Sentido y sensibilidad: La pasión castigada (análisis)

Jane Austen es, para muchos, una autora sobrevalorada; para otros, una escritora feminista; y para algunos más, una figura que no llegó a consolidarse del modo en que la crítica posterior la ha consagrado: una autora protofeminista que señalaba las circunstancias en que vivían las mujeres de su tiempo.

No sabemos con certeza cuáles eran sus posturas reales, aunque podemos intuir algunos rasgos de su carácter gracias a su correspondencia y a los testimonios de quienes la conocieron, ya fuera de cerca o de manera más tangencial.

Cuando hablo de ella, me gusta recordar que tenía diecinueve años la primera vez que leí Orgullo y prejuicio, después de haber visto la película dirigida por Joe Wright. Como les sucede a muchas lectoras, me encontré con que la novela no ofrecía todas las similitudes ni la inmediatez que una joven lectora inexperta espera descubrir.

Más de una década después, tras haber cursado una carrera en literatura y haber pasado por diversos cursos, diplomados y talleres, he leído y releído la obra austeniana varias veces —unos libros más que otros— y he llegado a la conclusión de que reducirla a “una autora de romance” es, más que un error, una verdadera injusticia hacia una escritora de su talento artístico.

Son muchas las cosas que quisiera decir sobre mis lecturas de Austen, pero hoy quiero comenzar con un aspecto en particular: Sentido y sensibilidad, mi obra favorita, y en especial con la sensibilidad y la pasión de Marianne Dashwood, coprotagonista de la historia y motivo de tantos debates —feministas y no tanto— a lo largo del tiempo.

Marianne y la idea del verdadero amor

Cuando el padre de Marianne y Elinor Dashwood muere, ellas, junto con su madre y su hermana menor, deben abandonar la casa en la que habían vivido toda su vida. Es en su nueva residencia donde conocen al señor Willoughby, con quien Marianne desarrolla un romance ambiguo que, moralmente, la expone a la vergüenza social y casi a la destrucción emocional.

Aunque ambos arcos de las protagonistas son interesantes por derecho propio, el de Marianne Dashwood presenta claras similitudes con los de otras heroínas en la obra de Austen. Apasionada, romántica empedernida, y bañada de juventud y belleza, Marianne muestra cómo la sociedad castigaba —mediante la exclusión o incluso la muerte simbólica— a las mujeres que se dejaban arrastrar por hombres cuyo mal carácter o circunstancias deplorables transferían sobre ellas todo el peso de la condena.

En su ensayo Only to Seek Deeper: Venereal Disease in Sense and Sensibility, Marie McAllister señala la larga tradición literaria que ya existía en la época respecto al castigo impuesto a las mujeres que “se portaban mal” o transgredían las normas sociales. Un ejemplo en Sentido y sensibilidad es el de Eliza, la mujer de la que estuvo enamorado el coronel Brandon y que originalmente iba a casarse con su hermano. Tras un divorcio, Eliza cae en desgracia: se sugiere que lleva una vida disoluta y que incluso termina recurriendo a la prostitución para sobrevivir, aunque Austen no lo detalla abiertamente. Más adelante, la hija de Eliza se ve involucrada con Willoughby y queda embarazada de él, prolongando así la tragedia heredada.

La madre de la joven muere y el coronel Brandon asume su cuidado. Sin embargo, Willoughby, con sus modales afectados y dominado por una pasión constante —ante la cual Marianne Dashwood, igualmente apasionada, no puede resistirse—, la seduce y la abandona embarazada y sola. Es el propio coronel Brandon quien investiga y descubre que Willoughby es el responsable. No obstante, el lector no sabe hasta muy avanzada la novela que Willoughby deja a Marianne porque su benefactora descubre sus conductas disolutas y lo amenaza con retirarle el apoyo. A pesar de ello, Brandon nunca interfiere en el amor que Marianne profesa hacia Willoughby, aunque todo el mundo da por hecho que ambos están comprometidos.

Una escena especialmente reveladora ocurre cuando Margaret, la hermana menor de Marianne, presencia el momento en que esta entrega a Willoughby un relicario con un mechón de su cabello. Él lo recibe, lo besa y lo guarda en el bolsillo, gesto cargado de intimidad y deseo. Para la sociedad de la época, ese intercambio equivalía a una declaración pública de compromiso: una señal inequívoca de que nadie más podía cortejar a Marianne.

En cierto momento, Elinor Dashwood comenta con su hermana la manera en que Marianne interroga a Willoughby tras conocerlo. Marianne, encantada por su carácter y su conocimiento de los poetas románticos que ella tanto admira, le hace preguntas insistentes y apasionadas. Willoughby, como ella, habla con vehemencia sobre las emociones y sostiene que todo debe sentirse con un fervor casi infantil. La conversación entre ambos se convierte en una especie de interrogatorio cargado de entusiasmo: ¿Qué sientes? ¿Qué opinas de la vida? Elinor, consciente de lo inusual que resulta un diálogo tan intenso entre dos personas que apenas se conocen, le señala a su hermana que prácticamente no le ha dejado ningún tema de conversación. Marianne responde con desdén, en un gesto que puede interpretarse como capricho, aunque también como signo de una curiosidad intensa y poco convencional.

Marianne, además, tiene su propia idea de lo que debe ser el hombre perfecto, y deja en claro que Edward no encaja en ella: lo considera poco apasionado e incapaz de apreciar a los poetas que ella venera, como vemos en el capítulo nueve:

—No, mamá, ¡si ni Cowper es capaz de animarlo…! Pero debemos admitir que hay diferencias de gusto. En Elinor no se da mi manera de sentir, así que puede pasar esas cosas por alto y ser feliz con él. Pero si yo lo amara, me habría destrozado el corazón escucharlo leer con tan poca sensibilidad. Mamá, mientras más conozco el mundo, más convencida estoy de que jamás encontraré a un hombre al que realmente pueda amar. ¿Es tanto lo que pido? Debe tener todas las virtudes de Edward, y su apariencia y modales deben adornar su bondad con todas las gracias posibles.

Una señal reveladora de su vínculo con Willoughby es el caballo que él le regala, al que nombra Queen Mab, una referencia al drama de Shakespeare Romeo y Julieta, que refuerza el tono romántico y exaltado de su relación.

La enfermedad como castigo por “la caída”

El subtexto de la caída social de las mujeres en las novelas de Austen, como ocurre con María en Mansfield Park, refleja una constante: incluso cuando una mujer está bien casada y pertenece a una familia de renombre, puede verse sometida al ostracismo y aislada de la sociedad como forma de castigo. Como señala McAllister en su ensayo, estas mujeres son consideradas responsables de su propia desgracia. El castigo se materializa, en muchos casos, en enfermedad y muerte.

Sentido y sensibilidad; BBC, 2008

En Sentido y sensibilidad, esto también queda evidente. En el clímax del arco de Marianne, su sufrimiento se manifiesta a través de la enfermedad; sin embargo, esta situación le permite retomar la sensatez y recuperar el raciocinio. La protagonista se da cuenta de que su desbordamiento de pasiones y emociones —aquellas que experimentaba con Willoughby y que la llevaban a actuar con exceso— la había conducido a un círculo de tristeza. La intensidad de sus sentimientos es, en sí misma, un reflejo de su carácter apasionado y de cómo Austen comprendía los peligros de la exacerbación de ciertos comportamientos. Willoughby compartía ese entusiasmo, aunque de manera más superficial y egoísta.

En su libro Strange Fits of Passion, Adela Pinch señala que, en la época de Austen, «los sentimientos extravagantes podían conducir a las mujeres a la ruina»1. Sin embargo, varios críticos de la obra de Austen han señalado la historia de Eliza, la exprometida del coronel Brandon, como un ejemplo de cómo la autora también señalaba y condenaba ciertas transgresiones sociales femeninas, como el embarazo fuera del matrimonio, considerándolo una forma de castigo para las mujeres que cometían este tipo de “errores”.

Otros ejemplos de protagonistas “caídas”

El ejemplo de Lejos del mundanal ruido resulta pertinente porque Thomas Hardy muestra en su novela cómo Bathsheba alcanza una suerte de redención al reconocer sus propios errores y decidir enmendarlos. Esa transformación se ve recompensada con la unión a un hombre sensato y honesto, que con el tiempo pasa de ser un simple pastor de vida frugal y paciente a convertirse en un miembro respetado y próspero de la comunidad, capaz de tomar decisiones acertadas. Ambos se complementan, equilibrando carácter y elecciones. En este libro, además de lo que podríamos llamar un feminismo heredado, Hardy permite que Bathsheba encuentre la felicidad después de haberse dejado arrastrar por pasiones desmedidas y de haber tropezado con hombres disolutos, de los cuales, en cierta forma, también puede considerarse víctima.

Al ir leyendo, uno podría calificar a Bathsheba de insensata; sin embargo, lo que se revela es una mujer, en cierto modo, “rebelde”. A medida que avanza la novela comprendemos que su carácter no corresponde al de la mayoría en su sociedad: es una mujer independiente, capaz de tomar decisiones que, aunque cuestionables según la ética institucional de la época, son expresión de su autonomía. Tampoco debemos olvidar que esta es una característica que Hardy otorga deliberadamente y que acentuaría más adelante, en otras de sus obras.

En el final de la novela, lo que cambia en Bathsheba no es su carácter esencial, sino la forma en que toma decisiones: elige no autodestruirse y aprende a relacionarse de manera más consciente con quienes la rodean. Al inicio, cuando Gabriel es solo un pastor de ovejas, de vida sencilla, contemplativa y austera, Bathsheba lo descarta. Prefiere, en cambio, a un hombre con mayor desenvoltura social, capaz de bailar, conversar sobre cualquier tema y mostrar un atractivo más inmediato. Pero esa elección la conduce a la desgracia y le permite descubrir también el lado oscuro de esos hombres tan carismáticos.

Con el tiempo, Hardy plantea que el verdadero valor se encuentra en quien trabaja por un futuro, en quien sabe tomar buenas decisiones, y que ese hombre puede convertirse en una especie de “premio” para la mujer que también ha aprendido a decidir con prudencia. Este contraste nos lleva a pensar en otras heroínas literarias: Emma de Madame Bovary, María en Mansfield Park o incluso Lydia Bennet, cuyo castigo —si me preguntan a mí— es acabar casándose con —el inútil— de Wickham.

Por otro lado, en Emma aparece el señor Frank Churchill, cuya actitud pomposa y su comportamiento fanfarrón se evidencian en dos acciones principales: mantener en secreto su compromiso con Jane Fairfax y coquetear sin ningún reparo con Emma. La situación llega al punto de que, más adelante, tanto la antigua institutriz de Emma como el padre de Churchill le piden disculpas a la joven por haberla expuesto al escándalo, convencidos de que él acabaría casándose con ella. Sin embargo, Emma nunca estuvo realmente enamorada de Churchill; más bien jugaba a aparentar interés, entretenida por capricho.

Este arco funciona como una especie de redención vista desde otro ángulo. Churchill, al igual que Willoughby en Sentido y sensibilidad, cuenta con cierta seguridad económica, pero condicionada a su reputación y a la aprobación de su protectora. En el caso de Willoughby, su independencia se ve comprometida cuando su protectora descubre su relación con Eliza y el embarazo que deja tras de sí. Para asegurar su futuro, termina casándose con una heredera poseedora de la nada desagradable cantidad de cincuenta mil libras de dote. Churchill, por su parte, depende de su tía (o madrina) y debe ocultar su compromiso con Jane Fairfax hasta la muerte de esta protectora, momento en el que ya no existe riesgo de perder su posición económica.

El contraste es significativo: frente a Emma, Churchill podía permitirse coquetear porque ella pertenecía a su mismo estatus social, mientras que Jane, huérfana, sin dote y de familia modesta, representaba una amenaza para sus privilegios. Solo tras la muerte de su protectora, Churchill hace público su compromiso. Knightley, testigo de esta situación, manifiesta compasión por Jane, a quien considera sensata y prudente, aunque advierte que su unión con Churchill es, en el fondo, una mala decisión motivada por un impulso romántico.

En cuanto a Willoughby, su desenlace es diferente: aunque no se redime del todo, la pérdida de Marianne lo lleva a reflexionar y reorientar su vida, logrando finalmente una existencia relativamente estable, aunque marcada por el arrepentimiento.

En el caso de Frank Churchill, el relato no se extiende demasiado: simplemente se nos dice que termina casándose con Jane Fairfax. No obstante, a través de personajes más maduros y sensatos, como el señor Knightley, se insinúa que ese matrimonio no traerá verdadera felicidad a Jane. Ella es presentada como una mujer virtuosa, prudente y muy educada, gracias a la formación que recibió en una familia que le brindó comodidades intelectuales y afectivas. De hecho, sus benefactores deseaban que permaneciera con ellos, ofreciéndole seguridad y estabilidad, pero Jane renuncia a todo al unirse a Churchill.

En términos sociales, su unión le otorga a Jane un ascenso económico, pero no necesariamente un futuro feliz. Además, Churchill, al casarse con una huérfana de familia modesta y sin raíces en la comunidad de Highbury, en cierto modo reduce su propio estatus. Apenas se disculpa con Emma mediante una carta vaga en la que se justifica, sin mostrar verdadera autocrítica. Así, su figura se asemeja a la de otros personajes masculinos disolutos de Austen, como Wickham o Willoughby, cuya posible redención queda en entredicho.

Esta dinámica revela un patrón recurrente en las novelas de Austen: las mujeres se enfrentan a situaciones inciertas, a menudo poco favorables, pero la autora deja claro que los hombres suelen quedar peor parados en términos morales.Aun así, también subraya cómo las mujeres cargaban con consecuencias irreversibles. Tal es el caso de María en Mansfield Park, cuya infidelidad y posterior divorcio la condenan al ostracismo: su familia la aparta, obligándola a vivir recluida con su tía —quien había solapado parte de su comportamiento—, privada de participar en la vida social. En aquella época, el divorcio era considerado un oprobio, y Austen no omite mostrar el peso de esa vergüenza y exclusión.

La protagonista redimida

La obra de una autora que hoy catalogamos como feminista no debería valorarse únicamente por sus aportes a la literatura o por su sensibilidad narrativa, sino también por lo que significaba en su propio tiempo. Aunque en la actualidad la llamamos feminista, en su época no se le habría considerado así. Entonces era vista más bien como una escritora vulgar —vulgar de simple—, que no profundizaba demasiado en los sentimientos de sus personajes, pero que, pese a ello, otorgaba relevancia a las distintas perspectivas dentro del contexto en que desarrollaba su novela.

En Sentido y sensibilidad, distintos personajes especulan sobre un posible compromiso entre Marianne y Willoughby, incluyendo su madre y sus hermanas, quienes creen que existe un romance secreto que no se ha hecho público debido a la dependencia económica de él respecto a su protectora. Sin embargo, cuando finalmente se revela que no estaban comprometidos y que Willoughby ha contraído matrimonio con otra mujer, Marianne deja en claro que él nunca le expresó su amor directamente, aunque ella sentía que no era necesario hacerlo; le bastaban pues, los arrebatos, los poemas al oído, y las “locuras”.

En ese entonces, esta actitud se consideraba un desatino: un capricho, un acto de rebeldía o incluso de insensatez. Las demostraciones públicas de afecto no se interpretaban simplemente como muestras de cariño, sino como señales de intención matrimonial; sin un compromiso formal, el interés amoroso carecía de legitimidad social.

Coronel Brandon en la adaptación de la BBC, 2008

En diversas novelas de Austen no solo encontramos a Lydia en Orgullo y prejuicio, coqueteando con todo hombre que se le prestara una mínima de atención, sino también a María en Mansfield Park, cuya conducta con un hombre la conduce al aislamiento social. En Sentido y sensibilidad, Marianne, por su parte, cae en una espiral de enfermedad, pero logra recuperarse.

No es la única protagonista que encuentra redención a partir de una caída: muchas reciben una segunda oportunidad, recompensadas con un hombre que, además de estar bien posicionado económicamente, les ofrece una vida tranquila y segura y respeta, por encima de todo, su carácter pasional. Esto resulta fundamental en el arco de Marianne Dashwood y en el de personajes como Bathsheba en Lejos del mundanal ruido, quienes se casan con hombres menos apasionados públicamente que Willoughby o que otros personajes de su entorno, pero que son sensatos y capaces de garantizar la estabilidad y bienestar de las protagonistas, sin demandar una traición a la identidad propia.

Una de las cosas más destacables de Sentido y sensibilidad es que Austen, en el caso de Marianne, se niega a castigarla por su sensibilidad, su pasión y los impulsos de su carácter romántico. En lugar de ello, la autora restituye no solo su entusiasmo y su deseo de dedicarse a la vida familiar, de preocuparse por quienes la rodean y de considerar la opinión de los demás, sino que también la recompensa con un romance diferente: no pasional, ni acompañado de pompa o fiestas, sino una relación que satisface a quienes la aman y, al mismo tiempo, con un hombre que se muestra estoico, viril y profundamente devoto.

En vez de sacrificada a una pasión irresistible, como alguna vez se había enorgullecido en imaginarse a sí misma; incluso en vez de quedarse para siempre junto a su madre con la soledad y el estudio como únicos placeres, según después lo había decidido al hacerse más tranquilo y sobrio su juicio, se encontró a los diecinueve años sometiéndose a nuevos vínculos, aceptando nuevos deberes, instalada en un nuevo hogar, esposa, ama de una casa y señora de una aldea. – Sentido y sensibilidad, cap. final.

Este tipo de vínculo puede parecer un objeto de romance menos dramático, pero funciona como un paralelo con otros personajes, como Bathsheba en Lejos del mundanal ruido, que también encuentra seguridad y respeto en una pareja sensata, aunque menos apasionada públicamente que figuras como Willoughby. Así, comprendemos que Austen no destruye la identidad pasional de su heroína, ni la castiga por sentir con tanta intensidad.

A diferencia de otros novelistas de su época, Austen deja claro desde el primer capítulo de Sentido y sensibilidad que Marianne no es una joven tonta ni vacía de pensamiento, ni simplemente guiada por sus emociones. En realidad, ella no es únicamente sensibilidad. Marianne ha sido criada en el mismo entorno que su hermana Elinor, quien encarna la sensatez contenida. Es una mujer que, incluso, reprime sus propios sentimientos para no ser una carga para su familia y para aportar la lucidez que ambas necesitan.

Además, e carácter de Marianne también se ve influido por el de su madre, quien nunca critica sus decisiones, aunque Elinor llega a pedirle que intervenga respecto a la actitud de Marianne con Willoughby, considerada imprudente. Sin embargo, la imprudencia no reside en la sensibilidad de Marianne ni en su deseo romántico, sino en el comportamiento insensato del hombre: Willoughby corteja a una joven, muestra interés, pero sin ofrecer claridad emocional ni un compromiso matrimonial, dejando a Marianne vulnerable frente a las normas sociales.

En su ensayo Jane Austen and the Body, John Wiltshire explica que, en la época de Austen, era común interpretar la enfermedad como un castigo por la irresponsabilidad, ya fuera social, económica o relacionada con las normas de etiqueta, especialmente en el caso de las mujeres. A nivel narrativo, la enfermedad funcionaba así como una metáfora de los errores de la vida o de los desastres provocados por las decisiones de los personajes.

En el caso de Marianne, su enfermedad surge por el dolor que le provoca la pérdida de Willoughby y la constatación de que él no sentía lo que ella había creído. Más adelante se revela que sí había sentimientos por su parte, pero su necesidad de seguridad económica prevaleció y pervirtió sus emociones. La novela subraya que, de haber sido honesto, Willoughby podría haber tenido tanto riqueza como amor, mostrando cómo sus decisiones afectan no solo su destino sino también el de Marianne.

[…] con el convencimiento del enorme afecto que él le profesaba, que finalmente, aunque mucho después de haberse hecho evidente para todos los demás, se abrió paso en ella, ¿qué podía hacer? Marianne Dashwood había nacido destinada a algo extraordinario.

Contrario a lo que algunos críticos sostienen, Marianne Dashwood sí se recupera tanto física como moralmente de su enfermedad: no queda enferma, no queda embarazada y no recibe ningún castigo social. No es recluida ni aislada; sus amigos continúan mostrándole afecto y preocupación, y el coronel Brandon la visita con regularidad. Es decir, nadie en su entorno la culpabiliza por ser como es.

Esta recuperación se narra en gran parte a través de los ojos de Elinor. Marianne recupera no solo la salud propia de su juventud (al final de la novela cuenta diecinueve años), sino también el entusiasmo por estudiar, leer y tocar el piano. Fanática de autores como Cowper y Smith, mantiene su necesidad de vivir la vida con intensidad y pasión. En la novela, la elección no se presenta como un dilema entre sentido o sensibilidad, sino como una interacción dinámica entre ambas cualidades. Marianne y Elinor representan, en conjunto, la tensión entre el sentir y el pensar, y el desarrollo de la historia muestra la recompensa que surge al aprender a conjugar estas dos dimensiones de la vida.

  1. […] En inglés: extravagant feelings could lead women to their ruin
    during Austen’s time (p. 2). ↩︎

Comentarios

Una respuesta a “Sentido y sensibilidad: La pasión castigada (análisis)”

  1. […] También tenemos la línea narrativa de la mujer castigada, de la que hablé en mi artículo sobre Sentido y sensibilidad. […]

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