
Cuando Harry Potter y la Orden del Fénix salió, Stephen King escribió una reseña para Entertainment Weekly en 2003, donde elogió a Dolores Umbridge como «el mejor villano inventado desde Hannibal Lecter».
En esa reseña, King explicó que lo terrorífico de Umbridge no es su poder mágico, sino su autoridad institucional combinada con su personalidad mezquina y cruel, todo escondido bajo una apariencia de cortesía y formalidad.
Decía algo así como que ella no era una psicópata asesina visible, sino el tipo de villana que uno puede encontrar en «un departamento escolar» o «una oficina del gobierno»: gente normal que disfruta imponiendo su pequeño poder.
Además, King admiró cómo J.K. Rowling construyó un personaje realista, creíblemente aterrador, que no necesita matar para infundir verdadero horror. Por otro lado, destacó que, a diferencia de Voldemort, cuya naturaleza sobrenatural lo hace menos tangible, Umbridge representa un tipo de mal más aterradoramente común:
«Uno no necesita ser un niño para recordar al Profesor Realmente Aterrador.»
Esta comparación subraya cómo Umbridge personifica el mal burocrático y cotidiano que puede encontrarse en la vida real, alineándose con la idea de Hannah Arendt sobre la banalidad del mal.
La banalidad del mal
El libro de Hannah Arendt Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal (1963) —que muchos conocemos simplemente como La banalidad del mal— surge del reportaje que Arendt escribió para The New Yorker sobre el juicio del nazi Adolf Eichmann en Israel.
Estos son algunos de sus puntos importantes:
- El concepto de «banalidad del mal»: Arendt plantea que el mal no siempre proviene de una maldad radical o monstruosa. Eichmann, uno de los principales organizadores de la logística del Holocausto, no parecía un fanático sádico, sino un burócrata corriente que actuaba por obediencia ciega, ambición personal y falta de pensamiento crítico.
- Eichmann como símbolo de la obediencia acrítica: En el juicio, Eichmann no mostró culpa profunda ni una ideología ferviente de odio. Se presentó como alguien que «solo cumplía órdenes». Arendt resaltó su incapacidad para pensar éticamente por sí mismo, más allá de las normas del sistema en que vivía.
- La responsabilidad individual frente al sistema: Aunque Eichmann argumentaba que solo seguía órdenes, Arendt sostiene que cada individuo es responsable de sus actos, incluso dentro de regímenes totalitarios. La obediencia no exime de culpa moral.
- El peligro de la deshumanización burocrática: En parte, El Holocausto fue facilitado por muchas personas que «solo» cumplían funciones administrativas sin cuestionar las consecuencias humanas de sus actos. El mal se disfraza de normalidad dentro de sistemas altamente organizados.
- La crítica al juicio y a las autoridades israelíes: Arendt también criticó aspectos del juicio, como su carácter político, la falta de claridad legal sobre los cargos y el manejo mediático. Esto generó controversia y la acusación (injusta creo yo) de que Arendt culpaba a las víctimas.
- La importancia del pensamiento crítico: Arendt sugiere que el ejercicio constante de pensar —no simplemente de razonar técnicamente, sino de reflexionar éticamente— es una defensa esencial contra cometer actos atroces.
Según ella, una «mala persona» no es necesariamente alguien perverso o cruel de manera consciente. En La banalidad del mal, propone que una mala persona puede ser alguien incapaz de pensar críticamente sobre sus actos. No porque sea inherentemente malvada, sino porque es superficial, conformista, y se somete ciegamente a las normas o autoridades sin reflexionar sobre las consecuencias de sus acciones.
Para Arendt, el mal más peligroso no proviene del odio profundo, sino de la falta de pensamiento, de la incapacidad de ponerse en el lugar del otro y de actuar solo para «encajar» o «ascender» en un sistema, aunque eso implique destruir a otros seres humanos.
En resumen, una mala persona, para Hannah Arendt, es quien renuncia a pensar y, al hacerlo, pierde su humanidad. No necesita odiar para hacer el mal; basta con no cuestionar lo que hace.
Las citas que tengo señaladas en mi ejemplar de su ensayo son estas:
1. Sobre la banalidad del mal:
«El mal puede ser extraordinario y todavía no poseer ninguna profundidad ni demonismo. Puede ser simplemente banal.»
Aquí Arendt señala que el mal no siempre es grandioso ni terrorífico, sino que puede ser algo superficial, casi mecánico.
2. Sobre la incapacidad de pensar:
«La lección que uno aprende en estos juicios es la lección de la terrible, de la inimaginable, y sin embargo real, banalidad del mal.»
La banalidad del mal no es la ausencia de consecuencias graves, sino la ausencia de pensamiento en quienes las provocan.
3. Sobre Eichmann como ejemplo de mediocridad moral:
«Lo más terrorífico de Eichmann era precisamente que muchos eran como él, y que estos muchos no eran ni perversos ni sádicos, sino que eran, y siguen siendo, terriblemente normales.»
Aquí aclara que el mal no está reservado a monstruos excepcionales: personas comunes pueden participar del horror y el sufrimiento causado a otros.
4. Sobre el pensamiento como barrera contra el mal:
«El poder de decir ‘no’ a todo lo que no es justo se basa en la capacidad de pensar.»
Para Arendt, pensar éticamente es un acto de resistencia frente a la corrupción de la obediencia ciega. Es decir, nuestra capacidad de resistir con ética frente a situaciones de injusticia.
5. Sobre el deber de juzgar:
«Nadie tiene derecho a obedecer.»
Esta frase condensa su crítica radical a la excusa de ‘solo cumplía órdenes’: para Arendt, obedecer sin juzgar no es neutral, es culpable.

Si analizamos a Dolores Umbridge a través de la teoría de Hannah Arendt sobre la banalidad del mal, Umbridge sería un ejemplo casi perfecto del tipo de «mala persona» que Arendt describió:
1. Umbridge encarna el mal burocrático:
No actúa por odio personal hacia los estudiantes o los mestizos mágicos (aunque es una persona detestablemente prejuiciosa), sino principalmente por obediencia al Ministerio de Magia y su deseo de ascender en la jerarquía. Ella implementa políticas crueles, castigos físicos y censura educativa porque «son las reglas» o porque «se le ha ordenado». Así, se muestra como una burócrata que ejecuta órdenes sin reflexión ética sobre sus consecuencias.
2. Falta de pensamiento crítico:
Al igual que Eichmann, Umbridge parece incapaz de imaginar el sufrimiento que causa. Se refugia en el lenguaje legalista («el Decreto Educativo número tal…») y se convence de que simplemente está haciendo cumplir el orden. No cuestiona si ese orden es justo o injusto.
3. Normalidad aterradora:
Umbridge no es una villana espectacular ni un monstruo evidente como Voldemort. Se presenta como una figura «normal», con su voz dulce, sus trajes rosados, su oficina adornada de gatitos. Pero es precisamente esa normalidad superficial lo que la hace tan perturbadora: detrás de su imagen amable hay una obediencia rígida y una falta total de empatía.
4. El daño desde el cumplimiento ciego:
Según Arendt, el mal se vuelve más peligroso cuando no es cometido por monstruos evidentes, sino por personas que cumplen reglas sin pensar. Umbridge ejemplifica esto: comete injusticias sistemáticas convencida de que está haciendo lo correcto o, al menos, lo que es «legal».
5. Desprecio por el juicio individual:
Umbridge no usa su criterio para evaluar lo justo o injusto: su brújula es la autoridad establecida. Como Arendt dice, «nadie tiene derecho a obedecer» sin pensar; Umbridge, sin embargo, basa toda su moralidad en obedecer al poder sin cuestionarlo.
Dicho todo lo anterior, Dolores Umbridge representa, desde la mirada de Hannah Arendt, el rostro burocrático y banal del mal: una persona mediocre, incapaz de pensar éticamente, que perpetra injusticias gravísimas amparándose en el cumplimiento de las normas y el deseo de mantenerse dentro del poder establecido.
En Harry Potter también hay otros personajes analizables en esta línea (algunos malvados radicales, otros por aspiracionismo):
1. Percy Weasley: Como Umbridge, Percy representa la obediencia burocrática. Se distancia de su familia y apoya las políticas injustas del Ministerio porque cree que seguir las reglas garantiza el orden y su propio ascenso.
Desde Arendt: Percy sería otro ejemplo de alguien que renuncia a pensar éticamente en favor de una lealtad ciega a la estructura de poder.
2. Lucius Malfoy: Lucius es diferente: actúa por interés propio y convicción ideológica (cree en la superioridad de la sangre pura). Su maldad no es banal, es consciente y voluntaria.
Desde Arendt: Lucius se acercaría más al «mal radical» (que Arendt diferencia de la banalidad del mal), es decir, aquel que sabe el daño que causa y lo busca.
3. Cornelius Fudge: El Ministro de Magia se niega a reconocer el regreso de Voldemort para no perturbar el orden político y social. Prefiere negar la verdad antes que enfrentar el caos. Esto puede verse en eventos históricos, por ejemplo, en la respuesta pasiva de Francia e Inglaterra cuando Hitler violó el tratado de Versalles.
Desde Arendt: Fudge muestra cómo la cobardía política y la defensa del statu quo, más que el odio, también pueden colaborar con el mal.
Los gatitos de Dolores Umbridge

La oficina de Umbridge en Harry Potter —llena de decoraciones rosadas, platos de porcelana con gatitos en movimiento, y muebles ornamentados— parece una representación visual de falsa dulzura y domesticación del mal.
Desde la perspectiva de Hannah Arendt, Umbridge usa esta imagen para proyectar normalidad y moralidad doméstica:
- Los gatitos son símbolos de ternura y orden, asociados culturalmente a lo femenino y a la vida tranquila.
- El ambiente de colores pastel contrasta con sus actos crueles, revelando cómo la apariencia amable puede enmascarar una violencia profunda.
De hecho, siendo un poco atrevidos, podemos compararla con algunos villanos históricos:
- Hitler también proyectaba su amor por los animales (como los perros) y su supuesta «pureza» de vida privada (vegetarianismo, no fumar) para construir una imagen moralmente superior, mientras lideraba un régimen de exterminio.
- El amor selectivo por los animales se convierte en un modo de desviar la atención de la crueldad hacia los humanos, una estrategia propagandística para parecer «bueno» sin serlo.
En Umbridge, su oficina rosa funciona como una máscara: oculta (o normaliza) su sadismo tras una estética infantil y acogedora, lo que hace su maldad aún más inquietante.
Hannah Arendt reveló que el mal más devastador rara vez se presenta como grotesco o monstruoso. Al contrario, el mal suele disfrazarse de normalidad, eficiencia, incluso de virtud. No necesita gritar ni imponer terror de forma evidente: basta con que se esconda detrás de gestos cotidianos, de sonrisas suaves, de reglamentos, de oficinas decoradas de manera amable.
Personajes como Dolores Umbridge representan esta forma de mal:
- Se amparan en la burocracia, las buenas costumbres, el amor por los animales, o el «bien común» para legitimar actos crueles.
- Su violencia no es abierta ni escandalosa; es silenciosa, meticulosa, limpia.
- La máscara de dulzura o corrección sirve para anestesiar la conciencia ajena, para hacer que otros acepten o incluso colaboren con el daño.
En la historia, dictadores y funcionarios autoritarios también utilizaron esta estrategia:
- Hitler mostraba amor por los perros y promovía ideales de vida sana.
- Algunos burócratas del Holocausto eran personas «familiares», corteses, que amaban la música o las flores mientras firmaban documentos de exterminio.
- En la literatura, villanos como Umbridge, o incluso ciertos líderes aparentemente «benevolentes», ilustran este mismo mecanismo.
El gran peligro del mal disfrazado es que al presentarse como inofensivo, neutraliza la capacidad de indignación.
Por eso, para Arendt, el acto de pensar críticamente —de no dejarse seducir por las apariencias y de juzgar cada acción en su fondo moral— es el verdadero antídoto contra el mal.


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