Una máquina expendedora puede llegar a pesar 350 kilogramos, bastantes más que un individuo promedio en algunos de los países en los que suelen verse. Incluso por debajo de un ataque de tiburón, son pocas las probabilidades de que una persona muera aplastada por uno de esos artefactos. Con todo y esto, Kevin Mackle falleció luego de sacudir excesivamente una de esas cosas; no le había dado la bebida que compró y, en un intento por desatascarla, le dio un fuerte sacudón. En una nota que comunicaba la demanda que la familia interpuso contra la universidad, Coca-Cola y el fabricante, se especifica que el muchacho de veintiún años pasó toda la noche atrapado debajo sin recibir auxilio.
(La parte técnica de este asunto es que se supone que Vento, el fabricante, sabía de un desperfecto que facilitaba las caídas; otros accidentes similares habían sido registrados, y eso abrió la puerta al litigio por daños y perjuicios.)
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¿Se han golpeado el dedo meñique de un pie contra un objeto que se interpuso en su camino, y han sentido o sucumbido el impulso de maldecir? Yo sí, pero volviendo al tema y aun cuando es imposible saber si Kevin reaccionó de forma iracunda contra la máquina —lo que derivó en su muerte—, otros accidentes del mismo tipo parecen tener en común el elemento de la violencia reactiva.
Es decir, al sentir que la máquina les está robando, los individuos, casi todos hombres jóvenes, tienden a recurrir a la fuerza bruta para acceder a lo que, por justicia, les corresponde. Eso es lo que Michael Q. Cosio formuló en un artículo escrito allá por 1988, en el que también enlistó otros catorce accidentes: tres individuos muertos y doce hospitalizados por patear, zarandear o empujar una máquina expendedora.
No puedo responder a la pregunta de si la aplicación de la fuerza bruta, en casos de injusticia percibida, es una cuestión “de hombres”, pero lo que puedo decir es que hay una escena en la novela La conjura de los necios que expone una situación parecida; el personaje nunca expresa enojo como tal, aunque tiene una manera muy vocal de decir lo que piensa acerca del oficial Mancuso, y entre otras maldades, le hizo lo siguiente a modo de venganza:
Ignatius metió el dedo en la válvula de uno de los neumáticos, hasta que cesó el silbido y la parte inferior de la rueda se desparramó sobre el pavimento.
p. 112
(Mancuso, según Ignatius, estaba pervirtiendo a su madre; además, antes estuvo a punto de arrestarlo.)

Ilustración de Ignatius J. Reilly vía Librújula
No hay ni una sola escena que ponga a Ignatius a patear máquinas expendedoras, pero a lo largo de la historia hace otras muchas cosas que, en tono y consecuencias, me ponen a pensar si se parece a lo que hoy conocemos como un hater1, o si sus reacciones eran las de un verdadero misántropo.
En cualquiera de los dos casos, tengo que aclarar algo antes de seguir:
- Este artículo nació de mi incapacidad de comprender por qué la gente está tan enojada en redes sociales.
- Mi caldo quedó crudo y requiere de un intercambio de visiones varias, pero que no estén ensimismadas como las de algunos de los pensadores que conforman las fuentes de su cuerpo.
- La misantropía no es odio en términos sigloveintiunescos; trataré de abordarlo sin volverme loca en el transcurso.
Ahora sí…
Toda situación afrentosa, desmedidamente humillante, repulsiva, y, ante todo grotesca en que me haya encontrado en mi vida me ha inspirado siempre, además de una rabia sin límites, un deleite increíble. Lo mismo me ha ocurrido en el momento de cometer una acción bochornosa o exponerme a un peligro de muerte. Si yo hubiese robado, habríame encantado, en el instante de hacerlo, la consciencia de mi abyección. No es que me haya gustado la abyección (en este punto, tengo el juicio sano), sino que ese estado de embriaguez derivado de la penosa conciencia de mi ruindad, me gustaba. Igualmente, cuando tenía un desafío, en tanto aguardaba el disparo de mi adversario, apoderábase de mí ese mismo sentimiento insensato, vergonzoso, y a veces con desusada fuerza. Confieso que con frecuencia buscaba yo las ocasiones de saborear esa sensación que sobrepasaba para mí en energía a todas las demás. Cuando me dieron aquellas bofetadas (dos me han dado en mi vida) me dominaba, no obstante, la rabia tremenda, esa misma sensación. Cuando refrena uno su rabia, la sensación de placer es indecible. No he hablado nunca con nadie de esto, ni siquiera por indirectas, y siempre lo oculté como algo infamante, vergonzoso. Por el contrario, cuando en una taberna de Petersburgo me pegaron malamente (me cogieron de los pelos), no experimenté esa sensación, sino sólo una rabia tremenda: no estaba borracho, sino que había reñido con los otros. Pero si cuando en el extranjero aquel vizconde francés que me dio una bofetada, y al que yo a cambio de ella le partí de un tiro la barbilla, me derribó en tierra y me zarandeó de los cabellos hubiese ya experimentado esa embriagadora sensación quizá no me hubiese entrado rabia. Así me lo parecía a mí entonces.”
Fiodor Dostoyevski, Los Demonios [del capítulo La confesión de Stavroguin, censurado hasta 1906.]
Haters versus misántropos, dos talentos que pasan desapercibidos para los ilustrados
De consolatione philosophiae, según Ignatius J. Reilly, es la obra filosófica que sentó las bases del pensamiento medieval. Por ese entonces la cultura latina estaba perdiendo acceso al griego, y si bien en las diatribas de Ignatius, protagonista de La conjura de los necios, hay algo de verdad, por lo regular tiende a exagerar cada una de sus interpretaciones. Cosa no menos llamativa: se vale de su condición de medievalista no solo para sostener esta afirmación, sino para menospreciar al resto de sus conciudadanos por su “falta de teología y geometría”.
Por lo regular, sus debates más elocuentes los sostiene con su madre, que no sabe nada de patrística ni de Agustín de Hipona ni mucho menos de derecho romano; o con Myrna, a quien —por carta— constantemente está amenazando con fundar su propio partido político. Bastantes veces Ignatius le explica a la señora Reilly —y a otros— un trauma que tiene que ver con un autobús, un trabajo y un accidente. Pero no sabemos si es verdad, porque lo inverosímil en los relatos de este hombre obeso de treinta años tienen el mismo cariz que un delirio quijotesco. Los desprecios de Ignatius no son un chisme, sin embargo, y jamás intentó ocultar algunas de las cosas —casi todo en el mundo— que considera perversiones; por ejemplo, trabajar.
(Si no leyeron la novela no se sientan culpables por encontrarse de acuerdo con él; Ignatius mismo nos advierte que es un anacronismo y por eso es normal que se le deteste, pese a que no hay oportunidad de que nos considere sus iguales. John Kennedy Toole escribió La conjura se cree que hacia 1962 y fue publicada en 1988, pero si la hubieran publicado el mes pasado nadie lo descreería. Para muestra un diálogo:
Bah, básicamente fue más de lo mismo. Cierto pobre blanco de Mississippi le dijo al decano que yo era un propagandista del papa, cosa evidentemente falsa. Yo no apoyo al papa actual. No se ajusta en absoluto a mi idea de un papa firme y autoritario. En realidad, me opongo firmísimamente al relativismo del catolicismo moderno. Sin embargo, el atrevimiento de aquel ignorante fundamentalista rústico redneck impulsó a mis demás alumnos a crear un comité para exigir que yo corrigiese, puntuase y devolviese sus ensayos y exámenes acumulados. Hubo incluso una pequeña manifestación ante la ventana de mi despacho. Fue todo muy espectacular. Se las arreglaron bastante bien, siendo como eran unos mozalbetes simplones e ignorantes. En el punto culminante de la manifestación, tiré todos aquellos papeluchos, sin corregir, por supuesto, por la ventana, sobre sus propias cabezas. La universidad era demasiado mezquina para aceptar aquel acto de desafío al abismo de la academia contemporánea.
p. 63
Otra de sus rúbricas es, por supuesto, el completo rechazo “al abismo de la academia contemporánea”, una postura que se siente postradicionalista, pero que no atiende exactamente a lo que a los filósofos, o a los seguidores de ciertos filosofillos, les gusta imaginar. El enojo de Ignatius, si en lo que contó a su madre es medianamente cierto, está más encaminado a lo que uno opinaría de un trabajo en el que aplicamos y para el cual un reclutador nos despidió sin darnos las gracias por asistir a la entrevista. ¿Habla Ignatius de sentimientos de rechazo? Nunca. En realidad, acerca de sus emociones no suele ser explícito, a menos que sea para expresar, con el vocabulario digno de un librista, la náusea que le produce el optimismo, cuán perverso le parece, cómo se niega a «mirar hacia arriba», porque “[L] la posición propia del hombre en el universo, desde la Caída, ha sido la de la miseria y el dolor.” (p.70)
Estoy segura de que más de uno coincidirá con él, y más de uno, después de leer esto, integrará algunas de sus creencias; esto no sucede porque Ignatius tenga razón o porque su misantropía sea contagiosa. Las verdades a medias tienen ese efecto en los demás, en todos nosotros: siempre ha sido más fácil tener miedo al diablo que fe en Dios. Además, las supersticiones generan un efecto reaccionario; no importa qué tan ateo se considere uno, con más frecuencia de la que nos gusta admitir tenemos más en común con un cristiano religioso que con el propio Jesucristo que reside en el imaginario.
(Digo en el imaginario porque últimamente se puso de moda enaltecer a Jesucristo por sus valores «progresistas», casi como si no fuera digno hijo de su padre.)
Ignatius no posee esos filtros dogmáticos que nos detienen a muchos cuando se trata de ser deleznable; a menudo actúa con regocijo si se venga de alguien, como en el caso de los alumnos que lo odiaban y de quienes se vengó deshaciéndose de sus proyectos sin haberlos leído siquiera; o cuando hizo despedir a una mujer de su trabajo porque le molestaba su taconeo. Eso es un misántropo.
Para hacer un contraste, si revisamos la conducta de Yago de Otelo, la venganza en la acción no tiene que ver con la misantropía. Lo que hace Yago con Otelo, y que desemboca en el asesinato de Desdémona, está directamente relacionado con el resentimiento. Al ser rechazado en favor de Casio, Yago actúa con toda la deliberación del mundo, sí, pero su deliberación no está en la misma línea filosófica que las que competen a Ignatius.
La venganza de Yago atraviesa a personas inocentes, no al objeto de su odio. Yago es un hipócrita resentido, un criticón sin fundamento, que se venga de Otelo por haber elegido a Casio para un puesto de importancia: Casio estaba mejor preparado, se nota en su forma de hablar y también en la manera en la que se relaciona con otros. Yago, en cambio, es un asesino, un intrigante; conscientemente siembra mentiras y varias personas mueren a causa de ellas. Ignatius podrá pensar muchas cosas y ser un personaje nauseabundo, pero a un individuo se le juzga por sus acciones, no por sus ideas. Allí donde Ignatius es una idea reprobable, Yago es el artífice de distintos crímenes:
la idea peligrosa es veneno de por sí
y, aunque empiece por no desagradar,
tan pronto como actúa sobre la sangre,
arde como mina de azufre.
Otelo, Acto III.iii p. 114
(Si Yago es un provocador, ¿qué es Otelo? Yago fue quien sembró las ideas pero no puso la sangre.)

Otelo y Desdémona, Muñoz Degrain s.f.
A nivel grupal, las personas están cada vez más enojadas, o son cada vez más reactivas; sin embargo, las ideas, por muy deleznables que parezcan, no son motivo de persecución. Antes bien, que ideas tan peligrosas tengan cabida entre nosotros habla de una sociedad casi en su totalidad contenida. Surgen necesidades para descomprimir la rabia, el desestrés y para, como algunas compañías ponen en sus eslóganes, “desahogar la ira”.
Esta es la pregunta que me agobia cuando veo una cancelación2. ¿Qué está pasando en el mundo para que una persona haya alcanzado tal estado ideológico que, tras leer un tuit, está dispuesto a odiar y perseguir a otros? Muchos expertos coinciden en que la genética, el entorno y los círculos sociales son tan solo algunos de los elementos que construyen nuestra identidad social, por lo que no importa cuántos libros de historia, de política y filosofía leamos, las ideas germinan en un terreno ya antes fértil en el que puedan crecer hasta dar frutos.
(Hay mucha literatura científica que demuestra cómo lo que incita la rabia genera, actualmente, más interacción que contenido de aprendizaje; esto, como podrán ver después, no es algo nuevo, pero es cierto que el aumento de contenido provocador ya supera —en lenguaje internetezco: rage bait—, en números alarmantes, todo aquello que se tilda de “contenido de valor”.)
Por eso resulta tan interesante que haya distintos métodos para que la gente descargue sus emociones negativas. No caben —aquí— los papanatas que malinterpretan el estoicismo, porque están más ocupados reprimiendo emociones comunes, como la tristeza o el enojo, pero no es el caso de los rage rooms, estos “espacios seguros e íntimos” en donde empresas como Break it te permiten romper cosas.
Seguramente habrán escuchado hablar de esas salas, pero antes de explicar un poco qué son y cómo funcionan, me gustaría compartir lo que esta minivestigación me dejó ver acerca del proceso de la violencia. Es algo así como un violentómetro, pero aplicado a la vida cotidiana; nos va a servir para interpretar literariamente los actos de violencia de algunos personajes. La secuencia es la siguiente:
evento emocional (rechazo, afrenta) ⇨ enojo ⇨ sensación de indefensión ⇨ angustia ⇨ perdón/búsqueda de justicia ⇨ ira ⇨ percepción de injusticia ⇨ violencia reactiva (venganza)
Para Martha Nussbaum, cuando un individuo decide que el rechazo o la afrenta no tiene importancia, opta por perdonar (pasar de largo el evento); sin embargo, cuando el evento se percibe como dañino y de afectaciones importantes, puede 1) depositar la causa en el aparato de justicia o 2) pasar a lo que ella llama “ira de transición”, que es la rabia que enceguece o que es difícil de aplacar3. Cabe aclarar que la violencia reactiva puede ser producto de un símbolo o de un acto real; es decir, un ataque virtual tiene, en la experiencia emocional, los mismos efectos que uno físico pues “[E] en la esfera media se genera mucho resentimiento, desde los desaires a la reputación hasta ese pecado imperdonable que ya menciona Aristóteles en el que alguien olvida tu nombre.”, p. 24
(Le llama “esfera media” al círculo de nuestras preocupaciones cotidianas; escuela, trabajo, redes sociales personales, etc., y que están fuera de nuestra esfera personal, con los amigos y la familia.)

William-Adolphe Bouguereau, Orestes Pursued by the Furies, 1862, The Chrysler Museum of Art, Virginia
Un verdadero misántropo no necesita una identidad masificada
Estaba discutiendo con un amigo acerca de las motivaciones de Ignatius; me dio permiso de transcribir nuestra conversación y, aunque no pienso torturarlos leyendo sus posturas, sí me dijo algo importante: que Ignatius cree lo que cree porque vive en una cámara de eco. Me reí y fue inevitable, porque el concepto que yo tengo de las cámaras de eco no se parece en nada a lo que es este personaje. Ignatius no puede, repliqué yo, estar en una cámara de eco. Es imposible. Me niego rotundamente a caer en esa lectura.
Ignatius J. Reilly no está en una cámara de eco; él es la cámara de eco. En narrativa, el orden de los factores siempre alterará el producto final. Ignatius se encuentra, salvo por dos detalles, por encima de cualquier juicio de valor mundano. Lo que intentemos hacer con él, le provoca bostezar; le aburrimos. Mi colega se rio también, y procedimos a discutir un par de estas escenas, la más ilustrativa cuando se decide a renovar la empresa mediocre en la que acaba de empezar a trabajar. En su diario, Gran Jefe, leemos (los pseudónimos cambian según la causa social que ignatius está peleando):
Los hornos mantienen el lugar más bien cálido y sofocante en estos días frescos, pero sospecho que, en verano, los obreros gozan una vez del clima de sus antepasados, un calor tropical algo ampliado por esos grandes artilugios que queman carbón y producen vapor. […] La verdad es que no puedo entender por qué. He de admitir que este deseo suyo me lleva a poner en entredicho sus juicios de valor. Pero si quieren integrarse en la burguesía, no es asunto mío, en realidad. Pueden ratificar, si quieren, su propia condenación. […] Admiro el terror que son capaces de inspirar los negros en los corazones de algunos miembros del proletariado blanco y solo desearía (esta es una confesión muy personal) poseer la misma capacidad de aterrar. […] Quizá debería haber sido negro. Sospecho que habría sido un negro muy grande y muy aterrador, un negro que apretaría continuamente su muslo monumental contra los muslos marchitos de las viejecitas blancas en los transportes públicos y provocaría más de un grito de pánico.
pp. 131 y 133
De una manera u otra, uno sabe que Ignatius no es racista. Es el talento del misántropo: nos odia a todos, no solo a los negros. Él, al respecto, dice —en esto sí le creo—: “Yo había tenido poca relación con ellos, en realidad, pues solo me relaciono con mis iguales o con nadie, y como no tengo iguales, no me relaciono con nadie.”, p. 132.
Antes dije que hay dos únicas ocasiones en las que se muestra emocional, y en lugar de misántropo tenemos a un hater común y corriente; hay una palabra que provoca no un bostezo sino un insulto hacia Myrna —excompañera universitaria y ¿némesis?)—. Myrna no es psicoanalista pero no pocas veces intenta psicoanalizar a Ignatius; ella está segura de poder leerlo —así de bien como Ignatius leyó a Boecio— y le escribe lo siguiente: “Supongo que sabes perfectamente que Freud relacionaba la paranoia con las tendencias homosexuales.”, p. 89
«Homosexual» es una de las pocas palabras que exaltan a Ignatius. Es hilarante. Los reto a leer esa escena y mantenerse inmutables. La segunda causa que provoca su ira tiene que ver con algo que Myrna también le psicoanaliza, pero esperemos un poco.
Ignatius no rompía cosas como se esperaría de una persona con sus hábitos; vive en una época que no le permitía estar en internet, por lo tanto, si no existe un malvado algoritmo que drene su capacidad de votar por los buenos, ¿qué hacía que fuera este monstruo de apatía política, defensor del buen gusto y la justicia social —¿qué tipo de justicia? ¡Quién sabe!—, contra el resto de hipersensibles moléculas de seres humanos?
A él no le importa, y me queda claro cuando dice “[L] los comentarios sobre mi vida personal no los solicité y revelan una asombrosa falta de buen gusto y de decencia.”, p. 191
Así que, si tratamos de entender a un espécimen como él, o lo que es peor aún, sacarlo de su error, el ridículo lo haremos nosotros. Para Ignatius la humanidad estaba en decadencia; los pensadores ilustrados lo habían arruinado todo y, basándose en ese libro que cita hasta el hartazgo —y mal—, era necesario regresar a una monarquía; “Lo que yo quiero es una buena monarquía, firme, con un rey decente, de buen gusto, un rey con ciertos conocimientos de teología y de geometría, y que cultive una Rica Vida Interior.”, p. 219
En imitación del poeta John Milton, Ignatius pasa la mayor parte del tiempo encerrado en su habitación, un sitio que uno puede oler a través de las páginas: “Como ya te he dicho, lector, en anteriores entregas, yo emulaba al poeta Milton pasando mi juventud retirado, entregado al estudio y a la meditación, a fin de perfeccionar mi oficio de escritor.”, p. 110
Normalmente, la madre tiene que tocar a su puerta con una insistencia insoportable, y si consigue que le abra es para encontrar un tufo a “demonios”. ¿Le molesta a Ignatius la comparación? ¿Remueve un gramo de conciencia en él? Leamos:
—Aquí huele a demonios.
—Bueno, ¿qué esperas? El cuerpo humano, cuando está confinado, emite ciertos aromas que tendemos a olvidar en esta época de desodorantes y otras perversiones. A mí, en realidad, el ambiente de esta habitación me resulta bastante reconfortante. Schiller, para escribir, necesitaba en su mesa el aroma de manzanas podridas. Yo también tengo mis necesidades. Quizá recuerdes que Mark Twain prefería la posición decúbito supino en la cama cuando creaba esos abortos aburridos y trasnochados que los eruditos contemporáneos intentan demostrar que son importantes. La veneración que se rinde a Mark Twain es una de las raíces de nuestro estancamiento intelectual.
pp. 58-59
¿Se puede evitar juzgar un comportamiento como este? Después de que una actitud roza lo absurdo, ¿deja de parecernos real? ¿Cómo respondemos a algo así? La ira contenida se ve de otra manera, o al menos eso es lo que nos han dicho. La violencia reactiva nace de personas con pasados traumáticos: de ellos y solo de ellos, ¿no? Ignatius J. Reilly está tan cómodo con su forma de ser, y es tan consciente de ello aun si puede pasar por un delirante-energúmeno-de-cerebro-medieval, que no lo vemos sufrir de ira, ni de tener arranques desproporcionados (¿tragar salchichas sin control es violencia contra uno mismo?).
La gente se vuelve violenta, como mostraba arriba, no —solo— porque tenga un pasado traumático; más allá de las patologías, digo, entre el enojo y un acto de violencia hay cien salchichas grasientas de por medio y una llamada al psiquiátrico. No veo, si les soy honesta, ninguna realidad plausible en la que alguien como Ignatius fuera capaz de ir a un rage room. Me parece que, según su línea de pensamiento, es algo que solo harían aquellos sin teología y geometría y, sobre todo, con pésimo gusto.
Un rage room es un sitio al que la gente va, palabras más palabras menos, a romper todo lo que, en sociedad, sería ilegal caro romper. Pero, para que su tipo se entienda mejor, dejaré que Break it, compañía dedicada exclusivamente a ofrecer dicho servicio, se explique por sí misma. En su web, describen que sus instalaciones son para los siguientes casos:
- Si hay una situación o persona específica que te tenga atorado, puedes traer fotos o imágenes para colocarlas en los objetos que vas a destrozar, o bien, marcarlas con plumones para que rompas “eso” que ya no quieres más en tu vida.
- En el cuarto de ira, pondremos la música que más te inspire a sacar tu enojo y frustraciones.
Hay cientos de videos que ilustran la rabia con la que la gente rompe todo; les prestan un bate, los visten con un equipo de seguridad y los meten en una habitación en la que van a encontrar electrodomésticos, televisores, objetos de cristal, mesas, etcétera; el fin de los cuartos de ira es que el individuo tenga un sitio privado donde desquitarse. La carga emocional que cada quien le imprime a su “momento de desahogo” puede variar, también. Muchas personas salen de ahí eufóricas, llorando de felicidad.
Empresas como Break it México se encargan de que tengas privacidad y no revelan tus datos ni postean tu video sin autorización; ofrecen paquetes que van desde los $749 (43 dls.) hasta los $2299 (133 dls.). A ese acto de colocar fotografías en los objetos a romper y elegir la música que uno quiera, le llaman «personalización».
Independientemente de lo que yo opine —nada, sigo atónita—, este servicio se presta a dos interpretaciones sencillas: la primera en el marco de la salud mental, de la que puedo hablar poco y solo a través de una óptica periférica, es decir, la mía —y es demasiado vergonzosa para explicarla—; la segunda, la sociocultural.

Imagen vía Unsplash, por Paaz PG
Lo normal en una sociedad es que el individuo contenga, gestione o, en el peor de los casos, reprima aquello que le irrita. Se supone que el enojo es una emoción válida, así como lo es el mal humor. Pero todavía en estas épocas somos incapaces de aceptar que quien nos ama también puede estar enojado con nosotros. Eso en la esfera familiar. Fuera de ese núcleo, ¿qué le impide al resto rompernos la cara todos los días? ¿Son las leyes el único impedimento entre nosotros y la barbarie total?
Ernest Becker, antropólogo estadounidense, en una muy explícita oposición a Freud, asociaría las reacciones iracundas a la respuesta del individuo que no realizó el proceso de individuación4; a diferencia de pensadores más “modernos”, como Byung Chul Han, Becker cree que “el ser humano es, ante todo, un animal que se desplaza sobre un planeta iluminado por el sol. Todo lo demás que es se construye sobre esa base.”
(Desde mi perspectiva, una buena parte de la humanidad se negaría a aceptar cualquier comparación con animales irracionales. Es decir, los prefieren como animales domésticos por cuanto que nos parecen indefensos, pero es cierto también que nosotros creemos en la violencia como medio de obtención de los recursos que son negados o corrompidos por el estado. Sin embargo, esa violencia reactiva está o bien justificada o no cabe en el molde de lo que es la “venganza”.)
Nada raro resulta que Myrna Minkoff esté intentando psicoanalizar a Ignatius y que esto a él le provoque una profunda aberración. Tanto Han como Nussbaum coinciden en que la práctica de “desentrañar” al otro es la reacción más común a la incertidumbre social. En opinión de Han: “La creciente atomización y narcisificación de la sociedad nos hace sordos a la voz del otro.”, y Nussbaum argumenta que “hay algo notablemente narcisista en la idea de un drama que gire en torno a nosotros, la falta que uno debe sufrir y el regalo de expiación que se nos ofrece.”, p. 31. Es decir, Martha Nussbaum cree que incluso las causas más dolorosas terminan tratándose de los héroes y las heroínas, y dejan de ser acerca de la víctima (que fue la que sufrió).
Becker, no obstante, va más lejos pese a ser anterior a ambos, y observa que el comportamiento de la sociedad —adulta— se asemeja al de los infantes en una etapa primaria de desarrollo:
El niño, en su deseo ilimitado de satisfacción, no puede evitar sentir amor por quienes responden a sus necesidades; al mismo tiempo, cuando estos inevitablemente lo frustran por su propio bien, tampoco puede evitar sentir odio e impulsos destructivos hacia ellos, lo que lo coloca en una situación imposible.
Esto me lleva a pensar en lo que adelanté respecto a las únicas dos cosas que amedrentaban a Ignatius: una era, reiterando, que Myrna lo llamara homosexual; la otra es el rechazo, aunque en una ocasión se mostró afectado por que los asistentes de una fiesta no parecían reconocer su nombre (tal como supusiera Aristóteles que pueden ser las afrentas sin importancia y a las que el individuo les concede demasiada). En esa escena, Ignatius está rodeado de los seres más rechazados de la sociedad, personas que, delante de los ojos del lector, ojos hipócritas si le hago caso a Baudelaire, están disociadas, habitando Fantasilandia. Ninguno de ellos le presta atención a su discurso y entonces…
Ignatius se sintió tan solo como se había sentido aquel lúgubre día en el instituto, cuando en el laboratorio de química había explotado su experimento quemándole las cejas y dejándolo aterrorizado.
p. 323
No hay otro momento como este en la novela. Uno podría esperar de un misántropo obsesionado con la diosa Fortunaeotro tipo de reacción. Pero lo que leemos es una realidad que ha comenzado a diluirse en los espectros políticos. Becker interpreta esto a la vieja usanza, diciendo que “el ser humano primitivo se sumergía en una red de obligaciones sociales por razones psicológicas.” La alusión al ser humano primitivo se debe a que, para Ignatius, aquellos que lo rechazan lo envidian, aquellos que lo expulsan “no pueden soportar mi visión del mundo.”, p. 364.
La excusa de la envidia la utilizará cada vez que lo echen de un trabajo, incluso aunque sea el menos complicado y el más triste para una persona que cursó ocho años de universidad. Terminar vendiendo salchichas y, por voluntad propia, no vender ni una diariamente, explica sin explicar lo que de verdad es su motor. Él lo demuestra hasta el último de sus diálogos, cuando descubre que su madre ha decidido encerrarlo en el único lugar al que teme ir. Pero Ignatius, a quien no le da la gana reflexionar sobre sus actos, “vagando por Fantasilandia, soñaba con una Myrna Minkoff aterrada a quien juzgaba un tribunal del buen gusto y de la decencia declarándola culpable.”, p. 334
Con todo, es su madre quien expresa lo que, para esas páginas, ya todos los lectores hipócritas hemos pensado: “No solo estás loco, Ignatius, además eres malo.”, p. 361
Durante todo el tiempo que Ignatius fagocitó en la casa de su madre, esta no pudo resolver lo que ya el oficial Mancuso y la señora Santa le habían advertido; los juicios que hacía su hijo acerca de ella no solo eran malvados, sino que parecía regocijarse en ellos. Como nosotros somos testigos, por ejemplo, de lo ocurre en la fábrica, también podemos ver el tamaño de las mentiras de este muchachote. Sin embargo, y tal vez debido a su ingenuidad, la señora Reilly pone sobreaviso a su hijo en la siguiente conversación:
—Ignatius, ¿no crees que quizá fueses más feliz si te tomases una pequeña temporada de descanso en el Hospital de Caridad?
—¿Te refieres por casualidad al pabellón psiquiátrico? —preguntó furioso Ignatius—. ¿Crees que estoy loco? ¿Crees que algún psiquiatra estúpido lograría siquiera intentar desentrañar el funcionamiento de mi psique?
p. 308
Como se esperaría de un misántropo, Ignatius odia a la humanidad por cuanto que no la entiende; los psiquiatras son humanos, por lo tanto, Ignatius también odia a los psiquiatras. Y la razón por la que nosotros podemos juzgar esto con todo el cinismo del mundo, se debe, según Becker, a que:
El ser humano moderno abandonó hace mucho la teoría de la renovación ritual de la naturaleza, y para nosotros la realidad consiste simplemente en negarnos a reconocer que el mal y la muerte están constantemente con nosotros. Con la ciencia médica queremos desterrar la muerte, y por eso le negamos un lugar en nuestra conciencia. Nos escandaliza la vulgaridad de los símbolos de la muerte, del diablo y del acto sexual presentes en las ruinas primitivas. Pero si tu teoría consiste en controlar mediante la representación y la imitación, entonces debes incluir todos los aspectos de la vida, no solo aquellos que te resultan cómodos o que parecen más puros.
También nos parece inconcebible que haya gente pagando por romper cosas y que una guerra se esté librando con shitposts. Pero, en conjunción con la postura de Becker, estas dicotomías ocurren porque nos acostumbramos y nos regodeamos en la idea de que somos buenos por naturaleza. A cada bando le fascina la idea del cilicio y la cruz si el pago es el Paraíso. Es el dogma más viejo de toda religión: que venimos de un ser puro y, al participar de ciertos ritos, nosotros también somos puros (qué asco, eh). Becker (citando a Otto Rank) argumenta que es la negación más fatua que hemos hecho sobre nosotros mismos: aceptar nuestras virtudes y rechazar, o esforzarnos por sepultar, la autodestrucción de la que somos capaces. Esto lo sustenta en su afirmación de que “al intentar evitar el mal, el ser humano es responsable de introducir más mal en el mundo del que los organismos podrían causar simplemente ejerciendo sus funciones digestivas.”
Ignatius asocia la crítica externa con una ignorancia que no le interesa corregir; su visión del mundo es superior a eso. Su sedentarismo y los intentos de incorporarse a la sociedad solo para destruirla son muestras varias de su desapego por sus no-iguales; la suya no es megalomanía siquiera, no es posible que uno intente leerlo o intente reírse sin verse un poco reflejado. De hecho, su alusión a Milton es perfectamente congruente con la secuencia de eventos en El Paraíso perdido, porque Ignatius relaciona la miseria de la humanidad con la Caída [de Satanás]:
Mas su destino
Le reservaba una ira más intensa,
Puesto que ahora sentía los tormentos
De la dicha perdida y el dolor
Perenne; en torno suyo extiende
La funesta mirada, que atestigua
Una aflicción y abatimiento grandes
Mezclados con obstinada soberbia
y un implacable odio.
El Paraíso perdido, John Milton; estrofa 50, p. 73

Dos sátiros, Peter Paul Rubens (1618-1619)
El internet es un enorme y virtual rage room
Es Satán quien describe el sufrimiento de haber perdido la luz rumbo al infierno, y de cuán doloroso es estar en ese abismo: gran parte de su odio es producto de esa pérdida, y nada más. Tal parece que, cuando un inmenso amor es traicionado, el resultado (in)esperado es el odio más profundo:
Esto explicaría por qué las cancelaciones virtuales más fuertes son las que sufren las personas que buscaban las causas más nobles; sobre esto Becker señala que para ser bueno uno tiene que ser bueno siempre. En este mundo de dogmas, pues, la perfección no puede mutar, debe ser consecuente, lineal y transparente; por eso grandes comunidades que se han sentido colectivamente traicionadas por sus ídolos se convierten luego en la peor pesadilla del mismo, según Freud, “hasta anular su existencia”.
Para Becker, “el Diablo representa el cuerpo, el determinismo absoluto de la condición terrenal del ser humano, y por eso el Diablo es tan peligroso.” En el caso de Ignatius, odia a la humanidad no porque la haya amado antes, sino porque la humanidad eligió el camino del Renacimiento; en pos de la sociedad cerrada que tanto le han refutado a Popper, la humanidad abandonó la filosofía patrística y le quitó a Ignatius la oportunidad de existir en un mundo donde sí fuera escuchado.
A diferencia de Yago, que urde una traición por resentimiento, Ignatius no teme al rechazo de una sociedad que, intelectualmente, se inclina por las Humanidades. Sobre el Renacimiento, A. C. Grayling, filósofo británico, dice:
El Renacimiento, cuando mecenas distintos de la Iglesia eran lo suficientemente ricos como para encargar desnudos, paisajes, retratos, escenas de caza, registros de batallas y naturalezas muertas, amplió el alcance del arte y celebró todo: todo lo humano, todo lo relativo al mundo habitado y disfrutado por la humanidad. […] El humanismo, en el sentido moderno del término, es la idea de que cualquier sistema ético que se adopte deriva de la mejor comprensión posible de la naturaleza humana y de la condición humana en el mundo real. Esto significa que, al pensar en el bien y en nuestras responsabilidades hacia nosotros mismos y hacia los demás, no parte de supuestos datos procedentes de la astrología, los cuentos de hadas, las creencias sobrenaturales, el animismo, al politeísmo ni de ninguna otra herencia de las épocas remotas y más ignorantes de la humanidad. (si esta no es una la religión del humanismo entonces soy una ignorante en toda regla.)
Que del Renacimiento viene todo lo humano puede ser, como materia, y es debatible; que el Humanismo moderno haya comprendido finalmente la naturaleza humana… No es la primera vez que leo a un catedrático de Humanidades siendo tan religioso como el papa ese que le realizó un juicio al cadáver de su predecesor5. Becker lo explica de otro modo (el Renacimiento):
Tal como yo lo veo, la historia de la humanidad se divide en dos grandes períodos: el primero existió desde tiempos inmemoriales hasta aproximadamente el Renacimiento o la Ilustración, y estuvo caracterizado por una concepción ritualista de la naturaleza. El segundo período comenzó con el florecimiento de la era moderna de las máquinas y el predominio del método científico y de la cosmovisión científica.
Para él, la humanidad no solo sigue siendo tribal (en observación de su época, pero, con la importante diferencia de que ahora somos muchos más, nuestro comportamiento masificado empeoró), sino que además aprendimos, pese a los términos científicos, a negar lo que nos separaba de los animales irracionales. En su visión la humanidad después de la Ilustración no se ve como dice Grayling, tan romántico, sino así:
La vida en este planeta es un espectáculo sangriento, una pesadilla de ciencia ficción en la que tractos digestivos provistos de dientes en un extremo desgarran toda la carne que pueden alcanzar y, en el otro extremo, van acumulando excrementos humeantes mientras avanzan en busca de más carne. […] Si el ser humano busca evitar el mal y asegurar su prosperidad eterna, está viviendo una fantasía para la cual, hasta ahora, no existe evidencia científica.
Es como si, mientras más ilustrados, más deshonestos fuéramos. En algún punto nos hicimos ateos, pero simbólicamente le rendimos culto a otros tótems. En The origins and evolution of hate, Ervin Staub recordaba que en Camboya un lugar entre la élite intelectual era tan ambicionado que todo el mundo quería usar gafas para que se les relacionara con ellos. Popper tiene la teoría de que siempre estamos tratando de regresar al tribalismo; formamos grupos y esos grupos componen la masa; además, tiene su propia noción de lo que es ser Humano:
«Eres ante todo inteligencia», era la respuesta de Sócrates. Es tu inteligencia la que te hace humano, la que te permite ser algo más que un mero puñado de deseos e inquietudes, lo que hace que te baste a ti mismo como individuo y lo que te faculta a sostener que eres un fin en ti mismo. La frase de Sócrates «cuida tu alma» constituye, en gran medida, un llamado a la honestidad intelectual, así como la frase «conócete a ti mismo» está destinada a recordarnos nuestras limitaciones intelectuales.
p. 186
En el tribalismo los individuos no existen, existe la masa, el grupo, el pensamiento colectivo; por lo tanto, la identidad también es colectiva y lo que la mueve no es la inteligencia sino la emoción. En estas épocas, lo más probable es que la emoción que gobierna a una gran parte de la población, a falta de justicia material, sea la ira; pero como se expuso párrafos arriba, la ira no es la emoción primaria; para que la masa esté tan enojada antes hubo enojo reprimido o no procesado, búsqueda de justicia infructuosa y un perdón que nunca llegó. Dice Staub:
El odio se basa en la percepción del otro, pero también tiene mucho que ver con el yo, con la propia historia pasada y con sus efectos sobre los pensamientos, sentimientos, creencias y personalidad, y especialmente sobre la identidad, con frecuencia una identidad amenazada.

La masa, pues, tiene una identidad colectiva pero difícilmente una individual. Muchas veces las causas que se disputan ni siquiera tienen que ver con sus miembros, pero apelamos a la solidaridad para atribuirnos el derecho de pelearlas (y en determinado momento la causa pasa de ser por las víctimas a por mí). Es lo que Martha Nussbaum propone, y la conclusión a la que se ha llegado desde hace algún tiempo: que somos islas, grupos, tribus de narcisismo. Eso, a gran escala, nos pone en bandeja de plata para los megalómanos, señala Becker:
Los gurús se alimentan de sus discípulos mientras los discípulos los incorporan; la vida social parece a veces una historia de terror de ciencia ficción, donde todos se devoran mutuamente como arañas humanas.
Satán es un megalómano; usó su ira para vengarse y perseguir al objeto de amor de Dios (dudamos); la ira luciferina que describe Milton levanta una rebelión, convence a todos los caídos de seguirlo y de nombrarlo su rey. De los demonios uno entiende que estén hechos de odio, y que sus actos sean consecuentes con esa formación. Pero ¿y la humanidad? Lo que planteó Milton en su poema no debe estar lejos de lo que el ser humano puede hacer, ¿o sí?
En cierto sentido, también, la caza de cabezas puede ser una forma de proyectar sobre otros la propia culpa por sobresalir demasiado, de modo que sus cabezas son tomadas como chivos expiatorios para expiar esa culpa.
Becker
Me cuesta creer que Ignatius J. Reilly, y los seres humanos que se parecen a él, son simples haters o, como citaría Han, shitposters. Una de las razones es porque la palabra «verdad» parece no tener el mismo significado en Estados Unidos que en China. Aun así, Ignatius cree lo que cree, y lo cree en serio. Esto ocurre en la realidad todos los días; un megalómano aterroriza al mundo, deshumaniza a grupos específicos, y los intelectuales se sientan a escribir largos ensayos para refutarlo. Y lo que yo me pregunto es si se puede refutar con datos una «verdad» afianzada y arraigada en lo más profundo de otro ser humano.
(Supongo que, cuando dejemos de pelear entre nosotros, lo sabremos.)
Ignatius consideraba que, aquellos que le refutaron, eran ignorantes o, de lleno, inmerecedores de la vida; lo leemos explícitamente varias veces:
“Se dan cuenta de que me veo obligado a actuar en un siglo que aborrezco”, p. 52
“Soy un anacronismo. La gente se da cuenta y lo detesta.”, p. 70
“El mundo solo entendía la presión y la fuerza.”, p. 100
“No puedo soportar a los que actúan cobardemente ante la injusticia social.” p. 111
(De nuevo: nunca dice cuál. Asumo que la suya.)
“No deseo yo defender concretamente a los blancos protestantes, tampoco los tengo en demasiada estima.”, p. 135
“He estado confinado durante demasiado tiempo en el aislamiento miltoniano y en la meditación. No hay duda de que ha llegado la hora de introducirme valerosamente en nuestra sociedad, no al modo tedioso y pasivo de la escuela de acción social de Myrna Minkoff, sino con gran estilo y celo.”, p. 138
(Lo despidieron.)
“Me odiaban, me envidiaban.”
(Los que lo despidieron.)
De este modo, Ignatius reorganiza continuamente su identidad para sostener la imagen grandiosa, excepcional o persecutoria que necesita habitar en cada momento. Continuamente modifica el modo en que se nombra a sí mismo en sus diarios y reflexiones internas. De hecho, conforme cambia de trabajo o de circunstancia, adopta distintas identidades o apelativos —por ejemplo, «vuestro chico trabajador», «Lance» o «el zorro».
Ignatius J. Reilly no es un hater. Un hater común es, para los especialistas, la víctima perfecta de los malvados algoritmos. Byung Chul Han le llama Régimen de la Información al fenómeno que ocurrió en Estados Unidos cuando las votaciones que le dieron el primer mandato a Trump. Honestamente, estoy hastiada del término; Han no se ocupa de analizar el comportamiento de la masa en internet más allá del número de votantes que significó para el lado que él no apoya. En el caso de Martha Nussbaum, si bien no se enfoca en la información digital, se detiene muchísimo más a hablar del fenómeno psicosocial, pero en unos términos tan hermenéuticos que no sé, todavía, por qué estoy tan en desacuerdo con ella. Un ejemplo claro sería esta postura suya:
La persona con temperamento gentil (el nombre que da la virtud en el área de la ira) no es vengativa, sino que por el contrario tiene una inclinación a la comprensión compasiva. La ley proporciona un doble beneficio: nos mantiene seguros afuera y nos permite cuidarnos unos a otros sin el peso de la ira retributiva dentro.
p. 21
Sin embargo, concuerdo en esta otra:
Muchas obras amadas de la literatura contienen ideas como el ‘merecido’, lo que nos proporciona un intenso placer estético. No es posible decir si el placer que obtenemos de esas narrativas proviene de un pensamiento previo en torno al equilibrio cósmico o si este tipo de narrativas (la totalidad del género de historias policiales, por ejemplo) nutre e incrementa nuestra tendencia a pensar de este modo.
p. 52
¿Se han preguntado por qué los géneros de fantasía y romance venden más que cualquier otro? Son historias en las que priman los finales felices; el malo obtendrá su merecido y, aunque violento para protegerla, el galán nunca violentaría a la mujer a la que ama. Eva Illouz tiene todo un corpus hablando de eso, pero es tema aparte.
El ser humano fantasea con la idea de vengarse de otros; o como mínimo, fantasea con la posibilidad de que, quien es objeto de su odio, sufra, y que sufra mucho. En una escena teatral hasta la médula, Ignatius termina desmayado en la mitad de la calle. Mientras estaba inconsciente (puse la cita antes), en Fantasilandia, soñó con llevar a juicio a Myrna y declararla culpable de no sé cuántos delitos salidos de su imaginación.
Los molinos de Ignatius somos seres humanos. Todas las etnias, todos los grupos. Ignatius no necesita identidad, porque tiene odio, y su odio no nace de ninguna masa, no la necesita. En cambio, la masa se rige por brújulas morales grupales; uno puede ver cómo funciona su pensamiento mágico, porque si tu discurso incluye una que otra frase con la que se identifican, te amarán; pero, como digas algo que le incomode o que contradiga su sistema de creencias… ¿Nunca te intentado morder un perro?
Una amiga mía me invitó a trabajar con ella para una campaña de marketing; es gestora de proyectos y yo podía apoyarle en la redacción publicitaria. El influencer para el que trabaja reúne una buena cantidad de millones de seguidores en sus redes. Durante esos días, sufrió una cancelación; no puedo decir mucho al respecto, pero sé que espero no volver a ver nada como eso en mi vida. Cuando presenciamos ese nivel de odio, viniendo de usuarios con perfiles sin fotografía, entendí —más o menos— que no hay nadie con mayor capacidad de odiarte que aquel que te amó antes. Han describe lo siguiente:
Los algoritmos, por muy inteligentes que sean, no pueden eliminar la experiencia de la contingencia con tanta eficacia como los relatos ideológicos. El régimen de la información, en cambio, aísla a las personas. Incluso cuando se reúnen, no forman una masa, sino enjambres digitales que no siguen a un líder, sino a sus influencers.
Han
Hay una considerable cantidad de gente que odia a otros aunque no los conozca; a diferencia del amor, el odio hace metástasis rápidamente. Y por lo regular, los haters del internet, al contrario de los personajes como Ignatius, son como las personas que pagan por encerrarse en una habitación, mientras rompen, patean y gritan a solas.
La estupidez, el error, el pecado, la mezquindad,
ocupan nuestros espíritus y minan nuestros cuerpos,
y nosotros alimentamos nuestros remordimientos,
como los mendigos nutren a su piojera.
Nuestros pecados son tercos, nuestros arrepentimientos cobardes;
nos hacemos pagar con creces nuestras confesiones,
y volvemos alegremente al camino fangoso,
creyendo lavar con viles llantos todas nuestras manchas.
Al lector, Charles Baudelaire en Las flores del mal; p. 60, estrofas I y II
Suicidios lógicos y otros pasatiempos del siglo XXI
El odio actualmente es nuestra única forma de sobrevivir, de inmortalizar nuestras heridas proyectándolas en los demás. La cultura de la cancelación, por ejemplo, pese a su pequeña lista de triunfos, ha conseguido mermar nuestra capacidad de reconocer la maldad; no distinguimos entre un hater y un misántropo, mucho menos a un shitposter de un megalómano. No estaría mal aceptar que el odio existe como una forma legal de suicido lógico y que, en algunos casos, llega a ser intelectual y voluntario.
Cuando hayamos derribado al fin todos los gobiernos existentes, el mundo no tendrá ya guerras sino orgías globales realizadas con todo protocolo y con un espíritu verdaderamente internacional, pues estas gentes superan las simples diferencias nacionales. Su inteligencia solo tiene un objetivo. Están verdaderamente unidos. Piensan como uno solo. Ninguno de los pederastas en el poder será, por supuesto, lo bastante práctico para saber de artilugios como bombas. Esas armas nucleares se pudrirán en sus lugares de almacenaje. De vez en cuando, el jefe de Estado Mayor, el presidente y demás, vestidos con plumas y lentejuelas, divertirán a los dirigentes, es decir, a los pervertidos de los demás países, con bailes y fiestas. Cualquier tipo de pleitos o disputas podrían resolverse en el servicio de caballeros de unas Naciones Unidas redecoradas. Por todas partes florecerán ballets y comedias musicales a lo Broadway y entretenimientos de este género que probablemente hagan mucho más feliz a la gente común que las proclamas lúgubres, agresivas y fascistas de sus anteriores dirigentes.
p. 273 (de Chico Trabajador Pacifista, otro de los pseudónimos de Ignatius.)
Si no eres así, me temo que quizá, en lugar de un hater o un misántropo, solo eres una persona que habita un mundo horrible y que aprendió a usar las redes sociales como un rage room.
De ahora en adelante, cada vez que lea o escuche a alguien autoproclamarse hater le preguntaré, ¿cuántas salchichas te tragaste hoy? Así que, ¿cuál objeto de odio ocupa tu atención, mi hipersensible molécula de ser humano? Sin mentir…
Nota aparte: Al final mis referencias, PERO también algunas de las que puedo ver en La conjura de los necios. No sé, tal vez terminen haciendo las mismas —terribles e hipócritas— lecturas que Ignatius J. Reilly, cuya visión del mundo nadie pudo soportar.
Referencias en La conjura de los necios:
- La consolación de la filosofía, Boecio
- Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes
- Gargantúa, François Rabelais
- Enrique IV, William Shakespeare
- Los viajes de Gulliver, Jonathan Swift
- Joseph Andrews, Henry Fielding
- Tristram Shandy, Laurence Sterne
- El retrato de Dorian Gray, Oscar Wilde
- Lo que el viento se llevó, Margaret Mitchell
Mis referencias:
- Infocracia, Byung-Chul Han
- Escape From Evil, Ernest Becker
- Against All Gods: Six Polemics On Religion And An Essay On Kindness, Grayling, A. C.
- Bad Is Stronger Than Good, Kathleen D. Vohs
- The Origins And Evolution Of Hate, Ervin Staub
- Brand Hate: One Decade of Research A Systematic Review, Mohamed Assoud, Lahoucine Berbou
- Toxic Talk: How Online Incivility Can Undermine Perceptions of Media, Ashley A Anderson, Sara K Yeo, Dominique Brossard, Dietram A Scheufele, Michael A Xenos (pp. 156-168, https://doi.org/10.1093/ijpor/edw022)
- Soda Pop Vending Machine Injuries, Michael Q. Cosio
- Psicología de las masas, Sigmund Freud (Alianza Editorial)
- El mito de Sísifo, Albert Camus (Alianza Editorial)
- Inmortalidad digital, Raquel Ferrández (Herder)
- Ecce homo, Friedrich Nietzsche (Alianza Editorial)
- La sociedad abierta, Karl R. Popper (Gredos)
- La ira y el perdón, Martha Nussbaum (Fondo de Cultura Económica)
- Las flores del mal, Charles Baudelaire (el poema: Al lector) (Gredos)
- El Paraíso perdido, John Milton (Cátedra)
- Otelo, William Shakespeare (Austral)
- La conjura de los necios, John Kennedy Toole (Anagrama)
Redactaría odiante con todo gusto, pero el término aún no es lo suficientemente popular.
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Orestes asesinó a su madre Clitemnestra para vengar a su padre Agamenón. Por este matricidio, las Furias (diosas de la venganza) lo persiguieron y enloquecieron sin descanso..
El proceso de individuación es un concepto central en la psicología analítica de Carl Jung. Consiste en el viaje psicológico y vital de auto-conocimiento para integrar la mente consciente e inconsciente. El objetivo final es alcanzar la plenitud, liberando al individuo de condicionamientos externos y arquetípicos para convertirse en su verdadero yo.
El Sínodo del Terror (o Sínodo del Cadáver) es uno de los eventos más oscuros y extraños de la historia de la Iglesia. En enero del año 897, el papa Esteban VI exhumó el cuerpo de su predecesor, el papa Formoso (fallecido nueve meses antes), para someterlo a juicio en la Basílica de San Juan de Letrán.


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