“No hay una verdadera correlación entre los méritos del arte y la recepción del público”.
Eso escribió Northrop Frye en su ensayo Anatomy of Criticism (1957), en donde además discute los alcances de la crítica literaria, sus axiomas, esos elementos que distinguen los juicios de valor de una argumentación basada, por qué no, en una apreciación artística que proviene, entre otras cosas, del conocimiento y la experiencia.
En lo personal, cuando hablo de hacer críticas o reseñas no me refiero —o no me encanta la idea— de venir a destruir una obra como si fuera mi trabajo restarle importancia (a la obra o, en su defecto, al autor). Pero no pocas veces me he encontrado con la novedad de que no todos creen que debemos separar los juicios de valor de las críticas bien fundamentadas.
Con el pretexto de que todo en el arte es subjetivo —que sí, pero no como les gusta pensarlo—, hacen y dicen cosas con mayor ligereza cada vez, sobre todo haciendo uso de la cantidad inconmensurable de medios existentes hoy en día. Por ejemplo, hace unos días vi un video y algunas capturas del caso de una creadora de contenido de Instagram. Esta mujer, porque a todas luces es una adulta, se dedica a hacer contenido respecto a literatura. Más específicamente se encuentra ubicada en un nicho de redes en el que se lee este subgénero de la fantasía: romantasy.
Instagram es la única red social que uso por motivos varios, y una vez que eché un vistazo a su contenido de “crítica” pensé en dos cosas: el debate entre Barthes y Picard, y un término que me viene haciendo ruido hace un tiempo ya: rage bait.
Este caso, por cierto, lo conté brevemente en un video que subí a mi canal de YouTube. Pueden verlo aquí, o anclado acá:
No creo que valga la pena decir el nombre de esta usuaria de redes. Su contenido trata de hacer enojar a las lectoras que disfrutan libros como Una Corte de Rosas y Espinas, de la autora Sarah J. Maas, o bien la superventas del momento, Alas de Sangre, de Rebecca Yarros. Comento esto más que nada para ilustrar, pero lo cierto es que el estilo de comunicación que esta chica decidió usar es uno bastante polémico. No hablo de ese tono mordaz que funciona perfectamente para hacer crítica artística, sino de otro…
Ahora bien, el ragebait es puramente decir algo “incendiario” para hacer enojar a la gente, o para causar un efecto reactivo en aquellos a quienes va dirigido el contenido. ¿Han visto esos videos en los que una mujer está cocinando de una manera poco higiénica, con cantidades ingentes de grasa, sal, etc.? Dicho contenido no está hecho más que para provocar rabia en los usuarios.
“La experiencia de una obra de arte debe anteceder a cualquier lectura sobre ella: el análisis, la biografía, el mensaje del poeta, su visión de la vida, su lugar y sus derivaciones solo resultan útiles después.” – T.S. Eliot
Si bien de vez en cuando me doy una vuelta por reels en Instagram, si los evito es porque empecé a notar ese patrón. La mayor parte de lo que estos creadores comparten es contenido incendiario, opiniones “polémicas”, o como les gusta llamarlas: impopulares. No diría que es lo mismo que ser troll pero no voy a meterme en ese tema porque me supera intelectualmente.
Volviendo a lo de esta usuaria y su “reseña literaria”, compartir mis opiniones de libros es algo que me gusta hacer, pero tengo la creencia de que es en realidad porque hacerlo es como ayudar a que otro lector encuentre ese libro que estaba buscando. Sin embargo, elijo un tono coloquial porque no siento la necesidad de ponerme formal en un espacio en el que la gente está más que nada por entretenimiento.
¿Podría hacer divulgación en redes sociales? Por supuesto que sí, pero encuentro más práctico un blog en ese caso. Me resulta más efectivo y llega a las personas indicadas; en redes sociales todo es más visual, y yo no soy una gran fotógrafa. No conozco tanto el argot de redes ni sé mucho de estas tendencias que no duran ni 48 hrs.
Escribir este blog para mí no solo es catártico sino que me ayuda a separar mis voces: la académica y también la que solo espera compartir algo sencillo sin ahondar demasiado. Hasta ahora, veo cierta tendencia a no saber que existen esos tonos narrativos, ya sea en lo oral y lo visual, y que podemos escoger uno u otro según el público —o el espacio— en el que vamos a exponer un tema.
“el escritor y el crítico convergen, ocupados en las mismas tareas arduas y enfrentados al mismo objeto: el lenguaje.” – Crítica y Verdad, Roland Barthes
Es decir, si tú, como hizo esta chica, empiezas una reseña con la sentencia “tu libro es una mierda” y, acto seguido, etiquetas a la autora para que sepa lo que estás opinando de su novela, estás eligiendo un tono; bastante violento desde mi perspectiva.
La gente que elige ser agresiva, hacer ragebait en redes sociales, lo hace sabiendo lo que va a provocar, porque este estilo de comunicación moderno tiene un único fin: alcance y viralidad.
¿Ella se hizo viral? Claro. ¿Admitió haber cometido un error? No.
Para ella, y para muchos otros, la democratización de las opiniones ha convertido la información (incluso hechos para los que hay demasiada evidencia) en algo subjetivo; algunos críticos como Susan Sontag están de acuerdo en esto, pero no de la manera, repito, como a muchos les gusta pensar.
Me imagino que es muy sencillo tuitear un mensaje con odio, simplista y sin reflexión en medio, y usar como defensa tu derecho a expresar una opinión en una red social como Twtiter, en la que puedes ver ponies y penes a distintas horas del día. Críticos profesionales opinan que, basándose en sus largas carreras como analistas y expertos en arte, la subjetividad es inevitable pero incluso debe estar bien cimentada en el conocimiento.
Muchos ya lo saben, pero este debate entre lo que vemos y lo que no, viene desmenusándose desde Aristótéles y Platón. Personalmente comulgo con las posturas de Richard Frye y, se imaginarán, Roland Barthes. Ellos en particular eran críticos veraces, instruidos y con una bien conformada experiencia.
Hay otros más agresivos como Bloom y Picard que podían destruir la carrera de artistas al escribir un solo párrafo, pero yo no me considero tradicionalista (aunque no leo casi tendencias) ni purista (aunque tengo mis preferencias bien marcadas).
Como sea, hacer crítica literaria y emitir opiniones en redes sociales son dos cosas distintas. Y en eso todos los críticos profesionales, los que ejercen la disciplina casi con una fe religiosa, están de acuerdo. Coinciden en muchas otras cosas, como por ejemplo que un crítico debe estar cultivado, no en uno sino en muchos temas; que un crítico no debe ser emocional, que el crítico no está sujeto a la moral del artista y que el artista y su obra son dos entes separados.
En redes sociales se crean las comunidades que antes se generaban en Blogger y Tumblr, y son algunas más reaccionarias que otras. Una amiga mía dijo, hace unas semanas, que no le había gustado la adaptación de Frankenstein de del Toro y por alguna razón que seguimos tratando de entender, mucha gente la atacó y juzgó como si la conociera en persona. ¿Basados en qué argumento? Que no podía criticar a del Toro.
Para mí, eso no solo es absurdo, sino preocupante.
Uno de mis ensayos de cajón al respecto de crítica literaria, es El crítico como artista, de Oscar Wilde, en el que —desde entonces— expone su necesidad de separar, como los críticos modernos, la moral del arte y el artista de su obra; para Wilde una crítica emocional es un juicio de valor que, en sí misma, no sería una crítica. Wilde no solo usa un tono mordaz, también es ácido, directo y, en cuanto a la importancia del crítico en la literatura, feroz.
Decir lo que no te gustó —o lo que sí— de un libro no es hacer crítica literaria. Entonces ¿por qué llevar a cabo una labor completamente académica en un espacio de mero entretenimiento? Podemos hacer mezclas, claro, pero ¿vale la pena ser tan agresivo con otros, solo para emitir un juicio de valor que podría estar errado? ¿Y cómo puedes saber que tu opinión, tus juicios de valor, son mejores que los de otros?
Edmund Wilson (1895–1972) ridiculizó El señor de los anillos en una crítica en la que atacó al mismo Tolkien al llamarlo “escritor para niños”; fue uno de los más feroces detractores del género detectivesco, acérrimo defensor del culteranismo, el clasicismo y la tradición lingüística. Su palabra era regla para el canon de su época. Pero, como anotaba antes, ni Barthes ni Frye ni Sontag creen que una crítica es válida cuando el crítico critica al autor.
Del mismo modo tampoco sería válido desacreditar una critica (mucho menos si está bien argumentada) solo porque amamos al creador de la obra. Después de todo uno puede aborrecer el pecado (el libro) sin despreciar a su autor (el pecador), ¿no? Pero hacer esta separación es un ejercicio que se fortalece con la práctica, y en redes sociales reina la impulsividad, la necesidad de una respuesta inmediata y, siendo un poco más atrevida, la de validación.
Cierro esta entrada con el siguiente pasaje. Recomiendo su lectura porque, además de que pareciera que no pasó siglo y medio desde que Wilde lo escribiera, se van a divertir muchísimo:
“ERNEST: ¡Oh! No creo que tenga importancia. Es que me pareció un ejemplo admirable de la auténtica valía de la crítica de arte. Parece ser que una dama preguntó con toda seriedad al académico arrepentido, como usted lo llama, si su célebre cuadro Día de primavera en Whiteley, o Esperando el último tranvía, o algún nombre parecido, estaba pintado a mano.
GILBERT: ¿Y era así?
ERNEST: Es usted incorregible. Pero, hablando en serio, ¿para qué sirve la crítica de arte? ¿Por qué no se deja en paz al artista para que cree un mundo nuevo si así lo desea, o para que retrate el mundo que ya conocemos y del que, imagino, ya estaríamos hartos de no ser porque el arte, con su fino espíritu de elección y su delicado instinto selectivo, lo purifica para nosotros, por así decirlo, dotándolo de una perfección momentánea? Tengo la impresión de que la imaginación crea, o debiera crear, cierta soledad a su alrededor, y que funciona mejor en el silencio y el aislamiento. ¿Por qué debe verse el artista turbado por el estridente clamor de la crítica? ¿Por qué quienes no pueden crear se arrogan el derecho a juzgar la valía de la obra creativa? ¿Qué sabrán ellos? Las explicaciones son innecesarias cuando la obra de un hombre es fácil de comprender.
GILBERT: Y cuando la obra es incomprensible, toda explicación la perjudica.
ERNEST: Yo no he dicho eso.
GILBERT: ¡Ah! Pues debería. Quedan tan pocos misterios hoy en día que no podemos permitirnos perder ni uno solo más.”
Pasaje de
La importancia de no hacer nada
Oscar Wilde


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