«Al cumplir los tres años, Matilda ya había aprendido a leer sola, valiéndose de los periódicos y revistas que había en su casa. A los cuatro, leía de corrido y comenzó, de forma natural, a desear tener libros», dice el librito de ficción escrito por Roald Dahl, Matilda (1988). Sin embargo, muchos conocieron a este personaje gracias a la película de 1996.
En redes sociales se comparten numerosas escenas del filme, aunque la que más destaca es aquella en la que la niña, interpretada por la entonces actriz infantil Mara Wilson, camina por una acera mientras arrastra un carrito cargado de libros. En esa escena se encuentra el diálogo que da pie a este miniartículo, en el que quiero contarles sobre los hábitos de lectura de la pequeña y algunos de los títulos que, con solo cuatro años y unos pocos más, leyó y que se mencionan tanto en el libro como en la película.

Una de las características más notables de Matilda, como señala el texto, es su sensibilidad y brillantez, «sobre todo, brillantez». Además, se distingue por su curiosidad; es una niña tan inquisitiva que sus preguntas resultan molestas e irritantes para sus padres. En el libro se la compara con un juanete, para que se hagan una idea. Así que, después de memorizar el único libro que había en casa (uno de cocina), mantiene una conversación interesante con su padre:
—Papá —dijo—, ¿no podrías comprarme algún libro?
—¿Un libro? —preguntó él—. ¿Para qué quieres un maldito libro?
—Para leer, papá.
Ante la negativa de su padre, y tal como sucede en ambos —libro y película—, Matilda toma la decisión de conseguirse un libro por sí misma:
La señora Wormwood era una viciosa del bingo y jugaba cinco tardes a la semana. La tarde del día en que su padre se negó a comprarle un libro, Matilda salió sola y se dirigió a la biblioteca pública del pueblo.
A partir de entonces, Matilda acude a la biblioteca todos los días, salvo aquellos en los que su madre está en casa (dos veces por semana). Ante el asombro de la bibliotecaria, la señora Phelps, la niña devora la sección infantil y pronto siente la necesidad de leer “otras cosas”.
El gusto de Matilda no solo empieza a desarrollarse gracias a su brillantez y sensibilidad —sobre todo artística—, sino que también es capaz de hacer análisis, por lo menos básicos (considerando su edad), sobre los títulos que lee. De algunos de ellos, llega a decir:
—No sé qué leer ahora —dijo Matilda—. Ya he leído todos los libros para niños.
—Querrás decir que has contemplado los dibujos, ¿no?
—Sí, pero también los he leído.
La señora Phelps bajó la vista hacia Matilda desde su altura y Matilda le devolvió la mirada.
—Algunos me han parecido muy malos —dijo Matilda—, pero otros eran bonitos. El que más me ha gustado ha sido El jardín secreto. Es un libro lleno de misterio. El misterio de la habitación tras la puerta cerrada y el misterio del jardín tras el alto muro.
Debido a las habilidades que ha adquirido durante esa primera etapa de lectura, Matilda es capaz de discernir entre buenos y malos libros. El primer texto literario que menciona es El jardín secreto, de la autora británico-estadounidense Frances Hodgson Burnett. Como libro transitorio, me parece una lectura excelente, ya que presenta elementos más desafiantes de lo que cabría esperar de un título «infantil», sin dejar de ser accesible, aunque tiene sus particularidades, como bien señala Matilda.
La señora Phelps rápidamente se da cuenta de que la nena posee habilidades avanzadas, que quizá no sean propias de su edad (o quién sabe), y decide ofrecerle algo más «complejo», esperando no equivocarse:
—Prueba con éste —dijo finalmente—. Es muy famoso y muy bueno. Si te resulta muy largo, dímelo y buscaré algo más corto y un poco menos complicado.
—Grandes esperanzas —leyó Matilda—. Por Charles Dickens. Me gustaría probar.
Las versiones simplificadas de Grandes esperanzas (Dickens, 1861) —que no recomiendo— pueden llegar a tener poco menos de trescientas páginas, mientras que otras ediciones oscilan entre las 400 y las 700 páginas (Cátedra y Alba, respectivamente).
Ahora, hay algo importante que debemos señalar en ambos títulos: tanto El jardín secreto como Grandes esperanzas tienen como protagonistas a personajes que, por una u otra razón, quedan huérfanos. Si leyeron Matilda o vieron la adaptación, seguramente la correlación les será evidente.
Después de esto, en el transcurso de seis meses, Matilda leyó:
- Nicolas Nickleby, de Charles Dickens.
- Oliver Twist, de Charles Dickens.
- Jane Eyre, de Charlotte Brontë.
- Orgullo y prejuicio, de Jane Austin.
- Teresa, la de Urbervilles, de Thomas Hardy.
- Viaje a la Tierra, de Mary Webb.
- Kim, de Rudyard Kipling.
- El hombre invisible, de H. G. Wells.
- El viejo y el mar, de Ernest Hemingway.
- El ruido y la furia, de William Faulkner.
- Alegres compañeros, de J. B. Priestley.
- Las uvas de la ira, de John Steinbeck.
- Brighton Rock, de Graham Greene.
- Rebelión en la granja, de George Orwell.

Algo que quiero destacar de la película es que está completamente contada desde la perspectiva infantil. Por eso, tanto Tronchatoro como Harry Wormwood aparecen en planos elevados, frente a la diminuta altura de los niños, casi como si esos centímetros les otorgaran una especie de autoridad indiscutible. Sin embargo, esto no implica que su autoridad les dote de una inteligencia propia de la adultez. Tanto el texto como la película sugieren que la madurez de Matilda es obra de ella misma, fruto de una sensibilidad innata, pero también subrayan que la niña está rodeada de adultos corruptos y negligentes. Además, la figura de los docentes, representada por la señorita Miel, es presentada como un salvoconducto, la persona encargada de salvar a los niños de entornos poco saludables, un papel fundamental dentro de la sociedad, ¿verdad?
En fin, Matilda empezó a leer El ruido y la furia (1929), la novela gótico-sureña de William Faulkner, que, a grandes rasgos, trata sobre la pérdida de la infancia, ese puente entre la niñez y la adultez, y lo que puede destruir a las grandes familias.
Una vez que Matilda pudo llevarse libros a casa, después de que la señora Phelps le dio su pase a la biblioteca, ella:
Navegó en tiempos pasados con Joseph Conrad. Fue a África con Ernest Hemingway y a la India con Rudyard Kipling. Viajó por todo el mundo, sin moverse de su pequeña habitación de aquel pueblecito inglés.
A lo largo de la historia, podemos observar que, además de un vocabulario extenso y una notable sensibilidad, Matilda también desarrolla una conciencia social. Es capaz de señalar a su padre la deshonestidad de sus actividades “laborales”, empieza a comprender el comportamiento de los demás, incluido el de su hermano, no muy brillante, y, a esto, se suma su capacidad de no limitarse a ver solo los insultos, la negligencia y el maltrato. No justifica a sus progenitores, sino que comprende que los ataques que recibe (cuando le dicen que es tonta y que leer libros no sirve de nada) provienen más de la ignorancia que de una maldad inherente.
¿Lo entiende Matilda? Por supuesto. Sabe que quienes obran mal deben recibir un castigo, que el mal consiste en hacer daño a los demás: por ejemplo, al vender un automóvil defectuoso, robar las herencias de las sobrinas o deshumanizar a los alumnos cuando no se tiene vocación para la docencia.
Sé que muchos compartimos el gusto por la lectura, no de manera vacía, pero es cierto que los hábitos lectores distan de ser ideales. También es cierto que muchos desean «leer como Matilda» y, sin embargo, la “literatura” que consumen, sin importar la edad, está lejos de ser comparable a lo que leía la niña.
Ser lectores no nos hace superiores a nadie, es verdad, pero la literatura no solo ofrece conocimiento y un espacio seguro, sino también la oportunidad de desarrollar habilidades que ninguna otra actividad puede brindarnos. Es cierto que no es obligatorio leer para ser mejores personas, pero hasta ahora, no creo que haya una forma más eficaz de conectar, no solo con otros mundos (los creados por los autores), sino con la realidad en la que vivimos, con nuestra historia y con la historia de otros pueblos.
Aun así, no olvidemos que la lectura, como diría Marcel Proust, es “el motor del pensamiento”. No es obligatoria, pero resulta tan conveniente para la salud que es imposible descartarla con tanta dureza.


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