
De niños nos asustan muchas cosas. En primer lugar porque las esferas de nuestro conocimiento siguen teniendo el diámetro que los padres creen correcto y saludable, y en segundo porque lo que los adultos nos dicen podría condicionar la manera en la que interpretamos el mundo. Así que es inevitable que a temprana edad nos dé miedo aquello que nos transmiten nuestras principales referencias adultas.
Como niña no fui complicada, quiero pensar, pero siempre me gustaron los cuentos de hadas y para los dieciséis ya había desarrollado un gusto por los relatos en los que se mezclaban la fantasía con aquellas partes del folclore que son más oscuras en cada país. Así que conocí a Neil Gaiman en esa época y se convirtió en uno de mis autores preferidos. Después me cayó bien como autor, aunque como activista no lo conozco demasiado.
En un artículo anterior mencioné brevemente la situación actual de Neil, y cómo reaccioné yo como una lectora suya, y muy acérrima. Explorar el miedo fue todo un descubrimiento con su narrativa. Cada vez que lo leí y que vi algunas de las adaptaciones que se han hecho de sus historias sentí que aprendía algo nuevo, ya sea de libros o de la naturaleza humana. Así que se podrán imaginar el golpe que fue leer este artículo de Vulture en el que se relata, no sin pocos detalles, una serie de abusos (de todo tipo) que Neil ejerció en contra de la niñera de su hijo.
Si bien considero que hay bastante información que pone en jaque al autor, no me voy a detener a describir mucho del relato, pero siento que es una lectura obligatoria; se trata de un trabajo periodístico en el que la comunicadora ata el testimonio de la víctima con algunos puntos importantes de la vida de Neil Gaiman, siendo esta correlación lo que me causó más intriga y pena.
Uno, porque algunos de los libros de Neil los he leído varias veces y, dos, porque me fue imposible no encontrar similitudes entre los eventos traumáticos que describe Scarlet Pavlovich, la víctima en este caso. Ademas, en la misma nota me enteré de que Neil Gaiman fue educado con los estatutos de la iglesia de la cienciología, un dato que le suma sordidez a la nada agradable situación del autor.
Si no conocen la obra de Gaiman, no se preocupen, que esta entrada no da muchos detalles al respecto y las escenas que les compartiré están contextualizadas más que nada en el relato de la cienciología y el artículo de Vulture. Así que, comencemos.
De cómo narrar historias con perspectiva infantojuvenil
Recientemente, la hija de mi amiga S, a quien ya he mencionado en otros de mis artículos, se puso pálida de susto cuando hace unos días tocó una rana verde por accidente. En la región en la que vivimos no son comunes las ranas venenosas, aunque en México sí que habitan varias especies de éstas como la ranita de vientre azul, pero cuando se calmó, S se enteró de que alguien por ahí le contó a la niña que las ranas son venenosas. Y para ella esto significó que todas las ranas son venenosas.
El episodio no fue algo tan sencillo como para ignorarlo, pues tuvo que llevarla al médico, pero lo cierto es que el miedo que sintió no fue por aversión hacia el anfibio, sino porque ella asocia el veneno con muerte y pensó, por ende, que después de tocar una rana cabía la posibilidad de morirse. S ya tuvo esa charla con ella y hasta ahora la niña parece haber comprendido que no importa de quién venga cierta información, es necesario aprender a cuestionarse todo.
Esta visión exagerada de algo que en realidad no es tan dañino, como una rana verde en una maceta floral, podría parecer poco habitual en la vida pero si nos sentamos a contar anécdotas de nuestra infancia, ya nos vamos a dar cuenta de que es lo que ocurre muchas veces con los niños. Por ejemplo, a mí me daban miedo los sapos que salían de debajo del fango, porque una vez fuimos a un río y recuerdo haber visto a uno revolcándose en él.
Los sapos nunca me han hecho nada. Pero yo puedo estar en un quinto piso mientras ocurre un temblor en la escala seis de Richter sin que se me agite ningún cabello (tengo pruebas), y en cambio me quedo en blanco si se me aparece uno de esos animalitos del Señor.
En este aspecto, he conservado la visión de mi infancia, y no es nada agradable ni algo que pueda controlar. Simple y llanamente, es un condicionamiento, por lo que si me encuentro con libros o películas con personajes sapos, siempre tienen esa imagen en mi cabeza.
La visión infantil es algo que se lleva al arte de distintas formas. Cineastas trasladan ángulos de cámara que dejan claro cómo se ven los adultos frente a los niños, o cómo, en ciertos contextos, los infantes interpretan las cosas que suceden alrededor, es decir, en el mundo aburrido y redundante de los adultos.
Gran parte de Matilda (1996), por ejemplo, película basada en la novela homónima de Roald Dahl, está contada desde la perspectiva de la niña y, aunque ella es muy madura para su edad, no deja de ser evidente que en realidad tuvo que sobrevivir en un entorno hostil donde se le juzgaba, amedrentaba y maltrataba constantemente.
Desde Tronchatoro hasta su hermano Michael, Matilda tiene una perspectiva clara sobre la gente que la rodea, y tanto es así, que ella misma prepara los documentos de su adopción con mucha, mucha antelación. Por eso no es de extrañar que el guión remarque como único acto de amor de los Wormwood por su hija menor, ceder la custodia a la profesora Jennifer Miel.
Por otro lado, los únicos momentos en los que la cámara está a una misma altura, es cuando Matilda se encuentra o bien feliz o compartiendo momentos lindos con sus amigos. Porque, cuando la encierran en El Agujero, lo que salta a la vista son cristales rotos e incrustados en los muros de un armario que parece improvisado, clavos oxidados brotando por todos lados como en una especie de caja-macabra-mágica, y el vapor de la tubería del edificio.

Si nos apegamos a esta teoría, entonces podemos decir que incluso si «los castigos» no son así de crueles, los niños los ven (y los sienten) justo como en Matilda se ve ese terrible armario.
Podríamos hacer toda una lista de las escenas en Matilda donde los adultos son los villanos, pues ni siquiera la maestra Miel es capaz de defender a sus alumnos y adopta una postura pasiva frente a la cruel gestión de su tía Ágatha. No es sino hasta conocer a Matilda que Jenni se enfrenta a su pasado, cobrando un valor que no sabía que poseía e interponiéndose entre la directora y los niños (también podemos deducir que no aparecen más profesores porque Jennifer los representa a todos).
A pesar de esto, el papel de Jenni no es el de la rescatadora, sino que se convierte en la única adulta de la película que no comete crímenes en contra de las infancias que la rodean, y termina recuperando la vida que le correspondía además de adoptando a la niña genio que le enseñó a practicar el humanismo.
Esta misma visión la vemos en otros directores y guionistas, como Spielberg y del Toro, pero es en la filmografía de este último en la que encontramos El Laberinto del Fauno, donde la visión infantil es retomada como algo fantasioso pero verídico. Para los que vieron la película o leyeron el libro, es ya muy discutido el tema del abuso que el capitán Vidal ejercía sobre Ofelia.

Desde su primer encuentro en pantalla, Vidal tomó(estrujó) la mano de la niña y se inclinó, y el ángulo de la cámara adoptó el punto de vista de Ofelia, mirando a su padrastro desde una altura menor y, no contentos con eso, una posición de poder diez veces inferior a la de su padrastro.
El Laberinto del Fauno empieza con una voz en off relatando un viejo cuento de hadas del folclore escocés, en el que era común que a los faunos se les considerara criaturas paternales que se encargaban del cuidado de las criaturas del bosque o en el que los cambiaformas son comunes. La princesa del cuento era como cualquier infante: quería jugar y tener aventuras, y esa es la razón por la que abandona su mundo y sale al mundo de Ofelia, un mundo donde hay guerra y la tierra está gobernada por fascistas.
Esta es más o menos la transición infancia-adultez.
Para un niño, no existen las guerras e intentar explicarle conflictos como estos parece más bien inútil, no porque no puedan entender, sino porque, cuando tú tratas de explicar las razones por las que seres humanos asesinan en masa a otros, no hay justificación que les valga; los porqués no van a cesar. Debatir con niños es más o menos complicado: porque interpretan el dolor con la inmediatez que su periferia les proporciona, es decir, no quieren explicar las razones por las que se les infligió un daño.
¿Se acuerdan que les dije que me dan miedo los sapos? Pues en El Laberinto del Fauno hay uno, cuya historia es para mí más perturbadora que la del Hombre Pálido; el relato del sapo es este: un animal que anidó en lo profundo de un árbol y provocó que se enfermara el bosque. Hay muchas referencias bíblicas en esta escena, pero si quieren las discutimos después.
Los bichos raros, viscosos y que provocan enfermedades siempre serán un tema constante en la narrativa infantil, algo que caracteriza a muchos autores; brujas, sapos, enfermedades, brujas que se convierten en ratas, padrastros abusivos, madres incapaces de defenderte, y un gran, gran etcétera.

La narrativa de Neil Gaiman está plagada de estos elementos. Tanto en sus relatos como en otros del corte (Matilda, Las Brujas, Charlie y la fábrica de chocolates) vemos no pocas similitudes. Desde niñeras monstruosas y brujas que comen niños, hasta adultos que atropellan a las mascotas amadas. Incluso hay adultos que saben perfectamente lo que asusta a los niños, pero en el caso de Gaiman, nada es más notable que la presencia de algunos elementos:
- Los padres negligentes
- Las niñeras malvadas
Si digo que es en la mayoría de su narrativa, es porque conozco sus novelas muy bien. Aunque desde que fue adaptada, Coraline (2009) es la historia más analizada del autor. Me atrevo a decir, de todos modos, que no es ni por asomo la más perturbadora, mucho menos ahora que leí el artículo de Vulture, y que supe por qué Gaiman le dedicó El océano al final del camino a Amanda, su esposa.
Amanda siempre le preguntó a Gaiman cómo había sido su infancia viviendo con sus padres en la cienciología. Él nunca le quiso contar, pero la dedicatoria de mi ejemplar y el de muchos en ese relato, reza esto: «Para Amanda, que quería saber».
En la actualidad, Neil Gaiman es una autor multimillonario, ya contando con una trayectoria de más de treinta años; escritor de El libro del cementerio, El cementerio sin lápidas, Stardust, Neverwhere, El océano al final del camino, American Gods, The Sandman, Good Omens, Los hijos de Anansi, entre otros, forma parte de la adolescencia de muchos de nosotros.
Los únicos libros que me faltan por leer de su obra son Los hijos de Anansi y Good Omens, pero hoy me voy a enfocar en el análisis de los tres que alcancé a releer: Coraline, El libro del cementerio y, el que para mí es el más ilustrativo, El océano al final del camino.
Cienciología, la religión de Hollywood
Escuché por primera vez sobre la cienciología cuando leí un artículo biográfico sobre Brooke Shields, en el que la actriz le respondía brevemente a Tom Cruise por juzgar públicamente su decisión de tomar antidepresivos después de que dio a luz a su hija (sufrió estrés post parto).

Al principio, Cruise negó que fuera miembro, pero ya en los dos mil hablaba públicamente de la iglesia y la defendía cada vez que surgía algún escándalo por abuso, estafa, malversación, etc. De hecho, en 2008 se filtró un video de Tom hablando sobre la doctrina de la cienciología. La iglesia trató de eliminarlo, por supuesto, pero era tarde: todo el mundo puede encontrarlo con un par de clics. Así que Cruise aceptó lo que es, lo que piensa y la manera en la que interpreta ciertos aspectos de la realidad, aunque nunca lo hace de forma abierta.
Creo que uno de los testimonios más completos al respecto de la cienciología, es el de Paul Haggis, guionista de Million Dollar Baby (2004), que perteneció a la iglesia por alrededor de veinticinco años, y cuya renuncia no llegó hasta que se enteró de que habían discriminado a una de sus hijas, que es lesbiana. En cuanto a la “homofobia”, la iglesia lo niega todo, pero la verdad es que siempre niegan cada cosa de la que se les acusa así que no podíamos esperar menos.
Otras celebridades que forman —o formaron— parte de esta polémica congregación, son John Travolta, Elizabeth Moss y Leah Remini, quien dejó la cienciología en 2013.
La cienciología fue fundada por Ron Hubbar, un hombre que contó su historia de superación personal y se hizo rico (era un veterano de guerra y se curó la ceguera a sí mismo que le produjeron sus heridas de batalla). En el artículo del New Yorker pueden leer lo básico sobre el sujeto, pero, por si no lo hacen, Wright (el periodista que investigó) corroboró los datos y no encontró ningún expediente en el ejército que sustentara el relato de Hubbard.
De nuevo, la iglesia dijo que seguramente esos documentos se habían perdido, porque la mayoría de sus «enseñanzas» están basadas en el libro que escribió. Si ustedes han escuchado de qué trata el libro del mormón, con Dianética, “la biblia ciencióloga”, más vale que se sienten y lean en un día que no haga calor y que estén de muy buen humor.
A la luz de la evidencia científica, las prácticas de la cienciología traspasan toda barrera ética, razón por la que los gremios de psiquiatría niegan su funcionalidad y rechazan la idea de su integración en ningún sistema de salud, mucho menos mental.
Ah, se me olvidaba: cuando Hubbard presentó sus fantásticas ideas a investigadores en el campo de la salud mental, estos lo rechazaron, y a partir de entonces el hombre escribió en sus enseñanzas que la psiquiatría era una farsa y que había sido creada para mantener sometida a la humanidad.
De esto solo voy a decir que los científicos tienen un poco de responsabilidad, pues por lo menos en las últimas décadas, la propagación de las pseudociencias se debe también a la mala gestión de muchos profesionales de la salud. Pacientes han sufrido revictimización en consulta y se han graduado de psicología personajes que utilizan las credenciales como permisos para deshumanizar a los que asisten buscando ayuda.
Eso pareciera que quieren todos los que caen en estas sectas (en Alemania, la cienciología fue prohibida por sus características altamente semejantes con prácticas sectarias).
La cienciología no solo usa su estatus como iglesia para evadir impuestos, sino que tiene un sistema de «crecimiento» al que tienen acceso solo unas pocas personas. Por ejemplo, Steven Spielberg (él lo niega, obvio). La categorización, por si no lo saben, es casi un símbolo de las sectas, que usan el control mental para obligar a los miembros a ofrecer esfuerzos que no reciben retribución. Así, si no avanzan y no mejoran, es porque no se han esforzado lo suficiente.
Otra de las prácticas de la cienciología, es que tienen su propio sistema escolar, y todo autorizado por el Estado. Para mí es una creativa forma de aislar a los hijos de sus creyentes, pero bueno. En Estados Unidos, al igual que en muchos otros países, si una iglesia cuenta con los miembros suficientes (y el dinero), pueden hacer básicamente lo que quieran dentro (protegidos por las enmiendas de libre culto y tal).
En el artículo sobre Gaiman, un detalle que me llamó demasiado la atención es que el autor recibió precisamente una educación ciencióloga. Sus padres eran practicantes de cienciología y se mudaron a East Grinstead en 1965, a menos de un kilómetro de la iglesia de la cienciología y en la misma calle donde residía su fundador. Según lo que se relata aquí, Gaiman tenía tan sólo cinco años por ese entonces.
¿Qué es la cienciología?
Antes que creer en un Ser Supremo o considerarse una organización con prácticas religiosas, la cienciología tiene un concepto de la divinidad ambiguo y permite que el individuo interprete a Dios según su idiosincrasia individual. Sin embargo, con los años mucha información secreta sobre la mitología que enseñan, cuenta la historia de Xenu, un dictador galáctico que se vio obligado a solucionar la superpoblación de su imperio, enviando a parte de su gente a la Tierra (entonces llamada Teegeeack).
Hubbard no triunfó como escritor de ciencia ficción pero como líder religioso marcó un antes y un después en los Estados Unidos, ya van a ver por qué.
Entre los cienciólogos de «alto nivel», el relato de Xenu sirve como explicación para el origen de todos los malestares psicológicos de la humanidad (ja). Y si ustedes creían que el dios judeocristiano era polémico con su amor por nosotros, esperen a ver lo que hizo Xenu. Pues… el señor decidió poner a los exiliados junto a volcanes y los exterminó con bombas de hidrógeno. Las almas perturbadas de los muertos (thetanes) quedaron vagando en la Tierra y son estos los que a la fecha nos siguen acosando a nivel espiritual.

Como sea, los miembros de niveles menores en la cienciología no tienen acceso a esta información, sólo aquellos que han pasado por grandes desafíos… como por ejemplo pagar miles y miles y miles de dólares.
Como dije antes, la cienciología está basada en el libro de su fundador, Hubbard: Dianética: La ciencia moderna de la salud mental, de cuyo fragmento disponible en internet podemos leer:
Mientras Aristóteles permaneció como autoridad para todo, reinaron las épocas de oscurantismo. El progreso proviene de plantearle a la naturaleza preguntas libres de prejuicios, no de citar las obras ni de tener los pensamientos de años pasados. El recurso del precedente es una afirmación de que los mentores del ayer estaban mejor informados que los de hoy, afirmación que se evapora ante la verdad de que el conocimiento está compuesto por la experiencia de antaño, de la que ciertamente tenemos más de lo que podía tener el mentor mejor informado de antaño.
Esta religión sostiene que los humanos son seres espirituales inmortales llamados thetanes que han olvidado su verdadera naturaleza. Además de afirmar que el sufrimiento proviene de engramas, recuerdos traumáticos almacenados en la mente reactiva. Por otro lado, utilizan un proceso llamado auditoría con un dispositivo catalogado como E-Meter para eliminar engramas y alcanzar un estado de «Clear» (liberación mental).
Su sistema principal de creencias es la dianética, y esta es básicamente autoayuda pero como si el nombre se lo hubiera puesto Asimov. La Dianética propone que los problemas psicológicos y físicos humanos provienen de traumas pasados almacenados en la mente reactiva (el señor leyó a Freud, no tengo dudas). Supuestamente, este sistema busca limpiar la mente a través de la mentada auditoría.
Digo supuestamente porque hay una forma más simple de llamarle a esto y no de manera tan rebuscada: gaslighting.
Sigamos.
Aun cuando el enfoque de la cienciología no es teísta sino más bien espiritual, tienen sistema de jerarquías y están registrados en hacienda como una iglesia común y corriente, lo que los exenta de pagar impuestos a la renta por ejemplo o de no pagar por las ingentes cantidades de donaciones que reciben. De hecho, Lawrence señala que la iglesia tiene las garras metidas en Hollywood, y se han visto envueltos en escándalos incluso de espionaje, con condenas a los involucrados.
Su principal figura de «tratamiento», como mencionaba antes, son las auditorías, en las que usan un artefacto (el e-meter o electrosicómetro) para ayudar a que el individuo supere sus traumas.
El e-meter es una cosa que mide cambios en la resistencia eléctrica de la piel cuando una persona responde a preguntas o recuerda eventos pasados. Es como el detector de mentiras. Lo desarrolló Volney Mathison y Hubbard comenzó a emplearlo en 1950.
Lo que «el auditor» pretende es indagar en los traumas del auditado hasta que consigue su purificación mental. Igual que la biodescodificación, igual que las constelaciones.
Según lo que relatan varias personas que abandonaron la iglesia, las auditorías son una especie de sesión en la que el auditor hace que cambies las ideas que te perturban. Como que estés enojado porque sientes que alguien te abusó y, al final, te das cuenta de que «tu mente reactiva» malinterpretó todo, así que tienes que olvidarlo y, boom, tu mente se ha purificado.
Es un efecto placebo ni más ni menos, y otro método de manipulación mental y espiritual, salvo que, insisto, han usado sustantivos dignos de novela de ciencia ficción para que suene distinto y, de algún modo, científico. Aun así, ninguno de los métodos de la cienciología tiene base ni sostén científico y todas sus prácticas han preocupado a la comunidad cada vez que un escándalo sale a la luz.
El último documental que vi sobre este tema es el de Leah Remini, actriz y exmiembro; Scientology, the aftermath, en el que cuenta las terribles prácticas a las que fue sometida, además de alguna que otra información nueva. Y como ella, a lo largo del tiempo han surgido cientos de personas que denuncian desde aislamiento social hasta trabajo forzado, e incluso se les ha acusado de negligencia por la muerte de miembros.
Algunos de sus métodos son el fair game y the hole. El primero consiste en el ataque, legal y social, a aquellos que denuncien los abusos de la iglesia; el segundo y más turbio, se trata de un lugar en el que aíslan a los miembros que comienzan a dudar y a transmitir estas dudas a otros dentro de la congregación.
Operación Blancanieves y otros escándalos de la iglesia
Para llegar a los niveles más altos de la cienciología, primero tienes que ser un preclear (y este consta de cinco grados) y luego te ascienden a un clear, tras lo cual puedes acceder a niveles OT (Operante Thetán, cinco niveles internos).
Y por si se están preguntando cómo se accede al nivel más alto conocido (supuestamente, los hay superiores), pues pagando los cursos. Pero esta es su polémica más suave, pues la iglesia y varios de sus miembros dirigentes, han pasado por la corte varias veces y no sólo en Estados Unidos.
Estos son algunos de los escándalos que resonaron más en la opinión pública, no sólo por su impacto social sino por las consecuencias legales que tuvieron.
Operación Blancanieves: En los 70s, la cienciología infiltró a miembros en el IRS (hacienda en EEUU) para eliminar documentos que no los favorecían.
Lisa McPherson: En 1990, Lisa, miembro formal de la iglesia, sufrió un colapso mental y fue retenida por la iglesia en lugar de recibir atención médica. Murió luego de diecisiete días de aislamiento. La iglesia enfrentó cargos por negligencia, aunque luego fueron retirados tras un acuerdo legal.
1988: En Lyon, Francia, un miembro se suicidó al no poder pagar las deudas que obtuvo para conseguir los cursos de cienciología. Según El País, este individuo de 31 años, «casado y con hijos, se arrojó por una ventana al no poder afrontar el pago de 30,000 francos franceses (aproximadamente 800,000 pesetas) por una «cura de purificación» recomendada por Jean-Jacques Mazier, líder local de la organización».
En su documental de Leah Remini, un exmiembro asegura que Tom Cruise tiene un nivel tan alto en la iglesia, que puede administrar castigos a los miembros, y lo hace personalmente.
Muchas otras personas han denunciado maltratos físicos y psicológicos a manos del actual líder de la organización, David Miscavige, cuya esposa no ha hecho apariciones públicas desde 2007. Exmiembros de la organización crearon una web donde comparten sus testimonios. Pueden verla aquí.
No hay uno solo de esos testigos que tenga un relato suave o algo bueno que decir sobre la iglesia. Han pasado de todo, y como yo ya estaba al tanto de algunos de sus métodos de manipulación espiritual, cuando leí el artículo de Vulture, me hizo todo mucho eco y tengo que admitir que me decepcionó.
Escenas perturbadoras en la obra de Gaiman
En una sección específica de esta extensa nota, la periodista relata momentos de la vida de Neil Gaiman, puntualizando la crianza del autor. Dice, en un tono bastante tétrico, que los padres de Neil no abandonaron la vida que conocían hasta que comenzaron en la cienciología.
Creo que uno de los elementos más perturbadores para mí, y que me dejó helada, es cuando se cuenta que Gaiman le dedicó a su esposa Amanda el libro juvenil El océano al final del camino. Otras cosas son notorias en cuanto a similitudes y, miren, no tengo idea de si Neil usó anécdotas de su infancia para construir su narrativa, pero son tan similares…
Ojo, yo no creía que Gaiman escribiera ficción biográfica, y eso que conozco su obra profundamente, pero después de leer este artículo ya no estoy tan segura, porque mientras fui leyendo, varios asaltos que sufrió Scarlet Pavlovich me hicieron padecer esa lectura, y recordé escenas perturbadoras en varias de las novelas de Gaiman. Repito, en este artículo sólo voy a citar Coraline, El libro del cementerio y El océano al final del camino.
Para que se den una idea, la cienciología considera que es mentira que los niños tengan un «cerebro infantil», y que contrario a la creencia ya popular son adultos en cuerpos pequeños. Además, creen que si tu propia familia se opone a que realices ciertas prácticas que manda la iglesia, es tu deber cortar la relación. Muchos miembros llevan años sin hablar con sus padres, madres y amigos, y las familias optan por demandar para poder acercarse a sus nietos (esto más que nada por preocupación).
Los niños son tratados como adultos y llevan a cabo otras prácticas que están alejadas del sistema educativo común en la sociedad. Por común me refiero al más usado; cuentan con sus propios colegios y se sabe, se sabe, que desde pequeños les instruyen para alejarse de personas que no coincidan con sus ideas, algo sumamente dañino.
Se llama aislamiento social.
Rumores cuentan que esta es la razón principal por la que Nicole Kidman se divorció de Tom Cruise, ya que, de nuevo, lo que la cienciología predica en torno a la educación infantil es peligroso por no decir abusivo. De todos modos, Cruise lo niega todo. Qué sorpresa. Aunque las evidencias de su comportamiento están en la red, y no puede escapar de ellas.
La que más se me viene a la mente es una entrevista que dio a Today, en donde le cuenta al presentador cómo le quitó el oxígeno a un pasajero mientras viajaban en su avión privado. Esto lo relata mientras el tipo se desternilla de risa y el entrevistador,lo mira con cara de estupefacción, señalando que fue una fortuna que nadie saliera herido.
Durante el rodaje de Top Gun: Maverick, también le hizo una broma a Glen Powell, fingiendo que había perdido el control del helicóptero.
La negligencia es una bandera que ondea en la cienciología, y también en Coraline, cuyos padres se distinguen por pasar todo el día lejos de ella. No la alimentan bien y en consecuencia la niña pasa «explorando» en las casas de sus vecinos.
Esto puede no parecer malo, sino un retrato de lo que muy probablemente viven más niños de los que quisiéramos, pero luego lees esta escena y la contrastas con todo lo que ahora sabes de Gaiman y de su educación ciencióloga, y quedas con la mente hecha una malteada:
El hombre se puso el sombrero, y la última rata desapareció de la vista.
—Hola, Coraline —dijo el otro viejo de arriba—. He oído que estabas aquí. Es hora de que las ratas cenen. Si quieres, puedes subir conmigo y ver cómo comen.
En los botones de sus ojos había una expresión hambrienta que inquietó a Coraline.
—No, gracias —respondió—. Voy a explorar por ahí fuera.
El viejo asintió con gran lentitud. Coraline oía el murmullo de las ratas, aunque no distinguía lo que decían. En realidad, no estaba muy segura de querer saber lo que estaban diciendo.
En otra escena, Coraline observa a El otro padre y señala que, al ser todo lo contrario de Su verdadero padre, éste sí le presta atención.
Metió las manos en los bolsillos y pensó en la oferta. A continuación, sintió el contacto de la piedra que las verdaderas señoritas Spink y Forcible le habían dado el día antes, la piedra que tenía un agujero en medio.
—Si decides quedarte —le indicó el otro padre—, sólo hemos de ocuparnos de un pequeño detalle.
El detalle del que se tenían que ocupar era ponerle ojos de botón a Coraline que, a grandes rasgos, es el pacto faustiano. En otras palabras: vender tu alma al diablo. Hay muchos otros diálogos con connotación religiosa, como cuando La otra madre dice a Coraline que «odia el pecado pero ama a la pecadora».
Las cosas que Gaiman escribe siempre me han dejado maravillada, no sólo porque su fantasía oscura es creativa y chispeante, sino porque construye personajes infantiles como si él mismo fuera uno.
En El libro del cementerio, Nad, que no tiene ni diez años en ese momento, decide averiguar quiénes habitan la zona del cementerio dedicada a los suicidas, la fosa común. Ninguno de ellos tiene nombre porque en la antigüedad (el cementerio es un patrimonio cultural que está en desuso, sirve como museo nada más) se hacía de ese modo y no recibían sacramentos que facilitaran su descanso eterno y, como mínimo, una especie de redención.
Tanto en El libro como en otras novelas de Gaiman, siempre han de aparecer niñas que se hacen amigas del pobre chico que protagoniza la historia (en el caso de Coraline son los otros padres) o gatos extraños con filosofías todavía más raras, pero cuando Lisa aparece en El libro del cementerio, queda claro que algunas narrativas están plagadas de referencias.
En este caso, Lisa es el fantasma de una niña de entre doce y catorce años que fue asesinada por una acusación de brujería. Y por si esto no les parece ya suficientemente perturbador, esta escena lo dice todo sobre la atmósfera de la historia de Nad:
—¿Te ahogaron y además te quemaron?
Se sentó a su lado, sobre el lecho de hierba cortada, y tomó la pierna herida entre sus gélidas manos.
—Se presentaron en mi casa con las primeras luces del alba, estando yo aún medio dormida, y me sacaron a rastras. «¡Bruja, más que bruja!», gritaban. Recuerdo que estaban todos gordos y colorados; se ve que habían madrugado para frotarse a conciencia, como se hace con los cerdos el día que hay mercado. Luego, uno por uno, empezaron a acusarme: una decía que se le había cortado la leche, otro que sus caballos cojeaban y, por último, la señorita Jemima, que era la más gorda y la que más a fondo se había restregado, se levantó y dijo que Solomon Porrit ya no la saludaba y, en cambio, se pasaba el día merodeando por el lavadero como una avispa que ronda un tarro de miel, y que la culpa de todo la tenía yo, porque estaba claro que lo había hechizado y que había que hacer algo para liberar al pobre chico de mi diabólica magia. Así que me ataron al taburete de la cocina y me metieron de cabeza en el estanque de los patos, diciendo que si era bruja no tenía nada que temer, que no me ahogaría, pero si no me daría cuenta enseguida. Y el padre de la señorita Jemima les dio una moneda de plata a cada uno para que aguantaran el taburete un buen rato, a ver si me ahogaba con el agua verde e inmunda del estanque.
—¿Y te ahogaste?
—Desde luego. Los pulmones se me llenaron de agua y dejé de respirar.
—Oh —replicó Nad—. O sea, que al final resultó que no eras una bruja.
La niña clavó en él sus diminutos y fantasmagóricos ojos, y esbozó una media sonrisa. Seguía pareciendo un duende, pero ahora sí resultaba guapa. Nad pensó que seguramente no le había hecho falta recurrir a la magia para atraer a Solomon Porrit, no con una sonrisa como aquélla.
Más que darme miedo, aunque sí me perturbó mucho, esta escena me causó tristeza. Pero no tanta como cuando iba por la mitad del artículo sobre las supuestas perversiones de Gaiman y me di cuenta de que el primer abuso que sufrió Scarlet, sucedió en una bañera.
Esta es la bañera:

Cuando vi la fotografía se me heló la sangre. Y como si es una coincidencia o no, no pude seguir leyendo hasta que fui a comparar la escena quizás más perturbadora en estos libros juveniles de Gaiman, la cual se desarrolla así:
Nos quedamos solos mi padre y yo. Sus mejillas habían pasado del rojo al blanco, y tenía los labios apretados, y yo no sabía qué era lo que iba a hacer, ni por qué estaba llenando la bañera, pero tenía miedo, mucho miedo.
—Me disculparé —dije—. Le diré que lo siento mucho. No hablaba en serio. No es ningún monstruo. Es… es muy guapa.
Mi padre no dijo nada. La bañera estaba llena, y cerró el grifo del agua fría. Luego, con un movimiento rápido, tiró de mí. Puso sus enormes manos bajo mis axilas, y me levantó sin la menor dificultad, haciéndome sentir ligero como una pluma.
Lo miré, miré la expresión resuelta que había en su cara. Se había quitado la chaqueta antes de subir. Llevaba una camisa de color azul claro y una corbata granate estampada de cachemir. Se quitó el reloj, que tenía una correa extensible, y lo dejó en el alféizar de la ventana.Entonces supe lo que iba a hacer, y empecé a patalear y a agitar los brazos, pero no me sirvió de nada y mi padre me sumergió en el agua fría.
Yo estaba horrorizado, pero al principio no era más que el susto ante un hecho que no seguía las pautas habituales. Estaba completamente vestido. Eso no estaba bien. Llevaba puestas las sandalias. Aquello no estaba bien. El agua del baño estaba fría, muy fría, y aquello no estaba nada bien. Eso era lo que pensaba al principio, pero cuando me hundió en el agua, y siguió empujando hasta que mi cabeza y mis hombros estuvieron sumergidos en el agua helada, el horror adquirió otras proporciones.
Pensé: «Me voy a morir». Y, con ese pensamiento en mente, estaba decidido a vivir. Agité los brazos, buscando algo a lo que agarrarme, pero no había nada, solo las resbaladizas paredes de la bañera en la que me había bañado los últimos dos años. (Había leído muchos libros en aquella bañera. Era uno de mis lugares seguros. Y ahora iba a morir ahí, estaba seguro de ello.)
Abrí los ojos, bajo el agua, y vi algo colgando justo delante de mi cara: mi oportunidad de salvar la vida, y me agarré con las dos manos: era la corbata de mi padre.
Me agarré con fuerza, intentando impulsarme hacia arriba mientras mi padre me empujaba hacia abajo, pero me agarré con todas mis fuerzas, intentando sacar la cara del agua helada; me agarré a su corbata con tal fuerza que mi padre no podía seguir hundiéndome sin caerse a la bañera.
Había logrado sacar la cara del agua, y me agarré a la corbata con los dientes, justo por debajo del nudo.
Forcejeamos, yo estaba empapado y me producía cierto placer saber que él lo estaba también, tenía la camisa pegada a su inmenso cuerpo.
Volvió a hundirme, pero el miedo a morir nos da fuerza: me agarré a su corbata con las manos y los dientes de tal modo; que solo pegándome podría haberme soltado.
Mi padre no me pegó.
Se enderezó y pude salir del agua; estaba empapado y furioso, tosía, lloraba y estaba muy asustado. Dejé de morder su corbata pero seguí agarrándola con ambas manos.
—Me has destrozado la corbata. Suelta —dijo. El nudo estaba tan apretado que tenía el tamaño de un guisante, y el resto estaba empapado—. Deberías alegrarte de que tu madre no esté aquí.
Le solté, y me desplomé en el encharcado suelo de linóleo. Retrocedí un paso, hacia el retrete. Mi padre me miró.
—Vete a tu habitación. No quiero volver a verte esta noche.
Me fui a mi habitación.
Siento que me quedo corta al decir lo doloroso que es todo este capítulo. Pero en fin.
Pavlovich cuenta que estos abusos se repitieron de muchas maneras, incluso delante del hijo de Gaiman. Además, la periodista obtuvo mucha de la información en este artículo a través de los mails que ella, Gaiman y Amanda intercambiaron por el lapso que duró su relación «laboral».
Sin hacerles el cuento largo, El océano al final del camino trata del universo, de las cosas que hay en él y de lo inútil que sería para la humanidad saberlo todo. Aquí las malas son las niñeras y los sujetos que atropellan gatitos. A Neil Gaiman se le dan bien estas tramas en las que también hay dioses de todas las culturas chocando entre sí y compartiendo aventuras, como es el caso de American Gods. Además, tiene una narrativa sencilla que es oscura pero no vulgarmente.
Diría que lo lean y luego vengan a sentir la misma pena que yo.
No sé si las acusaciones son verdaderas, pero por los detalles y los testigos, dudo que sea mentira. Neil se pronunció al respecto y, como era de esperarse, negó que haya sodomizado y asaltado sexualmente a nadie en ninguna bañera ni en ningún otro lugar. Aun así estoy segura de que antes de llegar a la corte el tipo va a pagar una jugosa indemnización.
Ya en sus novelas es evidente que los traumas muchas veces condicionan las capacidades adaptativas de los adultos. También en El océano al final del camino hay padres que no creen en sus hijos, y esto importa mucho, porque incluso en la película de Chucky tenemos a adultos que nunca escuchan. Le atribuyen a los niños cierta capacidad imaginativa que los convierte en mentirosos natos, como si la creatividad no estuviera repleta de la manera en la que cada uno de nosotros interpreta el mundo.
Si es verdad que Gaiman creció en la cienciología, me parece que es bueno que tengamos en mente que en varios países está catalogada como «secta». Y sí, uno puede escribir, estudiar, cantar o bailar para purgar los demonios que dejan los traumas, pero creo que bastantes sabemos que negar cuando algo duele es inútil y que guardar silencio frente a los abusos trae consecuencias terribles para el cerebro (más si el silencio es forzado).
La iglesia de la cienciología enseña eso: que el dolor es parte del tormento que ejercen sobre nosotros los thetanes. No. Yo no estoy en contra de los dogmas que le salvan la vida a muchas personas. A veces creer en Dios es necesario para sobrevivir en tiempos difíciles. Pero entre eso y negar la psiquiatría, como hace la cienciología, y someter a sus miembros a constantes y variopintos abusos, hay un mundo de distancia.
No sé, de pronto provocan que la gente se rompa y termine muerta o, como sospechamos, haciéndole daño a otras personas, replicando los traumas y escribiendo acerca de ellos.
Es triste y asqueroso, pero pasa, y más de lo que nos gustaría aceptar.


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