Esmeralda, Agnes, la bruja: Historia de un feminicidio

«Por última vez, ¿quieres ser mía?»

La primera vez que apareció en escena, el sacerdote la miró con desdén mientras ella hacía un acto callejero con su cabrita, Djalí, a quien había entrenado para poder deletrear algunas palabras con unos bloques de juguete. Luego, en lo que hubiera parecido un rescate heroico, Quasimodo, por orden de su padre adoptivo —Frollo—, intentó secuestrar a la muchacha de apenas dieciséis años. 

Primero eso: Esmeralda tenía dieciséis años cuando el capitán Phoebus la rescató de las «garras» del jorobado, a quien más tarde azotaron públicamente debido a otra de las tantas injusticias que cuenta el narrador de la historia. Segundo: Claude Frollo, por su hábito, no tenía permitido ambicionar a ninguna mujer, y en uno de los capítulos más viscerales de la obra lo leemos angustiado frente a estos sentimientos que le atormentan. 

Luc-Olivier Merson (1846–1920), Public domain, via Wikimedia Commons

Frollo estaba obsesionado con el saber; había pasado toda su vida en un aislamiento autoimpuesto; venía de buena familia y recibió una educación privilegiada, eso considerando la situación de la mayoría de los parisinos. Tras la muerte de su madre, se hizo cargo de Johan, su hermano menor, razón por la que además, en un acto que pudo haber parecido bondadoso, decidió adoptar a Quasimodo. No obstante el acto de misericordia, sus intenciones eran más bien criar a Quasimodo como un chivo expiatorio, por si más adelante su hermano se transformaba en un pecador —lo cual ocurrió— y de ese modo asegurar un pase al cielo. Es decir, Frollo era manipulador desde su juventud y su soberbia superó a cualquier fe que llegó a profesar. Con el tiempo se aburriría de las letras latinas y pasaría a indagar en las prácticas de los alquimistas, empezando por Nicolás Flamel, en cuya casa hurgó como tantos otros, y pasando también por los herméticos. 

Para Claude Frollo, «el saber» era el único motivo valioso de la vida de un ser humano y eso lo llevó a caer en una espiral sin fin; buscó conocimiento en bucle, hasta casi perder la razón. Aun así, en la novela su obsesión por el saber no se compara con la que luego germina en su interior, cuando los celos se manifiestan. 

Después de ese rescate, Esmeralda queda prendada del capitán Phoebus, en quien deposita todos sus anhelos; las cosas que la muchacha no tuvo nunca pensó conseguirlas casándose con este militar, que es la representación del mujeriego sin redención. A diferencia de Esmeralda, que se ganaba la vida bailando y haciendo actos de “magia” por las calles de la Cité, Phoebus dependía enteramente de su apellido: no tenía un quinto, lo que ganaba en la compañía lo despilfarraba en juergas y mujeres, y su única esperanza para no morir de hambre era casarse con una prima de buena dote. Más tarde el narrador diría que el final de Phoebus también fue infeliz, porque se casó. Y es que el capitán era un pendenciero sin honor, que engañó a Esmeralda y, no contento con las promesas vacías que le hizo, le permitió a Frollo escabullirse dentro de la habitación, detrás de un clóset en mal estado, para que presenciara lo que iba a hacer con ella. 

Sé que no tengo que explicar mucho lo que el capitán pretendía con la chica, porque la llevó a una especie de hotel de malamuerte, con el mismo dinero que Frollo le dio debido a su escasez. Phoebus no consumó el acto aquella noche, pues, antes de que pudiera desnudar completamente a Esmeralda, el archidiácono se abalanzó sobre él para apuñalarlo cerca del cuello. 

Lo que Esmeralda vio esa noche fue al sacerdote, pero después de desmayarse, recordaría tan solo una sombra que se cernía sobre su amado capitán; se despertó apresada y acusada no solo de asesinato (a pesar de que Phoebus no había muerto) sino que, gracias al reporte de un anónimo, también estaba imputada por brujería. 

No miento cuando digo que la secuencia del juicio y todo lo que la conforma, me provocó una terrible ansiedad. En contraste, iba leyendo los capítulos del interior de Frollo; una frase me quedará grabada para siempre de esa parte: «el odio es amor corrupto.». 

A la inquisición, como bien sabemos por los archivos históricos, le bastaban testimonios ridículos y pruebas insignificantes para acusar a una mujer de hechicería; la novela hace un uso horrible —de perfecto— pero honesto de la masa popular. Victor Hugo no se contuvo al mostrar cómo funcionan las turbas y las mentes colmena y, por encima de todas las cosas, cómo es que trabaja la superstición en una mente previamente permeada por el miedo. 

Muchos capítulos antes, la misma gente se había reído y aplaudido con Djalí, con sus actos graciosos y sus cuernitos dorados, pero es la misma cabrita la que les provoca horror cuando, delante de los jueces, realiza lo que su ama le había enseñado para que ambas pudieran vivir. Todos los individuos olvidaron dónde habían visto a Esmeralda previamente, y la sombra que la casera describiría, el encapuchado con el que Phoebus arribó a la hostería —o sea, Frollo—, pasaría a ser el compañero de Esmeralda, su jefe, su patrón… 

O sea, el diablo. 

Durante las primeras horas, Esmeralda mantuvo su testimonio; dijo que ella no había atacado a Phoebus, sino una sombra. Pero los jueces no escucharon. La casera había dicho que la moneda de Phoebus se convirtió en una hoja y, por lo tanto, sumado a la presencia del diablo, eso contradecía por completo las palabras de la acusada. 

¿Tengo que repetir que Phoebus no estaba muerto? 

Debido a la reticencia de la chica a confesar, la arrastraron a un cuarto de torturas, la pusieron sobre una mesa y, con una suerte de pinzas para desollar, le rompieron el tobillo. Entonces lo confesó; confesó haber atacado al capitán y también ser una bruja. Todo eso, suplicando al verdugo que parara la tortura. Lo demás es punto y aparte: Esmeralda y la cabra fueron condenadas a morir en la horca, en esa misma plaza en la que antes el populacho la adoraba. 

En cuanto a Phoebus, no hizo nada para evitarlo; según él, no le constaba que la muchacha no fuera una bruja y no había visto a su atacante, por lo que, en cuanto se recuperó y luego de dos meses fuera de la ciudad con su compañía militar, regresó a los brazos de su prometida. No, el capitán no la sacó del calabozo, ni siquiera cambió de planes cuando la vio arrastrada rumbo al patíbulo. Para él, «el asunto de Esmeralda estaba liquidado.». 

Pero, aunque Phoebus tiene responsabilidad en el desenlace de la pobre Esmeralda, hay un único artífice; fue Frollo quien cambió la moneda por una hoja, quien se cubrió la cara y salió por la ventana, dejando a Esmeralda junto al cuerpo ensangrentado de Phoebus; fue Frollo quien hizo llegar a la Inquisición la noticia de que Esmeralda practicaba la hechicería. La visitó en el calabozo y le ofreció un trato: si aceptaba su amor, él la salvaba del terrible destino que le esperaba en la horca. 

«¡Qué horrible amor!», dijo la gitana frente a aquella confesión. Frollo no soportó el rechazo, y es entonces que el amor no correspondido se transforma en absoluto deseo de venganza. 

Cuando yo leí esta parte, recordé lo que el candidato Abelardo de la Espriella (y ahora electo presidente de Colombia) dijo en una entrevista, acerca de un feminicidio: “la mató porque no podía vivir sin ella”; se estaba refiriendo al brutal asesinato, a manos de su marido y delante de los hijos de ambos, de una mujer. 

Mucha gente puede odiarte, eso es verdad; pero solo un femicida es capaz de darte a elegir entre la muerte y su amor corrupto. 

En México, el término «feminicidio» se integró gracias a la antropóloga Marcela Lagarde, pero no fue sino hasta 2007 que pudimos leerlo en la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia; más tarde, en 2012, se tipificó formalmente como delito en el Código Penal Federal. Hasta hace unos años no tenía el conocimiento del trabajo de Lagarde, pero desde que sigo su tesis, por motivos propios y académicos también, no dejo de sentir náuseas cuando alguien confunde lo que es un homicidio con un feminicidio; o cuando, para más inri, deciden llamarle como ya ni siquiera hace la ley de ningún país: crímenes pasionales. Lagarde señala pues que un feminicidio es “el resultado de la violencia misógina llevada al extremo”. Por eso creo que Frollo es la representación —ficticia pero perfecta— de lo que es un feminicida.

Claude Frollo no le puso la cuerda a Esmeralda, es cierto; no fue él quien dejó caer su cuerpo y provocó que se asfixiara. Sin embargo, usó su poder, sus fuerzas y sus ventajas, para fraguar su muerte. ¿Cuáles eran sus razonamientos? Entre muchos otros a cada cual más terrible, este es el que me heló más la sangre: 

«Y mientras cavaba así en su alma, al ver la gran parte de ella que la naturaleza había reservado a las pasiones, rio aún más sarcástica y amargamente. Revolvió en el fondo de su corazón todo su odio, toda su maldad y reconoció, con el frío ojo clínico del médico que examina a un enfermo, que aquel odio, aquella maldad no eran más que amor corrupto; que el amor, esa fuente de todas las virtudes en el hombre, las convertía en cosas horribles en un corazón de sacerdote, y que un hombre como él, al hacerse clérigo se hacía demonio. Entonces rio de una manera horrible, y de pronto se quedó pálido al considerar la faceta más siniestra de su fatal pasión, de aquel amor corrosivo, venenoso, rencoroso, implacable que les había llevado, a ella a la horca y a él al infierno.»

Nicolas Eustache Maurin, Public domain, via Wikimedia Commons

Incluso en esa “reflexión”, Frollo culpa a Esmeralda por su final; en su mente, el rechazo de ella la llevó a la horca y a él, al infierno. Son las motivaciones detrás de un crimen las que empeoran o disminuyen la responsabilidad. Cuando tienes una ventaja —sistemática, estructural, etc.— y provocas un daño superior a otra persona, tu causa puede agravarse. Esta es una de las tantas razones por las que existe la tipificación de feminicidio, y no solo los hombres son imputables. En el caso de Frollo, es un feminicida porque sabía, él era completamente consciente de ello, de la condición vulnerable de Esmeralda; ella era mujer, era una mujer gitana; era una mujer gitana pobre y era una mujer gitana, pobre y huérfana en una sociedad que cazaba brujas y estigmatizaba a los foráneos. La figura de la otredad se dibuja en Esmeralda en todas y cada una de sus escalas de vulnerabilidad, y Frollo se aprovechó de ellas, usando su investidura eclesiástica. Sabía que no iba a poder defenderse, que no tenía a nadie que interviniera por ella y que iba a bastar un pequeño prejuicio para hacer que la turba se volviera en su contra. El sistema —controlado por la institución de la iglesia— le permitió a Frollo extorsionar a Esmeralda. 

A mí este modus operandi me suena, por desgracia, bastante familiar. 

Cuando Quasimodo rescata a Esmeralda justo antes de la ejecución, Frollo camina lejos de la ciudad y se sumerge en un victimismo vomitivo, de nuevo culpando a Esmeralda y equiparando “su sufrimiento” con la injusticia que le había provocado. Para él, lo único que Esmeralda debió hacer era corresponderle; el rechazo y el asco que le profesó fue pretexto suficiente para que él maquinara su venganza. ¿Por qué? Él se aseguró a sí mismo que su sacrificio era enorme, porque estaba destinado a ir al infierno. 

Desde mi punto de vista, prometer el cielo o el infierno a personas padeciendo injusticias en la Tierra es de gente malvada. 

Esmeralda estuvo a salvo tan solo unas semanas y, cuando Frollo descubrió que había sido rescatada, planeó la manera de sacarla del asilo de Nuestra Señora, a donde solo el rey tenía acceso. Entonces, en lo que yo llamaría un verdadero pandemónium, y ante las miradas de cientos de arrabaleros y espectadores del pueblo, Esmeralda murió colgada. 

Es en esa secuencia dolorosa, y antes de entregarla, que Claude Frollo, un feminicida en toda regla, le pregunta a Esmeralda:

«Por última vez, ¿quieres ser mía?». 

Esmeralda se negó. Supongo que, según algunos, Frollo decidió su muerte porque la amaba. 

Qué horrible amor, ¿no? 


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