En semanas pasadas hubo una polémica que una amiga tuvo la amabilidad de enviarme y explicarme; una influencer de nombre María Pombo hablaba de algunas elecciones que hizo para “su piso”, y por una u otra razón alguien notó que en su estantería en lugar de libros había otro tipo de objetos de decoración. Ella respondió con un aire defensivo, sí, pero señaló que se la estaba criticando injustamente.
La justicia social es rara en estos tiempos si consideramos que viene de usuarios (a veces sin fotografía ni nombre ni ningún distintivo) quienes hacen las veces de jueces de lo moral, de lo correcto. Sin embargo, mi opinión en este tema es sencilla. María Pombo tiene razón en dos cosas de su discurso: 1) leer no es obligatorio y 2) existe el elitismo literario.
Sé que habrá quienes digan que no o que estén más o menos de acuerdo, pero es algo que no podemos negar; grandes autores se han peleado con otros, algunos llegando a lo físico, cuando se trata del intercambio de ideas. A Emily Brontë se la consideraba vulgar; Flaubert tuvo que ir a juicio por su obra Madame Bovary, y otros fueron apresados por escribir lo que escribían.
Hubo una época en la que cerca del 90 % de la población de España era analfabeta y solo algunas personas, mayormente dedicadas a la iglesia o a servir en la corte podían acceder a recursos literarios. Eso sí, hay que tomar en cuenta que la literatura era y se concebía de una forma distinta, y más allá de ser un método de entretenimiento era un símbolo de poder, de erudición, etc.
Siglos atrás solo escribas, sacerdotes y nobles dominaban la palabra escrita; el pueblo tenía conocimiento de leyendas e historias por medios orales (trovadores, juglares, etc.). Pierre Bourdieu, en La Distinción (1979), diría que “leer es una marca de clase, una herramienta de distinción social”, y esto fue así durante años.
Entre los “bien sabidos” siempre ha habido tensión; sobre la universalidad de la literatura y otras cosillas de tema más social, como podría ser el privilegio del acceso. Así que podemos decir que el libro nació como un objeto de prestigio, y no de acceso popular.
Se supone que la invención de la imprenta democratizó el conocimiento, pero en temas de alfabetización tampoco solucionó mucho, porque la desigualdad sigue siendo alta.
Por si se preguntan qué tiene que ver lo social con el elitismo o el tema de María Pombo, la verdad es que mucho sino es que todo; lo que sucede es que estos son los detalles que se ignoran por completo cuando simplificamos un tema importante que requiere reflexión y no solo un juicio de valor.
Ahora, en cuanto al elitismo moderno, la pelea entre el canon y lo popular no es extraña. Adorno y Horkheimer lo abordan en Dialéctica de la Ilustración (1947), donde hacen una crítica a la cultura de masas. A partir de entonces se configura una “jerarquía” que sigue latente al día de hoy.
En esa línea de pensamiento, leer a Proust y a Woolf está bien; leer fantasía y romance, una pérdida de tiempo. Esto, lo admitamos o no, creó una división entre el canon y el entretenimiento, donde:
Alta Literatura: Autores universales, es decir, el canon.
Literatura Popular: Textos de entretenimiento.
He escuchado a lectores de terror y novela negra jactarse de sus gustos en detrimento de lectoras de romance, por ejemplo, pero lamento decir que para la crítica especializada la novela negra, la policíaca y el terror, también son géneros de “literatura popular”; hasta ahora, pareciera que sólo la ciencia ficción ha conseguido infiltrarse en la “alta literatura”, de ahí que autores como Isaac Asimov u Octavia Butler sean considerados canon/universales.
Tal vez esto no les interese mucho, pero antes de atravesar o sortear lo que me instó a escribir al respecto, quería reconocer nuestros defectos; como lectores de literatura canon o clásica sí tenemos la tendencia a invalidar opiniones como las de Pombo, pero creo que es porque no sabemos cómo explicar que la lectura no tiene que justificarse pues es una actividad “buena” en sí misma.
Es cierto que nadie tiene que leer por obligación, salvo en el colegio (personalmente detesto que a las lecturas educativas incluidas en los temarios estudiantiles se les llame de ese modo), pero leer es bueno, nadie puede discutirlo ni refutarlo; puedes decir que no te interesa (María Pombo no dijo eso, dijo que no es una lectora de ficción pero lee revistas y artículos que son de su interés, actividad que también le favorece), pero no que sea un hábito dañino o sin sentido.

Los libros, la literatura, lleva años usándose como decoración, en eso la influencer no va errada. Hay celebridades y artistas que salen a pasear con un libro en la mano, desfiles de moda en los que títulos canon son parte del outfit; he visto floreros, pisapapeles, incluso tazas. Pero creo que lo que molestó a la audiencia fue este punto de “la élite”.
Cuando María Pombo acusa a los lectores de creerse mejores que otros por leer, lo hace desde una postura reactiva; su respuesta a los cientos de insultos que le llegaron por sus comentarios fue defensiva, es cierto, pero algo que ella ignora es que esos ataques ocurren entre lectores también; ya por lo que cada uno decide leer, ya por los hábitos, tendencias y estilos literarios que estas nuevas formas de comunicación (las redes sociales) han traído.
El tema es tan extenso que tuve que dividirlo en partes; en el siguiente artículo de esta serie voy a permitirme romantizar la lectura usando como referencia a varios autores canon. Esto no con el afán de criticar a los que no leen sino como un intento inocente y respetuoso para convencer a quien lea de leer más, aunque sea un poco más.
Porque sí, porque leer es bueno.


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