Cuando hablamos de resurrección, pensamos de inmediato en una figura central del cristianismo, un personaje cuya divinidad puede ser objeto de fe o escepticismo. La idea de la resurrección no surge de una necesidad vana, sino de la manera en que, como seres humanos, enfrentamos la muerte desde diferentes perspectivas.
Por antonomasia, Jesucristo es el Resucitado, el Verbo hecho carne que murió y descendió al Seol durante tres días (nadie sabe con certeza qué ocurrió en ese lapso) y regresó portando las llaves del infierno. La palabra «regresar» admite múltiples interpretaciones si nos atenemos al relato bíblico, pero considerando que en él concurren otros elementos —el Seol, el infierno y la lucha entre el bien y el mal—, quizá convendría decir que aquello que Jesús posibilita con su resurrección es la salvación eterna.
En su relato La Resucitada, cuya vigencia literaria merece ser reivindicada creo yo, Emilia Pardo Bazán narra la historia de una mujer de alta posición social —condición que compartía con la autora— que ha muerto recientemente. El tono del relato es pesadamente melancólico, un rasgo característico de la obra de Emilia, quien se nutrió de la tradición literaria francesa de su tiempo y de épocas anteriores. No obstante, Pardo Bazán es pionera del naturalismo, movimiento literario que se distingue por retratar la realidad con crudeza y despojado de idealizaciones, a diferencia de su antecesor, el realismo, que tiende a construir una ficción dotada de coherencia interna.
Gabriela, la protagonista de La Resucitada, despierta en su sepulcro, encarnando uno de los temores más arraigados en el imaginario romántico y en su vertiente oscura: ser enterrado vivo. Esta mujer, inequívocamente burguesa, sale de la tumba familiar y regresa a su hogar. Pero al llamar a la puerta se topa con rostros estupefactos, miradas despavoridas ante su insólito «retorno». Para nosotros, como lectores, resulta evidente que Gabriela no regresa para prometer la eternidad.
A diferencia de Jesús, Gabriela vuelve de la tumba —mortaja y todo— con la esperanza de que los suyos se regocijen al verla, pero lo que halla son semblantes turbados, gestos de pavor y un esposo que, cuando ella se aproxima a tocarlo, se deja acariciar con repulsión apenas contenida y una cortesía mecánica, casi teñida de asco. Emanaciones extrañas, la palidez espectral de su piel y su aspecto general de cadáver hacen creer a todos que Gabriela sigue muerta, empeñada en reanudar una existencia que ya no le corresponde.
Dada la contribución de Emilia al pensamiento feminista, resulta patente que se interroga sobre el papel que desempeñaban las mujeres y cómo, en función de un matrimonio ventajoso, podían existir o quedar anuladas. El naturalismo de Pardo Bazán planteaba preguntas incómodas a la sociedad de su tiempo: ¿cuándo existimos verdaderamente? ¿Quiénes deciden nuestra existencia? ¿Somos individuos con derecho a la identidad o meros seres humanos cuya presencia se valida solo por su utilidad social?
A la resucitada Gabriela no le dura mucho el amargo privilegio de su retorno. Toma la decisión de abandonar nuevamente la casa. En su camino de regreso al sepulcro, evoca las miradas de rechazo y comprende que la soledad fría y silenciosa de la tumba es preferible a una vida en la que se ha vuelto invisible, indeseada, incómoda al trato. Ha perdido su condición de esposa, madre, hija y señora, y su regreso es percibido no como un milagro, sino como un suceso contra natura, desprovisto de redención.

En su célebre ensayo Lo siniestro, Freud explora los efectos de la represión y el retorno de aquello que se había reprimido; se pregunta qué separa lo animado de lo inanimado y cómo lo familiar, cuando se vuelve perturbador, puede suscitar angustia. A propósito de ello, el ensayo afirma:
«La idea de que un ser aparentemente inanimado sea en efecto viviente; y, a la inversa, de que un objeto sin vida esté de alguna forma animado.»
Para Freud, el término unheimlich, que en alemán designa lo «siniestro» u «ominoso», es:
“Todo lo que debería haber permanecido secreto y oculto, pero que ha salido a la luz.”
Como un muerto que regresa.


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