Nosferatu: La oscuridad que seduce

Nosferatu de Robert Eggers llegó a cines y nosotros no pudimos esperar ni un sólo día para ir a verla. De la sala salimos complacidos y después de haberla visto dos veces más, quedé convencida de que es, hasta ahora, la mejor adaptación que se hizo del Drácula de Bram Stoker, y eso sin haber intentado serlo.

En primer lugar, porque Nosferatu está más bien basada en el clásico soundless del cineasta alemán Friedrich Wilhem Murnau en 1922 , y en segundo porque Robert cambió muchas cosas que en lo personal me gustaron muchísimo más que lo que hizo Coppola en la versión que protagonizaron Winona Ryder y Gary Oldman.

Hasta cierto punto, soy una romántica empedernida, veo dramas asiáticos con fervor y los dramas chinos históricos o de fantasía me encantan, pero si voy a ver o a leer una historia de terror gótico, quiero que tenga todos los elementos que conforman a este género: oscuridad, dramatismo, pasión, simbolismo y, en parte, tragedia.

Además, como una fan acérrima del conflicto hombre-monstruo, encuentro bastante importante al Conde Orlock al que ha encarnado Bill Skasgard, que sin duda alguna ha sido mi arco favorito de esta nueva adaptación y que seguro pasará a formar parte de mi lista de preferidos.

Es enorme así que no me hagan tanto caso en esto de los favoritos.

La Nosferatu clásica

Nosferatu (1922)

Antes de que piensen que no, Nosferatu sí pretendía ser una adaptación de la novela romántico-gótica del irlandés Bram Stoker, pero el director se metió en conflictos legales y la viuda de Stoker le ganó un litigio para impedir su proyección. Entonces, cambió nombres, locaciones, etc., y ni así consiguió que la cinta le diera le vuelta al mundo porque le ordenaron destruirla, pero por fortuna se logró salvar una muestra, responsable de que podamos ver esa Nosferatu.

Murnau contó la historia de Orlock agregando otros elementos terroríficos procedentes del folklore de Rumania, con relatos más cercanos al folklore de la región.

Eggers mantiene la trama inicial pero le da un vuelco a una de las perspectivas, y agrega el arco de Ellen, la esposa de Thomas Hutter (Nicholas Hoult), un personaje misterioso que parece sufrir de delirios místicos. La manera en la que es interpretada Ellen, por Lilly-Rose Depp, me hizo preguntar si se le había costeado por un motivo ajeno a los recursos actorales. Y bueno, creo que llegué a la conclusión de que esta película la necesitaba.

En la tercera repasada que hice me di cuenta de que Lilly es Ellen y ninguna otra, fue como volver a ver a Emily en El cadáver de la novia, pero con escenas grotescas de horror corporal en las que alcanza un nivel de contorsión aplaudible. La cereza del pastel, es que no hay escena de náusea, epilepsia o sonambulismo en la que esta mujer no encaje perfectamente con la ambientación.

Que siga en el género, eso le pedimos.

Inicialmente el personaje de Ellen iba a ser encarnado por Anya Taylor Joy, algo que ahora mismo ya no me cuadra, pero si tengo que reconocer algo es que creo que se tomó la mejor decisión y que más allá de que en algunas escenas Lilly no llega a alcanzar el nivel dramático que, desde mi perspectiva, requiere un personaje de película gótica, todo lo que hizo a nivel interpretativo fue maravilloso y justo.

La conexión de las mujeres con lo místico, a través del poder de la naturaleza, no es algo nuevo en las películas de Robert, pero le sentó de maravilla tomar al género gótico porque siento que tiene las habilidades que requieren tanto el tono como la ambientación.

Recién acabo de leer que los lobos que persiguen a Hutter eran reales, y es que, como si a algunas personas les aburrió el primer tramo de la película o no, toda la secuencia del Conde con Hutter me pareció honestamente perfecta.

El género gótico retrata no sólo castillos en ruinas y momentos dramáticos interpretados como los hubiera mandado Shakespeare, sino un toque de pasión cuando se habla de lo que sienten y expresan los personajes acerca de su mundo, de sus creencias y de su entorno.

La película clásica tiene lo suyo y no se puede comparar con esta adaptación, pero es bueno que ahora podamos separar ambos productos y que tengamos a un cineasta que haya podido reivindicar el rumbo de uno de los monstruos más icónicos de la mitología mundial: el vampiro.

Gracias a Robert volvemos a ver al vampiro como un conductor de terror, aunque de cierta manera transmita un oscuro y crudo deseo. No más Edward Cullen por ahora, sino que tenemos por delante un nuevo reto y esto es retomar el origen de los monstruos que antes escribieron en Carmilla, Drácula y Frankenstein.

La nueva interpretación de Drácula

En mi primera ida al cine la sala estaba llena, pero la mitad de las personas abandonaron antes de que Thomas dejara el castillo de Orlock en Bremen. Escuché un comentario especifico en este grupo de personas y, aparte de aburrida, dijeron que no se entendía de qué trataba la película.

Hasta ahora no he hablado con nadie que no haya leído Drácula y algunas novelas góticas representativas, pero sí que algunos de ellos no vieron la película clásica y detestan la versión de Coppola, así que me queda la duda de si la película de Eggers es demasiado específica. Sólo un amigo me comentó que parecía una película que mandaba el mensaje de que hasta el más terrorífico de los monstruos puede caer esclavo de una mujer.

Me lo dijo con otras palabras pero esa era la esencia, jaja.

Ahora, me declaro ignorante en esta parte porque lo prefiero antes de defender algo que no sé si fue o no. Puede ser que la trama sea muy específica, es decir, para un público muy determinado, y que eso le esté restando puntos ante la crítica pública y debo decir que también la especializada, al menos la de Rotten Tomatoes porque me dijo mi novio que uno de los que vio dijo que por ratos la Nosferatu de Eggers se vuelve tediosa.

[Spoiler]

Yo, una fan de lo gótico, los monstruos y el drama, no encontré absolutamente ni un minuto de sobra en esa cinta. Como dije antes, la actuación de Lilly en ciertos momentos me supo a poco, pero queda bastante bien compensada por imágenes como la de la última escena, cuando, en el éxtasis de su muerte y la del Conde, obtenemos excéntricas pinturas dignas de la novela que en la era del romanticismo y post ilustración escribió Bram Stoker.

[Fin del spoiler]

Si digo que es una adaptación, puedo asegurarlo casi en un cien por ciento, y no sólo hay paralelismos con Drácula y Carmilla sino que también hubo evidentes guiños a Victor Frankenstein, sobre todo a través del doctor von Franz, encarnado por un locuaz Willem Dafoe que además representa la dicotomía razón-espíritu.

En Drácula, Van Helsing es presentado como un médico suizo que lleva muchos años investigando el campo de la desconocido para la mediciná, de ahí que uno de sus pupilos hubiera sido director de un centro psiquiátrico o asilo mental en esos tiempos.

En Nosferatu, Friedrich Harding (Aaron Taylor-Johnson) es quien busca el consejo de un médico con conocimientos en el campo y es a través de él que interviene von Franz, a quien, se nos dice, se le ha expulsado del gremio con oprobio debido a sus recientes inclinaciones.

La alquimia y la metafísica.

Simbología alquímica en Nosferatu (2024)

¿Cómo sabemos que era eso? Hay dos nombres que resuenan en la película, Paracelso y Agripa, dos autores que también formaron una vértebra en las creencias que llevaron a Victor Frankenstein a crear a la criatura que después abandonaría a su suerte y que, trágicamente, terminaría siendo su propio infierno.

Cuando Friedrich y el doctor Sievers buscan a von Franz en su guarida, lo encuentran murmurando para sí mismo, y entre las cosas ininteligibles que se le escucha decir, se distingue un nombre: Hermes. Y bien pudo haberse estado refiriendo al dios griego-egipcio Hermes, o al personaje helenístico supuestamente autor de los tratados filosóficos del hermetismo.

Lo importante de este tema es que si von Franz se inclinó para ese lado también está inclinado a las ideas bases tanto de la alquimia como del hermetismo; particularmente este último, dota al personaje de von Franz con la idea de que el ser humano es lo mismo que Dios y que, de tal manera, puede hacer que cualquier cosa suceda.

En Nosferatu, y para no alargarme en esto, von Franz compara a Ellen con una sacerdotisa y el mismo Conde la llama hechicera. El conde dice haber sido extraído de una especie de sueño por la invocación de Ellen, que la medicina de esa época condena al diagnóstico tanto de «melancolía» como de delirio o histeria.

Desde Hipócrates se conoce al estado depresivo como melancolía, o bilis negra, y hasta el siglo XIX comenzó a utilizarse el término como lo conocemos hoy (depresión). Pero, en Nosferatu, se invierte el papel y en plena época de la ilustración, cuando estaban decantándose por curar las afectaciones mentales con tratamientos acorde y no con religión, aparece un doctor que asegura que ambas perspectivas son paralelas y que cada una debe de ocuparse de lo suyo.

Toda esta trama mística que ocupa el arco de Ellen, el conde y Von Franz, no hace nunca a un lado la visión que se tenía en la época sobre la salud mental, sobre todo de las mujeres; para nadie es un secreto que se comenzaba a sugerir que sólo nosotras portábamos ciertos males, y algunos de ellos le eran fuertemente atribuidos a la menstruación.

De ahí que lo primero que se pregunte sea la calidad de esta y se sugieran de inmediato sangrías.

En cambio, en la Drácula de Stoker veíamos que las mujeres como Lucy (Anna en Nosferatu) eran impúdicas por ser extrovertidas y coquetas, y por lo tanto eran las primeras en sucumbir ante el hechizo del demonio (a Drácula se le proyecta siempre como al demonio nocturno). En cambio, mujeres devotas, sabias y que se limitaban a sus tareas «de mujer» obedientemente, podían salvarse e incluso rechazar la oferta de la vida eterna (Mina y Ellen en Nosferatu).

Ellen, ahora, demuestra que se ha entregado a la oscuridad de su interior, y la esposa perfecta acaba en el cementerio gracias a los prejuicios de ese marido tan bien acaudalado. Giro no tan inesperado: no se pudo llevar nada a la tumba.

Como sea.

Para la Nosferatu que vimos, no hay tal cosa como una mujer más virtuosa que otra, simple y llanamente está la mujer a la que escogían hombres como Friedrich (rico, acomodado y pudiente) y las que elegían los pusilánimes que eran capaces de vender el alma al diablo por un saco de monedas, es decir, Thomas Hutter, que firmó un documento por miedo, en el que prácticamente cedía a su esposa a un monstruo infernal.

La mejor adaptación del Jonathan de Stoker

Algo muy importante sobre grandes obras literarias clásicas, es que los más grandes autores siempre se negaron a que sus historias se llevaran al teatro, al cine o a cualquier tipo de adaptación. Desde Stoker, pasando por Tolkien y García Márquez y deteniéndonos honrosamente en Zafón, deben de haber tenido un muy buen motivo.

George RR Martin menciona en una entrevista reciente que es molesto e indignante que los guionistas crean que pueden hacer mejor lo que los autores ya consideraron mejor para los personajes de sus obras. Y si bien ninguno estamos contentos con las decisiones creativas que George ha venido tomando la última década, tiene razón.

Ya ven que Coppola creyó que podía mejorar el Drácula que había escrito Stoker, novela en la que se relata cómo un monstruo extranjero viene a pervertir a las jovencitas de Reino Unido, algo que curiosamente es paralelo con las amenazas de migración que estaban viviendo los británicos (y con la Revolución Industrial en puerta).

Ellos vivían aterrorizados de que extranjeros con costumbres diabólicas y oro manchado de sangre llegaran a su territorio, y consideraban a un hombre como Jonathan pusilánime e incapaz de ofrecer un sustento a lo que requería una familia.

En Hutter, para mí, quedó muy bien plasmado el Jonathan que escribió Stoker; un hombre inteligente y preparado pero sin mucho carácter, que obedece a una muy insensata necesidad de escalar en posición social para poderse casarse con su prometida (o para poderle dar la vida que él cree que se merece).

Fue una sabia decisión que Eggers eliminara por completo las tentaciones femeninas que tanto se le criticaron a Coppola, y que optara por proyectar la débil fortaleza de espíritu de Hutter a través de la estabilidad financiera.

Puedo escribir durante horas acerca de esto, pero prefiero que relean Drácula o lo den una oportunidad, a ver si ven lo mismo.

El mejor vampiro de nuestra época

En la película Hombre Lobo que protagonizó Anthony Hopkins en 2010, hay una escena en la que a Lawrence se le está exponiendo ante un comité de médicos. Estos comités son parecidos a los de disertaciones de tesis, pero tenían como fin observar los avances de otros médicos en ciertos campos de estudio.

En esta película de guión pobre pero linda ambientación, se hace hincapié en la línea fina que separa al hombre del monstruo.

En el cine aprendimos a cubrirle la cara a los asesinos, por ejemplo a Michael Myers y a Jason Borges, y a menudo si les quitamos la máscara nos queda un rostro desfigurado o quemado como el de Fredy Krueguer; el reto de diseñar y escribir a un monstruo es para valientes de la narrativa, especialmente diría, para personas a las que les apasiona este conflicto en un personaje principal.

En Frankenstein tenemos que Victor podría ser el verdadero monstruo al intentar imitar una acción que antes sólo se le atribuyó a Dios: la creación de vida. Hay otros que creen que intentaba eliminar la necesidad de que sólo las mujeres parieran hijos, es una teoría muy bien sustentada por la educación feminista de Mary Shelley, pero así como ese Victor pudo haber tenido otros motivos, uno de ellos es bastante parecido al que se le atañe al Conde Orlock en Nosferatu.

La ambición.

En vida fue un nigromante, dijo una monja a Thomas Hutter después de que lo rescataran del río, pero el diablo se encargó de regresarlo a la vida y hacerlo andar con la apariencia de un muerto.

Robert Eggers tiene el talento de hacer que la oscuridad sea a partes iguales cruda y seductora. El monstruo no brillaba ni tenía un perfil de ángel como Cullen, pero en pantalla era hipnótico y el terror de su voz embargaba los rincones, nunca perdiendo el regusto a hechizo.

Pocas cosas no funcionaron en Nosferatu como me hubiera gustado, por ejemplo Aaron Taylor Johnson, que no está a la altura del dolor de un padre que ha perdido a sus bebés y de un esposo que ha ignorado por completo el sufrimiento de su esposa.

Bill Skarsgard, por otro lado, como el Conde Orlock es la demostración de que la oscuridad puede ser diez veces más seductora si está bien dirigida, bien escrita y bien interpretada, porque ademas de una sombra diabólica este monstruo parecía estar en constante putrefacción, una cosa extraída del folklore rumano que describe a los vampiros como cadáveres andantes que, mientras están en sus tumbas, se comen a sí mismos.

No existe una traducción exacta ni actual para decir lo que significa Nosferatu, pero los lingüistas del siglo XX creían que podía ser una contracción de nosophoros, que significa supuestamente en griego «portador de enfermedad», es decir, infectado.

Bram Stoker tampoco fue el primero en acuñar el término aunque muchos lo juran así, pero sin importar que no podamos encontrar en el diccionario lo que es literalmente, con esta película podemos asociar de nuevo al vampiro con un monstruo y sentir que es, de nuevo, un ser aterrador y trágico que trae consigo pestes, muerte y sufrimiento.