es una simple herramienta de gestión.
Habiendo dicho esto, voy a contarles una anécdota. Me han dicho en mi cara que prefieren pagar 20 dólares de ChatGPT mensual que los 800 dólares que cuestan a veces mis servicios como correctora de estilo. No me molesta, la verdad, pero (y es un pero enorme) me llama la atención que de cara al público, por ejemplo, en sus redes sociales, me siguen etiquetando como si yo les hubiera corregido o ponen mi nombre en la página legal de sus libros impresos. Es como si éticamente algo estuviera haciendo ruido, pero también puede ser que con el circo nuclear en el que estamos viviendo se me haya descompuesto la brújula moral.
Diría, pues, que si persiste el miedo de admitir que usan la inteligencia artificial para lo que sea, entonces les hará bien saber que en una encuesta realizada por BookPub Partners resultó que por lo menos un 40 % de los encuestados usan la IA pero mienten al respecto a sus lectores. O también que hay grupos pro IA que generan novelas creadas en un 100 %con asistencia de la inteligencia artificial. O, por si no fuera poco, que hay una señora que usó Claude y en 2025 tan solo generó, con diferentes pseudónimos, 200 novelas. Además, ofrece asesorías para que sus clientes aprendan a sacarle el mejor provecho a su inteligencia artificial favorita.
Esta mujer, a la que The New York Times llama Miss Hart, no vende muchos libros de forma individual, pero en conjunto ha llegado a la importante cantidad de 50,000 copias. Ella jura que si la gente no quiere leer o escribir con IA es por prejuicios, aunque espera que se adapten tanto lectores como escritores y así poder dar la cara, porque no se atrevió a ponerla en la entrevista.
Así me imagino a los/as autores/as y lectores/as cuando les sugieren que se adapten al uso y consumo del Arte Artificial:

Como sea, si seguimos con los números, cabe decir que, según NielsenIQ Book Data, Mia Ballard vendió 1,800 copias de Shy Girl antes de que la dieran de baja de todas las plataformas (tanto en EE.UU. como en Reino Unido). No creo, sinceramente, que sea un gran número y dudo que vuelva a tener una oportunidad como esta. Su novela trataba de una chica con muchas deudas que, tras darse de alta en un sitio para sugar babies3, acepta un trato con un hombre: actuar como perro a cambio de que desaparezcan sus problemas económicos.
Mia negó al principio haber usado la IA, pero luego lo aceptó en los comentarios de un video de YouTube:

Hay autoras como ella que están en el mercado y (nadie admite todavía que las lee) están firmadas con Harlequin desde hace años, lo que de nuevo me hace pensar que el rechazo y la cacería es más por el fraude que por haber usado la inteligencia artificial. Puedo estar siendo redundante, pero ya veremos en el futuro.
La cosa con esto es que hay que ser transparentes, me temo. Y así como es decisión de cada quien si usa o no la inteligencia artificial, también el consumidor debería poder elegir si consume arte generado artificialmente. Hay un grupo de escritoras que organizó una web que funciona como filtro: pasas tu libro por él y le ponen un sello de No AI Use. Esto no solo legitima el trabajo 100 % humano, sino que le da el poder de elegir al usuario si lee o consume algo creado con asistencia de inteligencia artificial.
Frente a esto, me gusta lo que propuso la declaración de Heredia, en Costa Rica, acerca de los usos éticos de la inteligencia artificial, en donde insta a los científicos e investigadores a ser transparentes con su autoría.
Hoy por hoy no estamos seguros de que la IA cumpla todo lo que los entusiastas están creyendo. Así que ahí les va el bumerán de regreso: sigan desarrollando sus habilidades artísticas e intelectuales, no sea que en el futuro sobre IA y falte IH4.
Recursos de interés:
Misselhorn, C. (2025). La inteligencia artificial y el fin del arte. Herder Editorial.
Sam Altman, entrevista en YouTube, video, minuto 8:24,
Mujeres jóvenes que salen con hombres de mayor edad a cambio, normalmente, de una compensación económica.
Inteligencia Humana.


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