Esta entrada es la segunda parte de la anterior, en la que hablamos de La élite literaria.
En La historia interminable se dice que “hay tantas pasiones distintas como hombres distintos hay”, para explicar la naturaleza de su protagonista. Bastian es un niño que sufre bullying en la escuela. Además de demostrar una alta sensibilidad, es tímido y soñador. Su madre murió y la relación con su padre no es muy expresiva tampoco, por el duelo y otras cosas.
Para sobrellevar su vida solitaria y el estrés del colegio, Bastian lee. Lee libros de aventuras que le ayudan a no estar presente en las cosas feas de su vida, y es así como llega al lugar en el que encuentra La historia interminable, cuya tapa, adornada con un uróboros, le llama la atención casi al instante.
Antes hablamos de los hábitos lectores de Matilda, la protagonista de la película de 1996, basada en el libro homónimo de Roald Dahl. Como Matilda, Bastian lee por escapismo, porque no tiene amigos y contar historias es uno de sus talentos ocultos, algo que no puede compartir con absolutamente nadie. Matilda y él tienen esto en común, pues son niños incomprendidos que encuentran un refugio en la lectura.
¿Recuerdan la voz en off diciendo que los libros le habían dado a Matilda la sensación de estar siempre acompañada? Para Bastian es más o menos así. La historia interminable cuenta el viaje de Atreyu para buscar una solución a la enfermedad de la Emperatriz Infantil y a menudo hace hincapié en la importancia de la fantasía, de los relatos y la literatura en general; por ejemplo en:
“Quien no haya pasado nunca tardes enteras delante de un libro, con las orejas ardiéndole y el pelo caído por la cara, leyendo y leyendo, olvidado del mundo y sin darse cuenta de que tenía hambre o se estaba quedando helado… Quien nunca haya leído en secreto a la luz de una linterna, bajo la manta, porque Papá o Mamá o alguna otra persona solícita le ha apagado la luz con el argumento bien intencionado de que tiene que dormir, porque mañana hay que levantarse tempranito… Quien nunca haya llorado abierta o disimuladamente lágrimas amargas, porque una historia maravillosa acababa y había que decir adiós a personajes con los que había corrido tantas aventuras, a los que quería y admiraba, por los que había temido y rezado, y sin cuya compañía la vida le parecería vacía y sin sentido… Quien no conozca todo eso por propia experiencia, no podrá comprender probablemente lo que Bastian hizo entonces.”

Podemos decir que estos son personajes ficticios y los beneficios que les han dado los libros son subjetivos, pero hay otros testimonios que respaldan la misma postura.
Vladimir Nabokov es un escritor polémico según a quién le preguntemos, pero no son sus novelas el motivo de que su nombre aparezca acá. En realidad, quise incluirlo porque tiene experiencia como profesor de literatura, más específicamente de crítica literaria, y en algún momento de esta carrera expresó su opinión. En este caso lo hizo a sus alumnos, mientras leía Casa Desolada; leí su clase transcrita para un trabajo escolar, y en ella —acerca de los libros— apunta lo siguiente:
“Un libro es como un baúl repleto de objetos.”
Por supuesto que hay otros pasatiempos en los que podemos encontrar beneficios, pero ninguno parece ser tan accesible ni tan perpetuo como el hábito de leer; como dije en la primera parte, que una persona lea es importante, ya si lee textos ricos y de buena calidad es otra discusión. Aun así, la mayoría de nosotros es capaz de leer por lo menos un artículo de interés, como en el caso de Pombo. Sin embargo, coincido con Nabokov cuando dice que “mientras la lectura sea para nosotros iniciadora cuyas Ilaves mágicas abren en el fondo de nosotros mismos la puerta de las moradas donde no habríamos sabido penetrar, su papel en nuestra vida es saludable.”
En otras palabras, hasta que la literatura deje de expandir tanto nuestro mundo mental, entonces dejará de ser beneficiosa. Leer es bueno no solo por la parte intelectual, sino también por algo poco tangible y mucho más difícil de explicar. Marcel Proust escribió en su ensayo Sobre la lectura:
“La lectura está en el umbral de la vida espiritual; puede introducirnos en ella: no la constituye.”
Por otro lado, la lectura sí te hace más inteligente. Como señalan algunos estudios, te vuelve más empático y más consciente del lugar que ocupas en el mundo, de tu entorno y otros aspectos sociales, además, citando de nuevo a Proust:
“la afición por los libros crece con la inteligencia, un poco por debajo de ella, pero en el mismo tallo, va acompañada como todo apasionamiento de una predilección por lo que rodea su objeto, tiene relación con él, le habla incluso en su ausencia,”
Hay muchos otros motivos por los que podemos asegurar que leer un libro, como hábito, es quizá uno de los mejores pasatiempos que podemos adquirir. Si bien no es obligatorio, todos los beneficios que ofrece, a nivel cognitivo sobre todo, lo hace incomparable, una forma de mantenernos conectados con el mundo que nos rodea.
Como dice Virginia Woolf en El lector común:
“[Los libros] Nos abren las puertas a una visión de la tierra aún no devastada, el mar impoluto, la madurez, ejercitada pero ilesa, de la humanidad.”
Leer no es ni una competencia ni una forma de demostrar poder. A lo largo de la historia, como dije antes, se usó también por la élite para que solo unos cuantos pudieran acceder al conocimiento. Por eso, la creación del libro electrónico facilita el trabajo de hacer que todos puedan leer, y, aunque la brecha entre lectores y no lectores es amplia, también debemos analizar lo que leemos y para qué lo leemos.
Como cualquier producto creado por el hombre, hay libros que no tienen tanto valor —literario— más allá de hacer de puente entre un no-lector (o lector mecánico en palabras de Edith Warton) y un lector. Hay novelas “simples” que pueden convertir a una persona que no lee, en una que lee por lo menos diez libros por año.
Aun así, no hay un número que pueda definirnos como lectores, incluso aunque se hayan desarrollado tantas herramientas para contabilizar las páginas, horas y minutos leídos; podemos escribir diarios de lectura, crearnos una cuenta en Goodreads o simplemente leer un libro tras otro sin detenernos a dar una opinión.
Y debemos recordar que la creación de nuevos hábitos se nutre de aquellos elementos en el entorno; así, si un niño crece con padres no lectores, pero va a la escuela a donde su curiosidad le guía hacia una estantería, probablemente requerirá de un entorno que favorezca el desarrollo del hábito.
Niños como Bastian y Matilda requieren de lugares que les permitan, de manera segura, satisfacer su curiosidad, algo que tanto para docentes como padres de familia puede significar un desafío. En su ensayo The vice of Reading Edith Warton advierte que hay ciertos tipos de lectores, los mecánicos y los natos, personas que o bien leen porque se les dijo que era bueno, o bien porque la curiosidad les convirtió en uno. Pero, para ella, lo que saquemos de cada lectura es meramente personal, pues las interpretaciones que hacemos tienen que ver con lo que llevamos “dentro” y no tanto (o no del todo) con lo que el autor quiso decir:
“Las mejores obras jamás escritas valen para cada lector solo aquello que él pueda extraer de ellas.”
De este modo, un lector no debe preocuparse por las opiniones de los grandes críticos; hubo obras que fueron relegadas al escarnio, como es el caso de Cumbres Borrascosas, siendo calificada como “pornográfica” o “vulgar”. Además, si lo que leemos son ensayos de divulgación, revistas de historia, el periódico o la columna de sociales, la práctica de leer es en sí misma buena y no perdona ni temas ni géneros.
La crítica especializada puede decir muchas cosas, pero esta parte “erudita” de la literatura es solo para aquellos que pretendemos ejercerla. No creo que debamos preocuparnos por si a nuestro profe no le cae bien Jane Austen. Vladimir Nabovok diría sobre ella que “es una señora que escribía del mundo, sentada en su salón”. Pero Virginia Woolf la consideraba una artista, una mujer capaz de crear mundos por sí misma (Highbury, en Emma, es por completo invención de Austen).
Entonces, leer no es obligatorio. Leer es saludable, es bonito y es recomendable, sobre todo si buscamos formas de mejorar algunas capacidades; la memoria, la empatía, la consciencia y el bienestar emocional, por mencionar solo algunas.


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