La receta para escribir bien y mejor

Cuando veo la cantidad de cursos de escritura creativa que se están vendiendo por doquier, siempre me pregunto cómo saldrán quienes los toman. Si salen emocionados, motivados o dispuestos a aplicar los consejos que les dan estas personas con experiencia que los imparten.

Hay quienes me han dicho que después de un curso les cuesta mucho volver a escribir porque siempre están pensando en el «método», pero creo que luego de algunos añitos en este mundillo puedo decir dos cosas acerca de las recetas que venden para ser mejor escritor:

1. Que el proceso creativo es íntimo:

Es bueno aceptar consejos o leerlos, es bueno tomar talleres de redacción porque saber algunas reglas de gramática te permite adaptarlas mejor a tu estilo sin sacrificar la coherencia del mismo ni la cohesión de las ideas que intentas transmitir. Sin embargo, el método creativo de escritura es tan personal como la creación de personajes.

Hay arcos que hoy podemos definir porque ya hubo algunos pioneros en quienes basamos la literatura tal como la conocemos hoy. Por otro lado, recordemos que en épocas pasadas nadie tomaba cursos de escritura creativa. Y de tan íntimo que es ese proceso, los escritores que hoy son clásicos sólo se dedicaban a leer y, por ende, a escribir.

Entonces, si quieres producir, consume mucho, consume toda la literatura que se te atraviese. Y abúrrete. De La sociedad del cansancio, aprendí que es importante que busquemos espacios en los que no hagamos absolutamente nada más que respirar en un ambiente silencioso. Porque la creatividad nace en muchas ocasiones de la necesidad de tener un pasatiempo mientras se está aburrido-ísimo.

Está demostrado que leer y escribir, son ambos pasatiempos buenos para la salud cognitiva y aportan mucho a la felicidad personal.

2. Las reglas se ajustan a la capacidad estilística del autor: Hablar de estilo, es hablar de una voz narrativa. Cuando corregimos un texto llevamos a cabo una edición más allá de acomodar la gramática. Entre correctores se dice que «un dedazo o una ese mal puesta siempre será el menor de tus problemas si no sabes dónde poner una locución».

Si aprendemos los básicos de redacción, como dijera Cassany, nos podemos dedicar más tiempo a consumir literatura. Ya les dije antes, pero quiero recomendarlo mucho: lee lo que sea, cuando sea, incluso lo que creas que es malo para que sepas lo que no deseas hacer con tu narrativa. Ahora, las reglas gramaticales no son leyes que te vayan a enviar a la cárcel. Haz legible tu texto, pero adapta estas reglas para que nunca, pero nunca, dejes de transmitir emociones.

La corriente literaria del romanticismo (med. siglo XVIII, med. siglo XIX) tiene una característica que no me gusta olvidar y esa es que, a grandes rasgos, hubo gente que empezó a escribir novela simple y llanamente para retratar su realidad, y ya no tenían que leer o escribir sólo para aprender. La primera novela del mundo (La historia de Genji) la escribió Murasaki Shikibu alrededor de 1010 d.C., y desde entonces ha habido pioneros de movimientos completos que escribieron porque sí.

Como Mary Shelley que escribió Frankenstein por un reto veraniego con sus amigos. O Jane Austen que no podía burlarse de las señoras casamenteras que la rodeaban, así que escribió a Lizzie que se burlaba de su propia y «bonachona» madre.

Sobre el signo, puedo ponerles de ejemplo el último —y maldito— capítulo de Ulises, de James Joyce, que está escrito sin haber usado ninguna regla de puntuación. Es ya bien sabido que a muchos de nosotros nos asusta el Ulises, obra que otros dicen que leyeron porque creen que es la cumbre de la estilística literaria (sin decirte nunca por qué). Personalmente diría que ese es Flaubert pero ya me dirán ustedes cuál es el suyo.

Así que… escriban si quieren escribir, aprendan redacción, lean mucho y, cuando diseñen su propio método, siéntanse en plena confianza de transmitir esta idea de que cada quien crea sus historias, así como cuando en las recetas de cocina te dicen
«sal al gusto».


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