Gongorismos

Siempre que pienso en la élite literaria, o cuando el tema surge en una conversación, me vienen a la mente algunos críticos, profesores que he tenido e incluso ciertos amigos. Pero lo que más resuena en mi pensamiento lector, casi siempre, es el gongorismo.

Y conviene detenernos un momento en esta palabra. El gongorismo, aunque no necesariamente tiene una connotación negativa, nos remite a Góngora: quizá uno de los autores más herméticos de la literatura española. Se habla de “literatura hermética” como una forma de nombrar el extremo cuidado con que ciertos círculos académicos o intelectuales tratan la escritura, casi como si fuera un territorio sagrado reservado solo para unos cuantos.

Cuando pienso en el gongorismo, pienso también en ese hermetismo que se extiende no solo a la literatura en sí, sino a la forma de enseñarla y analizarla. Un tipo de lectura que desestructura la obra con rigor, que examina los signos, las formas, las voces narrativas, pero que a veces pierde de vista el pulso vital de lo que se cuenta.

Es cierto que, después del modernismo y sobre todo tras la literatura de posguerra, la escritura sufrió una transformación profunda. Hoy entendemos que se puede —y se debe— experimentar con ella. A veces lo hacemos bien, a veces no tanto, pero lo importante es que la literatura se volvió un terreno más libre.

Por eso quiero precisar qué entendemos por gongorismo: esa corriente o postura que defiende una literatura sin fallos, intocable, donde el experimento es casi un sacrilegio. Una literatura que mantiene un respeto reverencial por la forma, por la estructura, por la perfección del relato.

Hablar de gongorismo es hablar de la tradición que Góngora inauguró —una literatura purista, de corte enteramente culto— que no se permite la banalidad ni el mero divertimento, sino que busca siempre tener algo que decir, algo que pese, algo que perdure.

Góngora

En la época del barroco español la poesía se dividió en dos grandes corrientes: el culteranismo y el conceptismo.

Del culteranismo podemos decir que llevó al extremo ciertos rasgos del Renacimiento: buscaba la dificultad, el hermetismo, la oscuridad. Incorporaba abundantes latinismos, tanto en el léxico como en la sintaxis, y recurría a metáforas audaces, traslaciones ingeniosas, alusiones cultas y perífrasis literarias. En contrapartida, evitaba los términos comunes y familiares, pues su propósito era elevar el lenguaje poético a un plano de refinamiento extremo.

Luis de Góngora, nacido en Córdoba en 1560, fue el principal exponente de este movimiento. Sacerdote y capellán de Felipe III, cultivó una obra amplia que incluye romances, letrillas y sonetos, piezas en las que la forma adquiere un protagonismo innegable. En su poesía, la musicalidad, la complejidad sintáctica y la exuberancia de las imágenes conforman una estética de belleza pura.

Sus dos obras mayores, Fábula de Polifemo y Galatea y Soledades, son ejemplos paradigmáticos de este estilo. En ellas Góngora emplea recursos como los neologismos, el hipérbaton de raíz latina, las alusiones a través de perífrasis y un sistema metafórico renovador que influyó en toda la lírica posterior.

Su legado inspiró a numerosos autores: Juan de Tassis, Pedro Soto de Rojas, Gabriel de Bocángel, fray Hortensio Félix Paravicino y, de manera destacada, Sor Juana Inés de la Cruz, quien retomó y transformó su herencia estética en México.

Por supuesto, el gongorismo también despertó resistencias. Entre sus detractores más conocidos se cuentan Lope de Vega y Francisco de Quevedo, quienes consideraban excesiva su oscuridad y artificio. No obstante, su obra fue estudiada y defendida por críticos y humanistas de su tiempo, como Juan de Jáuregui, traductor de Lucano, y Pedro de Valencia, quien reconoció en Góngora a un poeta de genio singular.

Así, el gongorismo no solo marcó una etapa decisiva en la historia de la poesía española, sino que abrió el debate eterno entre el arte como expresión pura y el arte como comunicación.

Gongorismos

En la actualidad, cuando hablamos de gongorismo, ya no lo hacemos solo para referirnos a aquel movimiento barroco que tuvo en Luis de Góngora a su mayor representante, sino a una manera particular de entender —y vivir— la literatura. El término ha trascendido los siglos para convertirse en un espejo donde se refleja el eterno conflicto entre el arte como experiencia estética y el arte como comunicación.

Hoy decimos gongorismo para aludir a esa escritura que se sabe exquisita, que se viste de solemnidad y se enorgullece de su complejidad. Es la literatura que prioriza la forma, que busca la belleza del lenguaje incluso a costa de la claridad; la que se mueve entre los pliegues del artificio, haciendo del estilo una declaración de principios. Pero también, y no sin ironía, usamos la palabra para hablar de cierto elitismo literario, de ese hermetismo que convierte al texto en una suerte de código cifrado reservado a unos pocos lectores iniciados.

Y es que el gongorismo no ha desaparecido: simplemente ha cambiado de rostro. Vive en algunos ensayos que confunden erudición con inaccesibilidad; en narrativas que temen lo sencillo porque asocian la claridad con lo vulgar; o incluso en el modo en que algunos defienden la literatura como una especie de templo donde no debe entrar el error ni el experimento.

Sin embargo, quizá lo más interesante sea pensar que el gongorismo, con todos sus excesos, nos recuerda algo esencial: que la palabra tiene poder, que el lenguaje es un terreno de riesgo, de exploración, de belleza y de soberbia. Que detrás de cada texto hay una tensión entre decir y ocultar, entre mostrar y elevar.

Y en ese sentido, todos —lectores, escritores, críticos— seguimos dialogando con Góngora. A veces lo imitamos, a veces lo resistimos, pero nunca lo abandonamos del todo.


Comentarios

3 respuestas a “Gongorismos”

  1. Qué alegría de diversidad, también en la literatura. Esos lectores quebrantaestructuras y algo carroñeros también tienen su gusto, particular claro, aunque mucho de esos críticos matarifes nos quieran convencer de lo contrario, equiparando la crítica literaria a cualquiera de las demás actividades científicas. Son como algunos cirujanos o carniceros que conocen muy bien sus «objetos» pero, cómo tú bien indicas, parecen olvidarse que es un ser el que tienen entre manos, quizás además, con alma. A mi me hacen me gusta lo que hacen porque aunque ellos crean que hacen ciencia, jejeje, tienen su arte. A la cabeza me viene Roland Barthes y su «simulacro» y éste hasta me resulta divertido. Un placer leerte, me remueves temas que en algún momento fueron para mí hasta existenciales ;)))

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    1. No me vas a creer pero Roland Barthes ha sido un parteaguas en muchas de mis posturas. Creo que lo cité en mi entrada «El verdadero dilema de un artista», con su ensayo La muerte del autor. Un excelente y mordaz crítico ;). Muchas gracias, aprecio siempre tus aportaciones.

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      1. Pues sí que te creo, en eso pensaba yo también en La muerte del autor, recuerdo a un catedrático al que se le resolvían algo las vísceras con lo que eso podría representar para las ínfulas del lector.

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