En 2005 vio la luz la popular película stopmotion de Tim Burton: El cadáver de la novia o, por su título en inglés, Corpse Bride. En el filme, el protagonista —Victor Van Dort— ensaya los votos nupciales que deberá recitar en la ceremonia de su boda con Victoria Everglot, cuya aristócrata familia tiene de rica lo que los Van Dort de refinados.
Con una estética victoriana y oscura, ya característica del director, el relato se desvía hacia un viaje identitario y casi de justicia sobrenatural antes que uno de terror; es emotiva, de comedia sencilla —aunque no simple—; sus personajes se han incrustado en el imaginario de la cultura pop desde entonces. Sin embargo, poco se habló de la fuente que inspiró la obra.
En este caso, un relato del siglo XVII, The Finger, perteneciente al folclore judío y que cuenta con distintas versiones. Por ejemplo, una en la que la muerta es una especie de demonio, que asesina a las otras esposas del protagonista y hace un trato con la «oficial», turnándose una un día; la otra, el siguiente.
«No queríamos hacer una película que fuera tan perturbadora como para no poder disfrutarla en familia», explicó John August, el coescritor de varias de las películas de Tim Burton, tales como Big Fish (2003) o El joven manos de tijera (1990).
Aparentemente, Burton fraguó la idea de El cadáver de la novia cuando su productor ejecutivo —Joe Ranft— le mostró extractos de la leyenda, que data del siglo XVII. Aunque en la película los cambios son notables, la esencia del cuento se mantuvo.
Ninguno de los personajes es judío; la estética gótico-victoriana se aleja del contexto histórico de Palestina en esas épocas, y la simbología se torna más halloweenesca, algo típico en las cintas de Burton. De cualquier manera, las partes escabrosas sostienen el relato de la misma manera satírica que en la versión narrada.
En entrevistas, Tim Burton siempre ha hecho énfasis en su infancia solitaria, por lo que estos elementos, en cada uno de sus personajes, son perfectamente visibles. El cuento El Dedo, que me permito traducir como La novia cadáver, persiste en la melancolía que acompaña a la muerta, señalando pues la mortaja raída y el torso carcomido por los gusanos.
Por otro lado, algunos tópicos comunes de la mitología judía son lo macabro y la superstición, pero partiendo desde sucesos derivados de la mala suerte, como ocurre al protagonista en The Finger. Reuven está tan feliz por su próximo matrimonio, que en un acto de irresponsable júbilo y en lugar de mostrar respeto por el cuerpo que encuentran sus amigos y él, le pone su anillo al dedo cadavérico y esto, como verán a lo largo del relato, desencadena una serie de eventos desafortunados.
La versión que usé para este ejercicio de traducción pertenece a la antología recopilada y reescrita por el experto en cultura judía, Howard Schwartz: Lilith’s Cave (1987). A su vez, como comenta en la introducción, él obtuvo esta versión de un volumen del siglo XVII, Shivhei ha-Ari.
En la tradición judía abundan los cuentos en torno a los rituales nupciales. Como a algunos les parecerá evidente, en El Dedo o La novia cadáver el miedo a casarse con “los gentiles” es manifiesto en su cultura, resaltando, por qué no, la impureza de un voto fuera de “su mundo”.
Cabe reiterar que existen diferentes versiones de los mismos cuentos debido a su posible transmisión oral; elegí esta versión por tener más documentación y así facilitar la investigación del mismo. Es una traducción no autorizada, realizada sin fines de lucro para una actividad curricular-académica; su reproducción, aun así, requiere autorización y su respectiva acreditación.

El Dedo, o El cadáver de la novia
Hace mucho tiempo, en la ciudad de Safed, tres jóvenes salieron a dar un paseo nocturno. Reuven, el mayor de ellos, iba a casarse al día siguiente con una hermosa y acaudalada doncella, razón por la cual sus compañeros reían, bromeaban y trataban de provocarlo.
Aquella noche la luna estaba llena, y los jóvenes decidieron abandonar el camino transitado para internarse en el espeso bosque que rodeaba la ciudad. La luz lunar iluminaba incluso los rincones más oscuros, y lo atravesaron sin temor hasta que finalmente llegaron a la ribera del río, donde se sentaron sobre las enormes rocas de la orilla a contemplar la corriente.
Allí continuaron celebrando, pues se sentían como si estuvieran embriagados. En cierto momento, uno de ellos notó algo extraño a unos pasos de distancia. Era un objeto del tamaño de un dedo que sobresalía de la tierra. Se levantaron para examinarlo, suponiendo que se trataba de una raíz, pero al acercarse vieron, con gran asombro, que lo que emergía del suelo era efectivamente un dedo humano.
Tal vez en otra noche los jóvenes habrían sentido compasión por aquel que había sido sepultado tan cerca de la superficie. Pero llenos de júbilo y exaltación, hicieron bromas al respecto.
—¿Cuál de nosotros pondrá un anillo en este dedo? —preguntó uno de ellos.
Reuven se apresuró a responder que, dado que estaba a punto de casarse, debía ser él. Se quitó el anillo y, bajo las miradas divertidas de sus amigos, lo deslizó en el dedo rígido mientras pronunciaba —tres veces, como exigía la ley— las siguientes palabras:
—He aquí, quedas consagrada para mí.1
Pero apenas terminó de decirlas, el dedo comenzó a estremecerse, provocando tal horror en los tres jóvenes que retrocedieron de inmediato.
Entonces, una mano entera emergió de la tierra, retorciéndose y aferrándose al aire. Y mientras la observaban, pálidos de miedo y petrificados en su lugar, la tierra comenzó a crujir, como si estuviera a punto de abrirse. De pronto, el cuerpo de una mujer, envuelto en una mortaja putrefacta, surgió del suelo. Sus ojos muertos se clavaron directamente en Reuven.
—¡Mi esposo! —clamó con una voz terrible y aterradora, mientras abría los brazos.
Al oírla, los tres amigos gritaron despavoridos y echaron a correr por el bosque tan rápido como les fue posible. Esta vez, el camino estaba sumido en la oscuridad, pues la luna había quedado oculta tras una nube, y mientras corrían sus ropas se desgarraban en espinas y ramas. Pero no se detuvieron ni se atrevieron a mirar atrás hasta que finalmente alcanzaron sus hogares.
Durante toda la huida, el lamento sobrenatural de la muerta resonó a sus espaldas, pisándoles los talones. Y solo cuando estuvieron a salvo en sus casas, con las puertas cerradas con llave y las ventanas aseguradas, se atrevieron a suspirar con alivio y a atender las numerosas cortaduras que habían sufrido en su frenética carrera por el bosque.

A la mañana siguiente, los amigos volvieron a reunirse, aún pálidos y temblorosos. Acordaron guardar en secreto los horribles acontecimientos de la noche anterior, avergonzados por su broma y por las terribles consecuencias que había acarreado. Reuven se dirigió entonces al baño ritual2 para prepararse para la boda y dejó a sus amigos a solas con sus pensamientos confusos.
Reuven y su prometida pertenecían a dos familias distinguidas en Safed, así que una gran masa de gente pensaba asistir a la boda. Pero cuando la ceremonia estaba por comenzar, un desgarrador chillido estalló entre el gentío, seguido por un coro de gritos que desataron el pánico. Y allí estaba el pútrido cadáver de la mujer, de torso corrupto y vestida únicamente con una mortaja carcomida por los gusanos.
La mayoría de los presentes, incluida la novia y su familia y la familia del novio, corrieron al verla hasta que no quedó nadie más que Reuven y el rabino que oficiaría la ceremonia.
A diferencia de los demás, el rabino conservó la compostura y, dirigiéndose al cadáver, le preguntó:
—Dime, mujer, ¿por qué has abandonado tu sepulcro para regresar al mundo de los vivos?
—¿Qué defecto ve el novio en mí que le haría querer casarse con otra? ¿Acaso no ve el mundo entero que él está casado conmigo? —replicó el atormentado cadáver.
Le mostró la esquelética mano en cuyo dedo llevaba la alianza grabada con sus iniciales.
El rabino miró al novio, que permanecía encogido de terror detrás de él, y le preguntó si lo que decía la mujer era verdad. Reuven, con la voz temblorosa, le relató lo que había ocurrido en el bosque y la pantomima que habían montado cuando encontraron el dedo brotado de la tierra.
—¿Pronunciaste tres veces el voto sagrado? —preguntó el rabino.
Reuven apenas consiguió asentir.
—¿Había dos testigos presentes? —preguntó el rabino.
Reuven asintió de nuevo.
El rabino lo miró con gravedad y dijo que una corte rabínica tendría que ser convocada para resolver el asunto, porque a ojos de la ley el joven Reuven parecía estar ahora comprometido en matrimonio con la novia cadáver.
Reuven se desmayó al escucharlo y varias personas tuvieron que llevarlo cargando a su casa.
Los días que siguieron, la ciudad de Safed permaneció conmocionada, pues ¿qué hombre vivo podría casarse con un cadáver? Nunca se había oído de tal cosa.
Los padres de Reuven le rogaron al rabino que encontrara una manera de liberar a su hijo de aquella maldición. Y el rabino se sumergió en largas meditaciones, consultando y estudiando las responsas3 para buscar un precedente. Pero no encontró ninguno; comprendió entonces que habría que asentarlo: el de Reuven sería el primer caso.
El día del concilio rabínico, mandó llamar a la novia cadáver, y ella apareció todavía ataviada con la mortaja corrupta por los gusanos con la que había sido enterrada, y narró bajo juramento lo que Reuven había hecho en el bosque.
Entonces el rabino hizo traer a los dos amigos, que confirmaron firmemente lo que ella decía. Por último, pidió que trajeran al novio, quien confesó haber hecho el voto. Sin embargo, suplicó a la corte que lo anulara, pues lo había hecho sin intenciones verdaderas de matrimonio.
Así que la corte se dirigió a la muerta y le preguntó si estaba dispuesta a renunciar a su reclamo. Pero ella se empecinó en que el matrimonio debía consumarse, pues en vida le había sido negada esa alegría, y estaba determinada a recibir incluso en la muerte aquello que le había sido negado en vida.
Por otro lado, los padres del novio testificaron que el compromiso con la prometida viva había sido pactado antes del nacimiento de ambos. Las familias, dijeron, habían acordado una alianza matrimonial en el caso de que dieran a luz un hijo y una hija respectivamente. Los padres de la novia viva pudieron confirmarlo.
Cuando se habían tomado todos los testimonios, la corte se encerró a deliberar mientras el joven Reuven temblaba, evitando mirar al terrible cadáver que permanecía de pie junto a ellos. Finalmente, la corte tomó su decisión, que el rabino procedió a comunicar:
—Es verdad que Reuven, en presencia de dos testigos y sin ser consciente de su alcance, hizo un voto de matrimonio válido —dijo, y pausó.
El miedo embargó tanto a Reuven como a sus padres.
El rabino continuó:
—Aun así, hay otros factores que debemos considerar. Primero, este matrimonio negaría el compromiso previo, y es bien sabido que ningún voto puede anular uno anterior. Segundo, los votos del novio no fueron hechos con intención real. Y, por último, no existe precedente alguno en el que un muerto haya podido exigir derechos sobre los vivos. En conclusión, los votos no pueden considerarse válidos, pues la novia no pertenece al mundo de los vivos. Por lo tanto, el matrimonio queda declarado nulo y sin efecto.
Reuven volvió a desmayarse en cuanto el rabino terminó de hablar, aunque esta vez el motivo fue el alivio. Pero la novia cadáver, al ver que incluso en la muerte había perdido la oportunidad de casarse y ser feliz, lanzó un lamento ensordecedor que atravesó las almas de todos los allí congregados y llenó sus corazones de horror. Luego, su cuerpo colapsó sobre el suelo y volvió a quedar inmóvil, como uno más entre los muertos.
Cuando los reunidos lograron tranquilizarse, el rabino ordenó que los restos de la mujer fueran sepultados nuevamente conforme al ritual y a mayor profundidad, para que una tragedia semejante no volviera a ocurrir.
Después del entierro, el rabino llamó a los padres de la verdadera novia para que cumplieran la promesa hecha antes del nacimiento de su hija y se completara la ceremonia nupcial que tan terriblemente había sido interrumpida. Así se hizo, y por fin tuvo lugar la boda de Reuven y su verdadera prometida.

Harai at mi’kudése: Es una fórmula hebrea tradicional que se pronuncia durante la ceremonia de matrimonio judío. El término mi’kudéset parece implicar separación y dedicación exclusiva, no solo unión afectiva, sino un compromiso con un sentido casi sagrado.
La frase alude a la inmersión del novio en el mikvé, un baño ritual judío utilizado como preparación espiritual previa al matrimonio, práctica documentada como costumbre en diversas comunidades ashkenazíes y sefardíes.
El término «responsas» procede del latín responsa y traduce el hebreo she’elot u-teshuvot, género jurídico-literario del judaísmo rabínico que recopila respuestas autoritativas a consultas legales concretas. La literatura responsal constituye una de las principales vías de desarrollo, adaptación y transmisión histórica de la Halajá.


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